Conferencia realizada en el GPAB. En Bilbao 13 de mayo de 2017

El pasado, se sabe, siempre acaba dando señales de vida.

Octavio Paz.

En esta presentación me he propuesto además de volver a los conceptos psicoanalíticos que ordenan nuestro pensamiento, autorizarme al uso libre del lenguaje, para hacer más visible el tiempo con el que nos toca trabajar. Voy a incidir en la división, en la fractura, en la grieta que no sólo está en el sujeto dividido de lo inconsciente, sino en la naturaleza, en la política…en el tiempo. Fractura que tanto individual, social, económica y políticamente se intenta borrar, y que llega a nuestras consultas envuelta en el oscurantismo de un silencio silenciado.

Esa fractura también habita nuestro quehacer de analistas. Me refiero también, a la grieta que se abre entre la teoría y la práctica clínica.

Aunque nuestra práctica clínica concierne a un acontecimiento del lenguaje, estamos rodeados de actuaciones que se repliegan silenciosamente en una identidad muda. Mutismo redoblado y normalizado por el tiempo imperativo del imaginario social.

Revisitar un concepto: La teoría es el nombre que damos a la forma de trasmitir la experiencia del análisis, su práctica terapéutica, es el espacio donde la teoría se vuelve acto. Es la manera de darle forma a esa experiencia. Es hablar de la práctica sin quedarnos en la anécdota.

De ahí la necesidad de revisitar los conceptos. Revisitar es volver a la teoría desde nuestra práctica clínica.

Como ha sido menester a lo largo del tiempo, en las diferentes épocas que al psicoanálisis le ha tocado atravesar, los analistas hemos vuelto a pasar por el concepto de transferencia y por el afecto por excelencia: la angustia.

La llamada clínica de hoy nos convoca a preguntarnos por una red conceptual que tiene la actualidad de la muerte como espectáculo. La intimidad de la muerte ha devenido, una tragedia pública y banalizada, en la sociedad del espectáculo.

Tres significantes: transferencia/angustia/muerte. Tres significantes que se enredan y habitan el discurso.

El psicoanálisis nace en una ciudad. En una capital que era en aquel momento, centro del imperio del Ideal de muchos intelectuales.

Nace acaso de la transferencia. ¿No nace acaso de lo que la escucha freudiana alcanza en la práctica de Breuer con Anna O?

Sabemos que el espacio geográfico donde se despliega la identidad cultural de una época, es la ciudad.

La ciudad no sólo postula identidades, también se las come. Y aún más, la mirada del Otro otorga un lugar en ese tiempo, a cada usuario del tiempo de la ciudad. Al sujeto psíquico en psicoanálisis, lo pensamos: como un usuario del tiempo. Este sujeto psíquico no se presenta sólo en la consulta privada de un psicólogo, o de un psicoanalista. Es el que pide ser escuchado en las consultas hospitalarias y ante el médico de cabecera.

Por eso, empezaremos por recordar que el sujeto es, por estructura, transferente. Es el lenguaje quien establece en nuestra especie esta característica de la cría de hombre. El ser del hombre no es sin el otro/Otro porque estar sujetos al lenguaje nos sujeta, desde el origen, al Otro y a la demanda. El sujeto psíquico se constituye como tal a través de la identificación, y estará atravesado por los emblemas de su tiempo.

Decíamos, que el psicoanálisis nace en una ciudad. En aquella Viena de la Ringstrasse (calle del anillo) que se construye entre 1870 y 1900, consagrada al sueño hedonista de ser el centro de la belleza, la arquitectura, y la cultura de la Modernidad.

Nace de la proximidad, porque la ciudad es una organización de contacto con los otros. Jorge Luis Borges tiene algunos de sus poemas más logrados referidos a su Buenos Aires. La ciudad tomada como un personaje, como una criatura misteriosa, laberíntica y brutal que expresa en su latido la significación inabarcable de su época.

La familia es la ciudad psíquica, es el espacio donde opera la trasmisión inconsciente.

El primer Lacan, en su libro La familia, dice que el progreso de los comportamientos humanos, al depender de su comunicación, desembocan, en un humano que estará abocado a la obra infinita que constituye la cultura. Cultura, que introduce inevitablemente, una nueva dimensión en la realidad social y en la vida psíquica. Y la especificidad de la familia humana será causada por esa dimensión: cultura y trasmisión.

“De ese modo instaura una continuidad psíquica entre las generaciones cuya causalidad es de orden mental. El artificio de los fundamentos de esta continuidad se revela…mediante la transmisión a la descendencia de disposiciones psíquicas”… (La familia, 1938 p. 50).

Nuestra clínica se encuentra con las formas propias que van adoptando los ideales sociales de nuestra época. Los mitos familiares, la barbarie pretendidamente ‘civilizada’, la banalización de la muerte que nos ofrecen los medios, marcan también, las configuraciones fantasmáticas.

Los llamados pacientes borderline, o estados límite o sujetos de borde, y me sumo a esta última forma de nombrarlos; nos llevan a pensar, que si este tipo de pacientes está más presente en las consultas, será porque ha cambiado el nombre que identifica a la sociedad. Tal vez vivimos ahora, en una sociedad de borde, una sociedad donde la velocidad que es tan valorada, invita a ir más allá del borde.

El deseo ha sido secuestrado por la inmediatez. No hay tiempo. El trayecto temporal inherente al deseo resulta poco soportable. Pero esa falta tampoco puede ser reconocida como tal. Puesto que quien dice: “no tengo tiempo”, se siente así perteneciente a una élite, a la que se le atribuye prestigio y poder. En el diccionario de esta sociedad de carreras, tener tiempo es sinónimo de estar en el extrarradio, fuera de la sociedad. El sujeto que tiene tiempo está excluido.

El imperativo social nos indica que se ha producido un cambio en la relación psíquica con el tiempo. Es la sobreexcitación lo que está cotizado. El sujeto sobreexcitado ha hecho de la velocidad, su amo, y del deseo de eficacia, su religión. Y en la excitación cabalga la angustia.

Del psicoanálisis se ha dicho a menudo que no es una ciencia en el sentido estricto, y también se ha dicho que se debería considerar como una disciplina dentro del conjunto de las ciencias. Algunos lo han llamado disciplina científica. Otros han dicho que es un arte, en la medida en que tutela el vínculo del analista con la sublimación.

En cualquier caso, el espacio del psicoanálisis, de la psicoterapia psicoanalítica, esencialmente, el de la relación médico/paciente, es el de la complejidad de la transferencia analítica. Una relación con promesa de separación, que entraña el uso de la palabra y sus tropiezos. Recordemos algunos trazos freudianos.

Próximo al final de su vida, Freud insistía en que los psicoanalistas no se preguntaban lo suficiente por los obstáculos que se oponían al trabajo psicoanalítico. Freud sabía que psicoanalizar significaba: pensar sin eludir el obstáculo. Al sujeto que consulta lo trae el obstáculo. La historia que nos hace, nos hace con obstáculos. El humano es ser del conflicto ya que aprende su sexualidad en un mal lugar, allí con quienes ha realizado su aprendizaje, le estará prohibido practicarla.

De lo que no hay duda es de que el que está en el lugar hacia el que se dirige la queja, opera sobre la trayectoria del discurso y la puntuación que haga del mismo, estará abocada a la creación de su historia en tanto sujeto y esa versión, la suya, será a su vez, una versión del padre como operador. Porque no hay ni ciudad, ni sociedad sin tótem, sin tabú y sin padre. No hay ciudad sin ley. Cuando se dice ciudad sin ley para referirse a la trasgresión de las normas, es justamente porque si hay trasgresión, hay algo que ha sido trasgredido.

Desde “El proyecto…” Freud sostiene que el psiquismo está atravesado por energía. Energía que carga el aparato anímico, y que la motilidad habrá de descargar para mantener su estabilidad. A esa energía la llamará líbido. Y la líbido va a devenir conceptualmente, la energía psíquica del deseo.

La transferencia es también transferencia de movimiento. La repetición está en la estructura, y por lo tanto, no puede no hacer parte de la transferencia, y con ella, la resistencia. Es decir la transferencia es un nudo paradigmático.

En 1895, Freud escribe con Breuer “Estudios sobre la Histeria”. En el Capítulo IV, “Sobre la psicoterapia de la Histeria”, hacia el final del capítulo aparece ya la transferencia expresada en lo que será la idea fundamental sostenida en los trabajos posteriores. Me refiero a la noción del falso enlace. Lo introduce diciendo que tratará de un asunto que en el “análisis catártico desempeña un papel indeseadamente grande” y que ante el fracaso de la presión asociativa caben dos alternativas: 1) que donde se pretende seguir investigando no haya “nada para recoger” y 2) que se haya interrumpido el trabajo asociativo por el tropiezo con una resistencia que no se pueda vencer en ese momento. Advierte luego de otra alternativa, la tercera posible, calificada como “de contenido externo”: “Cuando el vínculo del enfermo con el médico se ve perturbado y significa el más enojoso obstáculo con el que se pueda tropezar” (Freud, 1895).

Este obstáculo es llamado externo porque atañe estrictamente a la relación del paciente con el analista. Por lo tanto se va a tratar de una exterioridad-interna, que a la manera de una banda de Möebius, hace de la interioridad, lo éxtimo; y de lo exterior, lo íntimo. A partir de aquí la idea de la transferencia queda singularmente conceptualizada y definida en la noción de falso enlace. Falso enlace también entre lo íntimo y lo éxtimo.

Debemos subrayar que en ningún caso para Freud, falso enlace es sinónimo de falso amor. Muy al contrario. La transferencia para Freud habría las preguntas respecto de lo que él llamaba el amor auténtico.

Podemos decir que Freud llamaba transferencia, a esa conexión donde el paciente le atribuye al analista una representación, y el analista da soporte a dicha representación que conlleva un equívoco. Eje de cualquier relación amorosa. Ya que el equívoco sería condición del amor.

La sola presencia del analista ya es una manifestación de lo inconsciente, incluso el concepto de inconsciente en sí mismo, no sería separable de esa presencia. Lo que se le supone al analista es un saber, ya que la saber se le supone un sujeto. De tal modo, que la instalación del Sujeto supuesto Saber pone en juego un supuesto, y no hay posibilidad de entrar en el juego sin entrar en este supuesto: el enlace ilusorio entre el paciente y el analista permite afirmar que la trayectoria de la transferencia se inicia en un simulacro para llegar a la verdad singular del deseo. El falso enlace de amor auténtico, posibilitará la conquista del recuerdo: el paciente deberá vencer el malestar que a veces supone recordar, para llegar al deseo que se aloja
en el recuerdo.

El tiempo

La transferencia analítica habiendo sido primero identificada como una transferencia intrapsíquica, como un desplazamiento, va a devenir transferencia intersubjetiva. Este suceder discursivo de Freud revela la temporalidad de la época en la que vive su pensamiento.

Actualmente el deseo secuestrado por la eficacia y la velocidad ocupan la queja del paciente junto con un sufrimiento que teme saber sobre su origen.

Según dice Zigmunt Bauman estamos en el tiempo de una “inmortalidad personalizada”, (1). Es el nombre que da a esa existencia anónima que compensa su impotencia, haciendo de su muerte una ofrenda a una causa. Aquel tiempo donde el esfuerzo como obra de una vida que no admitía su desaparición sin dejar rastro, ha quedado atrás.

Para Freud, la transferencia suscitaba un amor auténtico. Y el amor ocupa tiempo.

Estar bajo transferencia equivaldría a decir: estar implicado con el otro en un trayecto común. Esta generalidad ya advierte que dicha implicación estará ligada al amor.

En psicoanálisis, transferir implica siempre un objeto sobre el que se pondrán en acto los deseos inconscientes dentro de lo que llamamos la situación analítica. Por este motivo, Freud insistirá en que: en lo inconsciente las inscripciones no se pierden, se repiten. Para Kierkegaard como para Freud no se trata de repetición como algo natural, ni como el retorno de la necesidad.

La transferencia analítica se define así como un “efecto de la repetición”, como una producción inconsciente dirigida a otro involucrado en ella. Que sea efecto de repetición, no es lo mismo a decir, que sólo es repetición.

Es la transferencia como efecto de repetición, quien va al encuentro de Freud dentro de la escena analítica. No se trata tanto de que su espíritu investigador la buscara, sino, que es ella la que le encuentra a él.

En el encuentro con el paciente, el analista, está ahí para hacer de mediador entre la historia del sujeto y la disponibilidad de ese sujeto de historizar.

En la llegada al análisis la historia del paciente está ligada a trozos del pasado, son trozos conmovidos de una narración que hasta en los casos más felices, se quiebra cada vez que pasa por los lugares del dolor y que encontrará su eje en el deseo inconsciente.

Esta manera freudiana de discurrir converge en una temporalidad que se asienta en lo duradero. Tener un lugar en la memoria de los otros siempre ha sido un ambición de nuestra dimensión de humanidad. Y en el peor de los casos, si tocaba padecer una existencia anónima, si nos iban a olvidar, surgía el anhelo de ganar un lugar de prestigio, más sólido y duradero en un más allá, que garantizara una trascendencia.

En una sociedad como la actual, donde el presente es tan sobreestimado, es difícil que el usuario del lenguaje, se haga cargo del pasado que habita el presente.

Por ello no hay amor sin límites. Lo que nos impulsa hacia el amor que amamos, es su pertenencia a lo imposible, al límite que alberga el pasado.

Los límites de nuestro mundo son los límites del lenguaje.

Cada vez que se pretende exceder los límites del mundo, se exceden los límites del lenguaje y se precipita el pasaje al acto o el acting-out, el afuera del lenguaje. Porque lo simbólico es inseparable de una dimensión temporal.

En la medida en que lo duradero se ha ido desmoronando, los puentes entre la vida terrenal y la eternidad, portadora de sentido, se han ido xtinguiendo, y el valor de aquello que puede durar ha quedado degradado.

Hemos pasado de lo duradero a lo transitorio. Por eso pensamos que el horror al saber va adquiriendo más protagonismo y el acting-out está más presente en las estructuras clínicas.

En todo relato hay un goce que se resiste a ser abandonado, porque ordenar la historia tiene como consecuencia un saber. El horror de saber y el horror a la muerte se dan la mano. (2)

La vuelta al Uno (de la unidad) encoge el tiempo.

Si nada vuelve a pasar por su propia huella, si nada se baña en el mismo río, si para Freud y para Lacan, la repetición está en la estructura del sujeto, y si la transferencia está en la estructura de la relación con el Otro, repetición y transferencia quedan enlazadas.

Ambas, transitan el tiempo. Buscan el objeto perdido jamás perdido. Paradojalmente los objetos de consumo tienen el atractivo de ser novedosos, y a la vez, su fecha de caducidad es muy corta. Pero esta vuelta a a búsqueda del Uno, con la que tropezamos en la actualidad de nuestra clínica, es un retorno a la potencia del un Uno – todo que atraviesa la cotidianeidad, y que evoca un tiempo anterior, un tiempo con Dios y donde la promesa de una vida eterna, desdibujaba la muerte como final.

Luego llegó la propuesta sin-Dios, olvidando que para la pulsión y para la máquina deseante, no hay democracia.

Si nos detenemos en esa propuesta anterior, a la que hacía referencia en Lacan, fácilmente oímos otro eco freudiano, el de Más allá del principio del placer y el de la compulsión a la repetición. Si hay compulsión hay una condición, esencial para la homeostásis del aparato psíquico freudiano. En tanto la repetición permite una descarga, lo que de la pulsión está comprometido en la repetición, vuelve a determinar su pertenencia a la estructura, como una constante.

Ahora bien, la homeostásis obliga a la descarga, pero ésta no deberá ser absoluta, ya que si lo fuera y el aparato se hubiese descargado completamente, no quedaría energía, invistiendo la huella de la satisfacción.

Traducido a un momento posterior de la obra de Freud, lo que queda como resto es el deseo. Deseo, que entra en juego en la repetición y en la transferencia. Esta posición teórica tiene al menos dos consecuencias: por un lado una sentencia, no sería posible no-repetir; por el otro, el sujeto tiene que asumir su responsabilidad en la repetición.

El sujeto repite y está concernido en esa repetición, pero no es culpable de repetir. Repite a pesar de sí mismo, subordinado a un mandato inconsciente. Quiero insistir en que pensamos Culpa/Responsabilidad, como pares antitéticos, en ningún caso, semejantes. “La culpa, disculpa” como dice Fernando Colina.

¿Habría en la inmediatez un retorno de lo reprimido? ¿Habría una esperanza de reencuentro con el Uno, del objeto primordial?

Cuando Lacan dice (1966/67) que: ”es del imaginario de la madre que va a depender la estructura subjetiva del niño”; subraya ahí una relación al otro/Otro que abre una pregunta esencial por el fantasma y su articulación con la repetición. Piera Aulagnier, sitúa las palabras de la madre en la función del portavoz; es ella la que va a decir qué es lo que quiere el bebé. El bebé, ante ese Otro materno, podrá cerrar los ojos, podrá cerrar la boca, pero nunca podrá taparse los oídos.

Si la estructura subjetiva es una creación de la interpretación del imaginario materno, ésta interpretación debería poder ser leída por el sujeto en análisis en su camino hacia el fantasma: que es el guion de la historia singular del deseo.

Ser Uno (me refiero a un Uno unificante, al Uno de la unidad) con el Otro, forma parte de la cultura del amor. Es ese Uno el responsable, de que el verbo no se haya hecho carne, usando una expresión de Bauman.

En la cultura actual, penetrada por el discurso capitalista se ha construido el mito de la complementariedad y la armonía. Ocultando que la relación con el Otro no es complementaria, ni puede ser armónica. En la relación con el Otro anida el conflicto.

El Uno de la unicidad, y no el Uno de la unidad, es el que lleva el sello de la muerte, y de la castración. Jacques Derrida es quien dijo que cada muerte es el final de un mundo, de un mundo único, y por lo tanto en cada muerte, muere un mundo único que viene a significar una pérdida irreparable.

Podemos considerar que, en buena medida, este discurso de la cultura y de las religiones, penetró también en el concepto de transferencia. Cuando se niega la unicidad, se coloca la complementariedad de la transferencia en el lugar de un Ideal, ya que el Uno que pide hablar, no sólo para oírse, pide hablar para que Otro lo escuche, y ese es un Uno dividido.

El fracaso de la hipnosis, como método terapéutico introduce a Freud en el descubrimiento del sujeto dividido. La otra escena entra en escena.

Obviamente, en la transferencia no hay relación de semejanza, hay diferencia desde el inicio del dispositivo analítico. Desde la primera llamada del paciente, algo va a ocurrir con el Otro, que incluye la posibilidad del desencuentro.

Este primer paso de nuestro dispositivo, y cuando digo dispositivo me refiero, a la red de un conjunto discursivo y metodológico con reglas propias, este primer paso, sitúa el fenómeno transferencial en un lugar opuesto a la auto-ayuda, la obturación de la falta y en última instancia, opuesto a la amenaza de un sufrimiento fatídicamente inevitable, como enuncia Freud en “El malestar en la cultura”.

En las últimas décadas la transferencia que esperamos desplegarse, en ocasiones, tenemos la impresión que más que desplegarse, se contrae.

El sujeto paciente que llega, suele ser poco paciente, y se resiste a la historización.

Ahora somos los analistas los que sufrimos de reminiscencias; añoramos trabajar con una transferencia que vaya a desencadenar en una ‘neurosis de transferencia’. En ocasiones, la brevedad de las entrevistas con el paciente no da tiempo al atravesamiento de esa experiencia. Sin embargo algunos permanecen.

Estas vicisitudes nos llevan a pensar que hay un Uno de la unidad que está ocupando el lugar de un Ideal. Y que la demanda exigente, es una demanda que busca que sobreviva un imperativo de goce.

¿El imperio de la pulsión se ha hecho omnipresente?

¿Nos encontramos con una transferencia del instante?

Tal vez ahí reside su dificultad. Tal vez ahí, la intervención en acto del analista en el espacio analítico, se pueda ajustar a la llamada del instante. Porque el acto ordena, conlleva un imperativo, un “diga”, una llamada al circuito de la asociación libre.

El analista es un objeto angustiante velado por el el amor de transferencia. El efecto apaciguador de la transferencia le permite al sujeto paciente deslizarse en la cadena significante y distraerse, del afecto que no engaña, la angustia.

La transferencia como la puesta en acto de lo inconsciente, hoy, ¿se podría nombrar como esa “llamada del instante”? porque la instantaneidad es el paisaje impuesto por la sociedad de consumo. Nombro así, ‘llamada del instante’ a la que realiza el paciente que aún no nos ha dejado entrar en su tiempo discursivo. No se hace aún responsable de la lógica de su discurso. O ni siquiera sabe que lo tiene.

Quiero recordar aquí, que cuando digo acto, lo pensamos ligado a la responsabilidad y al deseo; mientras que la culpa queda ligada a la idealización. En tanto la responsabilidad asume un deseo, el acto se distingue del acting-out. El acto, no prescinde del reconocimiento del deseo.

Para el analista prestarse al juego de la transferencia no es tan sencillo. Debemos reconocer que el analista se presta a entrar en el juego de la transferencia. Al hacerlo no responde a la demanda. Tiene al menos una buena razón. No disminuir la angustia para facilitar la apertura de lo inconsciente. Pero esta angustia que abre como en una jugada de ajedrez, la entrada en análisis, es la que hace que el analista pueda aprehender el texto del paciente, no es la que habita en silencio en el acting o en el pasaje al acto.

Prestarse al juego de la transferencia es lo que viene a dar cuenta de la disponibilidad del analista, del deseo del analista. Dejarse hacer. Dejarse penetrar por la palabra del Otro. Construir el síntoma y anudarse a él. Construir el síntoma en la transferencia, responde al devenir de la queja en demanda de análisis.

Síntoma, repetición y transferencia comparten un hilo discursivo. A la repetición, Freud la llamaba “memoria en acto”, en tanto según él, se actúa lo que no se recuerda. Traigo esta noción freudiana porque la repetición debemos pensarla más allá de la psicopatología, debemos recogerla como nudo clínico, como ese fenómeno universal e irreductible del funcionamiento psíquico, justamente por quedar articulada a la pulsión.

Como ya hemos dicho, hace algunas décadas, que la relación del sujeto con el tiempo ha ido cambiando. Por tanto se ha ido transformando la supuesta linealidad del tiempo de la transferencia y del ideal del amor.

Son muchos los pensadores que hablan de la inmediatez, de un sujeto eyectado del tiempo de reflexión, eyectado del encuentro consigo mismo…de un verbo que no se ha hecho carne. (3)

Bauman muestra la fragilidad que habita hoy la relación con el otro. Dice como el lazo social se disuelve fácilmente. Describe la dificultad para que ese lazo se instale y mantenga una continuidad. Ya que de todos los peligros que se temen, el más temible es nuestro miedo, ese que puede filtrarse por las rendijas de la relación con el Otro.

“Como todas las demás formas de convivencia humana, nuestra sociedad moderna líquida es un artefacto que trata de hacernos llevadero el vivir con miedo…es un artefacto que pretende reprimir el horror al peligro…silenciar los temores derivados de los peligros que no pueden… ser eficazmente prevenidos”. (4)

El pacto social está basado en la responsabilidad del sujeto. Y es éste pacto el que resulta difícil de conservar y mantener. Pactar confronta con la renuncia y la transferencia no quedaría fuera de este juego.

“El <> es estructural dice T. Mathiesen; forma parte de nuestra vida cotidiana; no tiene límites… no hace ruido y, por tanto, pasa inadvertido, y es dinámico…se difunde por nuestra sociedad… El carácter estructural del silenciamiento a los representantes del Estado de toda responsabilidad por el mismo; su carácter cotidiano lo hace por parte de quienes son silenciados; su carácter ilimitado lo hace especialmente eficaz en lo que
respecta al individuo; su carácter silencioso propiamente dicho lo vuelve más fácil de legitimar, y su carácter dinámico lo convierte en un mecanismo de silenciamiento en el que se puede depositar una confianza creciente” (5)

De tal forma que hasta la muerte, con su carácter de límite, tiene presencia efímera en el psiquismo del sujeto y no volverá a ser recordada hasta nuevo aviso. Consumir inmortalidad fluye en la vida líquida y se apodera de las expectativas del usuario líquido, que a pesar de todo, no consigue liquidar la continuidad entre el ahora y el entonces.

Podemos afirmar que este consumo de vida líquida está inyectado por el lenguaje. Si recordamos a Kierkegaard, el hombre no inventa el lenguaje, sino al revés, el hombre es un efecto del lenguaje y esto lo subsume en una situación paradojal: el lenguaje es una forma de que el sujeto habite la universalidad, y al mismo tiempo, el sujeto habita su singularidad. La paradoja es del lenguaje. (6)

La negación del carácter definitivo de la muerte, quizás la más eficaz de las invenciones culturales, se ha hecho solidaria con el triunfo tecnológico, que ha hecho de la velocidad un objeto de consumo. Sirva de ejemplo la pregunta que surge entre los participantes, en algunos juegos de ordenador: ¿Cuántas vidas me quedan?

La pregunta exhibe en sí misma una banalización de la vida y de la muerte. Una renegación del límite como parte esencial de la relación con el otro/Otro. Dice Bauman: “Los avances modernos no habrían llegado nunca a producirse y,…no habrían podido proceder al ritmo al que … lo hicieron, de no haberse obviado (y reprimido activamente) la cuestión de sus límites espaciales e infranqueables…Tales progresos no habrían empezado a producirse …si se hubiese admitido y reconocido, … los límites de la capacidad de resistencia del planeta…si los promotores y los implementadores del concepto moderno de desarrollo se hubiesen sentido obligados a abstenerse de los excesos y el despilfarro…” (7)

El fugaz encanto del objeto

Dentro de ésta modernidad, la lógica del capitalismo, mezcla consagrada de placer y decepción, vendría a entronizar el carácter trasgresor y el rechazo de la frontera o del límite. En las esferas del poder político-económico, la trasgresión se ha ido normativizando, ya que el encanto fugaz del objeto, se corresponde, con el carácter radicalmente insatisfecho del deseo. Es un tiempo donde el obstáculo es efímero e intemporal, y en caso de que persista será apartado del camino.

Desde la concepción freudiana de obstáculo a ésta concepción, ha transcurrido más de un siglo y debemos reconocer el éxito de la ciencia y luego, de la tecnología como brazo ejecutor de la primera. Surge una nueva estética de los problemas, ésta que dice: ahora los problemas son tareas que siempre tienen solución. En el hipotético caso de que no la tuvieran se apartan y en caso de que insistan, se recurriría a una exclusión que bordea la forclusión.

¡Cómo el psiquismo del sujeto no iba a ser tocado y quedar al margen del impacto constante del romance perverso entre los imperativos del mercado, y esa supuesta víctima, el consumidor!

El gran paso de Freud, retirar al objeto humano del silencio biológico; afirmar, que ese objeto no está predeterminado, sino que posee un valor libidinal y que por ello, ineludiblemente, el lugar del objeto es un lugar vacante.

El vacío inaugural del objeto, “introduce en el sujeto la vivencia de una pérdida irreparable. La paradoja es que no habiendo tenido jamás ese objeto a su disposición, por ser sencillamente inexistente, el sujeto no tiene otra posibilidad que experimentar su carencia como una pérdida, en lugar de una imposibilidad estructural” (8).

Sin embargo esa infelicidad y ese desamparo originario son el motor del deseo. El deseo inconsciente, imposible de colmar consigue su energía de lo que Freud denominaba la Lebenstrieb, la pulsión de vida. Es el deseo el que va en busca de su objeto y no al revés. El objeto será siempre un sustituto. Un suplente desvaído que aspira a ocupar el vacío vacante. Es este espejismo el que reeditará el anhelo de reencontrar lo que hemos perdido sin que haya existido.

El acceso a la palabra en la especie humana, nos separa para siempre del mundo del instinto, de la satisfacción plena.

Vivir buscando una ausencia es nuestra condición de seres hablantes. Al mismo tiempo el ser hablante encuentra el objeto que se acomoda a las condiciones de su deseo inconsciente, ya que la pulsión de investigación, la curiosidad inacabable surge de la misma fuente.

Hay contradicción inherente al deseo del sujeto. Revisemos algunos puntos:

1- por un lado no hay objeto natural, ni biológico predeterminado.
2- al objeto humano le da existencia la carga libidinal.
3- este objeto es buscado para llenar un vacío.
4- la ilusión produce el hallazgo del objeto sustitutivo al que quedará fijado.
5- el objeto encontrado es y no es, aquel objeto anhelado.
6- la insatisfacción está garantizada, es la marca del deseo.

Lacan afirmaba y repetía que “el deseo es siempre deseo de otra cosa”. Estas peculiaridades de la lógica deseante han ido encajando como un guante en las necesidades implantadas por el imperativo capitalista. Este circuito perverso en el que se ven inmersos el mercado y el sujeto, tiene por ahora, el aspecto de ser indestructible. Perverso porque el mercado se ha colocado en el lugar de la ley con el beneplácito del sujeto. La Ley como exterioridad a cualquier pacto con el otro, es un concepto renegado.

“Cada producto que sale al mercado se convierte automáticamente en un objeto caduco. Y a la vez, el sujeto demanda lo nuevo, cada vez más nuevo, más rápido, porque el avance de la técnica también puede medirse…en función de la velocidad con la que un objeto deja de satisfacer al consumidor”. (9)

La función pacificadora de lo simbólico resulta difícil de convocar. El fracaso de las utopías, la acción corrosiva del discurso tecnocientífico, los símbolos paternos desgastados, han dejado de ser el tejido de sostén de la función capital de la cultura, de la que hablaba Freud en “El malestar…” y en “El porvenir de una ilusión”.

Parece que el padre freudiano de la horda primitiva, retorna. No vuelve ni para ser asesinado, ni para estar muerto. Ahora ya no es él un representante de la ley, él es la ley.

La velocidad

La revolución industrial inauguró la revolución de los transportes, puso en marcha un tiempo de progreso. Nos fuimos del estatismo de la imagen, en la fotografía, en la escultura, en la pintura, y llegamos a la imagen en movimiento con la llegada del cine. Con el cine llega la estética de la desaparición. Movimiento que no ha parado y que nos rodea incansablemente con las últimas tecnologías y agrega un elemento: la velocidad.

La velocidad ha sido siempre elemento de riqueza y ha cambiado la visión del mundo. (En las sociedades antiguas la nobleza, era ante todo una clase de velocidad al igual que la caballería. Los campesinos tenían sólo vacas.)

El tiempo es nuestro mayor tesoro decía Lao Tsé. Sin embargo la cultura de la inmediatez genera una inconmensurable contradicción: es tal la magnitud de la velocidad que nos arrebata el tiempo que los ciudadanos han devenido miembros de sociedades de carreras. La velocidad atraviesa el hacer y el tener, que se han transformado en dos significantes entronizados y que funcionan en el lugar del Ideal.

La velocidad nos impone presión. La satisfacción que se espera es una gratificación instantánea, con la consecuente insatisfacción que acarrea. La frustración no es soportable y es desestimada: Hay que ir a por otra. Si “otra” ha sido siempre una opción, ahora se suma a un tiempo diferente: se trata de otra ¡ya!

Sin duda la velocidad conquistada ha sido un progreso, pero hemos
despertado a un monstruo, íntimo y callado. Si para Freud psicoanalizarse era pensar sin eludir el obstáculo, desde hace varios años el psicoanálisis tropieza con la entronización de la velocidad: lo que más causa, lo que se promueve es eludir el obstáculo. La velocidad borra los perfiles de la singularidad del sujeto.

La puesta en red de la información y de las relaciones dentro de la perspectiva de una humanidad unida, en ocasiones deja al sujeto sólo ante una ventana. Pero esa ventana, no es aquella por la que se mira pasar la vida, es una ventana abierta en el ordenador. No hay progreso que no colonice la soledad y no hay soledad que progrese sin alojar al mal como uno de sus inquilinos.

El problema no está en el progreso que nos han aportado las nuevas tecnologías, sino en la negación del accidente, del fallo, inherente a la estructura de progreso y cuyo efecto afecta inmediatamente a la totalidad del mundo. “La puesta en práctica del tiempo real para las nuevas tecnologías es, se quiera o no, la puesta en práctica de un tiempo sin relación con el tiempo histórico…Sabemos que no progresamos por medio de una tecnología sino reconociendo su accidente específico, su negatividad específica…un accidente que afecta inmediatamente a la totalidad del mundo” (10)

El llamado factor letal, que subyace a la idea contemporánea de progreso, fue advertido por Freud cuando presentó el concepto de pulsión de muerte. Si hay una amenaza sobre la singularidad del sujeto esa es la pretensión del discurso científico-técnico de aplastar los otros discursos, y se detentan como poseedores de la única verdad. Estamos ante otra forma de búsqueda del Uno primordial, intransigente con la diferencia. “Y cuando esto invade el territorio de la subjetividad…cuando los paradigmas técnico-científicos del mundo físico-matemático se extrapolan al territorio de la subjetividad y del lazo social, descubrimos algo que amenaza la condición humana de un
modo que no ha tenido precedentes”. (11)

Por otra parte la pregunta del psicoanálisis en torno a la repetición, ronda la cuestión de la satisfacción. Parece que es la satisfacción la que abre las preguntas sobre el objeto en el campo subjetivo. Y también parece que el objeto hoy satisface por poco tiempo.

El que consulta quiere dejar de sufrir, pero habitualmente ignora la posibilidad de averiguar cómo está concernido en ese dolor. El objeto de consumo de nuestro tiempo satisface en corto. Pero ¿Todos somos histéricos? Puede ser, pero también puede ser que para el sujeto, obtener satisfacción con el mismo objeto de forma duradera, sea insostenible.

Los amores de los que se queja el sujeto de hoy, son amores que no se sostienen en el tiempo. El discurso de los mercados impera y su poder no mengua. En todo caso exige más. Más eficacia. Más rapidez. Más dinero. Hay que estar en la cresta de la ola, porque de lo contrario, nos hundimos. No hay términos medios. El discurso capitalista, o también llamado el anti-discurso, porque más que crear un lazo con el otro, lo destruye, exige rapidez y eficacia.

Una viñeta clínica de una consulta familiar puede ser buena muestra de algo de esto:

Alonso es el más popular de su clase, tiene 13 años, es el hijo mayor, tiene una hermana de 11años. Es inteligente, guapo y encantador. Hasta hace dos años tenía un buen rendimiento académico, pero últimamente ha disminuido el buen resultado de su rendimiento en clase.

Los padres están separados, vienen juntos a las entrevistas con un claro empeño en mostrar que tienen una excelente relación. El padre desayuna a diario con sus hijos. Ambos padres tienen nuevas parejas. Los cuatro coinciden armoniosamente en eventos familiares de los niños. Pero esta armonía sufre un sobresalto, cuando el portero de la finca en que Alonso vive con su madre y hermana, les avisa que ha visto al niño colgarse del balcón de la 7ªplanta, con una sola mano, balanceándose en el vacío. Luego agregará Alonso que se había colgado para que un amigo le hiciera unas fotos.

Según palabras de la madre, “en torno a los 9/10 meses del niño ella advierte que Alonso daba claros signos de ser superdotado…hablaba”. El padre matiza “bueno, no es exactamente así”.

En la única entrevista que llegué a tener con el niño, manifiesta: que le gusta que lo admiren, y que lo había hecho para que sus amigos, invitados como él al cumpleaños de una amiga, vieran de lo que él era capaz. No era la primera vez que se colgaba.

Después de esta entrevista recibo a los padres a la semana siguiente, y a partir de ahí, ya no vuelven porque, según la madre “Alonso se había quedado muy contento después de la entrevista conmigo, estaba estupendamente y ya les había prometido que no volvería a hacerlo”.

En la última ocasión que tuve de recibir a los padres, subrayo la frase de Alonso: para que vieran de lo que era capaz. Señalo la advertencia implícita en su frase: ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar?

Ineludible aquí recordar el grafo del deseo en el que Lacan señala el Che vuoi? ¿Qué me quiere el Otro? ¿Qué quiere el Otro de mí? Hasta dónde estará este púber dispuesto a llegar para satisfacer lo que su madre quiere de él…que esté muy dotado/superdotado. Recordemos que el momento del cambio de su rendimiento académico, coincide con la separación de los padres.

En El deseo y su interpretación, (1958/59) dice Lacan: “El Otro en cuestión es aquel que puede darle al sujeto la respuesta, la respuesta a su llamado… ¿Qué quieres? Se plantea al Otro la pregunta acerca de lo que quiere. Se le plantea desde el lugar donde el sujeto tiene su primer encuentro con el deseo, el deseo como algo que en primer lugar es el deseo del Otro.” (12)

En el acting-out Alonso sale de la palabra, pero no se deja caer. Podemos pensar que sale de una escena que se repite y que ignoramos. ¿Estará ligada a la mirada…? había dicho, para que le vieran.

La escena ¿estará ligada a la mirada de la madre que lo ve superdotado? Alonso se cuelga para que lo vean. El miedo de los padres es a que se descuelgue. ¿A saber de dónde se querría descolgar? Del deseo de la madre.

Él, como todo sujeto: “Ante la presencia primitiva del deseo del Otro como oscuro y opaco, el sujeto está sin recursos, hilflos… Tal es el fundamento de lo que en el análisis fue explorado, experimentado, situado, como la experiencia traumática.” (13) Nos referimos a la Hilflosigkeit que es el término de Freud- que en francés se llama détresse (desamparo) del sujeto.

En los padres también hay un balanceo en la transferencia conmigo: “estamos encantados de venir pero no tenemos tiempo. Haremos lo que haya que hacer, pero de momento no vamos a volver porque Alonso está estupendamente después de la entrevista contigo.”

Los padres se descuelgan. Salen literalmente de la palabra.

En apariencia el acting-out se presenta como una forma de evitación de la angustia. Pero “El acting-out es esencialmente algo, en la conducta del sujeto, que se muestra. El acento demostrativo de todo acting-out, su orientación hacia el Otro, debe ser destacado”. (14)

El acting-out necesita de la mirada del otro/Otro. Está dedicado al otro/Otro. Podríamos decir: es una llamada de atención. También lo es, pero va más allá. Todo lo que hacemos de alguna manera es para llamar la atención del otro/Otro. Pero una cosa es el hacer para ser amado y otra es un hacer que responde a la angustia.

Por eso surge el interrogante “si la angustia no es, entre el sujeto y el Otro, un modo de comunicación tan absoluto que podemos preguntarnos si no es, hablando con propiedad, común a ambos.” (15) En cualquier caso ante la angustia, ante la señal de peligro, podemos decir: la angustia es un afecto que no engaña. Recordemos que Freud especifica que la angustia es señal en el yo.

Lacan precisa que la angustia no es el peligro porque: “la defensa no es contra la angustia, sino contra aquello cuya señal es la angustia” (16) ¿Es aquello que en forma de retorno, nos confronta con el desamparo originario? O ¿nos enfrenta con un vacío que no tiene ninguna posibilidad de ser llenado con sentido?

Lacan sitúa el origen de la angustia en una separación que transita un tiempo pre-especular, antes de la formación del yo y de la constitución del sujeto. Pero esa separación no es entre el niño y la madre. Para él, ese corte se efectúa entre el niño y esa parte de sí mismo que está adherida al Otro. Habla de una cesión del objeto. Dice que en el destete, el niño cede esa parte de sí mismo que es el pecho para él. Es el primer objeto cedido porque para el niño es una parte de su propio cuerpo.

Hemos hablado de sujetos de borde, de sociedad de borde y ahora si concebimos la angustia como el afecto que no engaña, tal vez, podríamos pensarla como fenómeno de borde, borde que enmarca como: “…una señal que se produce en el límite del yo cuando éste se ve amenazado por algo que no debe aparecer.” (17)

De ahí que se postule la sublimación como la forma de hacer algo con ese vacío sin sentido. ¿Qué hacer con ese vacío extranjero, incomprensible que nos habita? Es extranjero, porque en aquello que se ve en el espejo, hay algo que no se propone al reconocimiento del Otro, y sin ese reconocimiento, se vuelve imposible penetrar en el cuerpo de lo simbólico. Y lo que no entra en el cuerpo de lo simbólico no puede inscribirse.

¿No estará allí el Unheimlich freudiano?

A partir del siglo XVIII, lo siniestro se suma como una nueva categoría estética fundamental que no pasa desapercibido a Freud.

Eugenio Trías es quien ha explicitado el paso de lo sublime a lo siniestro, planteando lo siniestro como condición y límite de lo bello. En su libro “Lo Bello y Lo Siniestro” toma en cuenta el texto de Freud y hace este recorrido semántico: (18)

Siniestro en alemán es Unheimlich.

A su vez es lo contrario de Heimlich y heimisch que equivale a lo íntimo, lo familiar, lo secreto.

En ambas palabras está Heim=casa.

Otra propuesta que me permito es: Un-heim-(l)-ich = No-hogareño-Yo. (19) ¿No reside allí el desamparo originario? Y no en la angustia del trauma del nacimiento.

¿Será esa “Una falta que el símbolo no suple”? (20)

El desconocimiento crónico del sujeto, ese sujeto que desconoce su ser, que no es el amo en su propia casa. Como decía Freud, es portador del Unheimlich. De lo inquietante que puede provocar un terror atroz.

Intentamos destacar que lo inquietante, lo extranjero, lo oscuro, lo siniestro, que traducimos como Unheimlich, se presenta dentro del marco de la angustia. Porque la angustia es súbita, se precipita de golpe, y al igual que el fantasma, está enmarcada, en un contorno que no puede llegar a decirse.

Cuanto más Heim, más en casa, más en el hogar, se presenta un huésped desconocido, y surge la angustia ante lo siniestro.

La lógica que Freud nos descubre en Lo siniestro apunta a dos ideas: una es la de la fragmentación corporal y la otra la de la presencia; la presencia invasora del goce pulsional. Esta última idea, (recogida por Lacan) la del efecto siniestro de una presencia, no de una pérdida, se presenta cuando lo que debería quedar velado se presentifica. Cuando falta la falta. Presencia del deseo del Otro entendido, como Otro que habita en mí, como inconsciente y por ello ignorado.

Porque la angustia es un corte. Es un corte en la cadena hablada. Una grieta donde la palabra se suspende. Donde la red que genera el significante queda bloqueada. El sujeto que habla ya no habla, ya no construye su mundo, ya no puede engañar. Se angustia.

“Actuar es arrancarle a la angustia su certeza”. (21)

Volviendo a la viñeta clínica:

Alonso con su gesto al colgarse muestra lo que no puede ser dicho. Sale fuera del lenguaje.

La palabra es suspendida, queda excluida en un espacio de excepción. Giorgio Agamben dice: “el gesto es siempre, en su esencia, gesto de no conseguir encontrarse en el lenguaje…” (22)

Voy a hacer uso libre del lenguaje tomando como metáfora del acting, la reflexión de Giorgio Agamben respecto a los campos de concentración. Él dice que el campo tiene un estatuto paradójico como espacio de excepción ya que es una parte del territorio, fuera del orden jurídico, pero que no es sólo espacio exterior: “Lo que en él se excluye es, según el significado etimológico del término excepción (ex capere), sacado fuera, incluido por medio de su propia exclusión.” (23)

Es un afuera que se adentra. En el acting, el sujeto no se deja caer como en el pasaje al acto, pero se excluye de sí mismo.

Exclusión e inclusión, hay grieta, hay falla; el sujeto dividido, no es un capricho freudiano-lacaniano. La división es inherente a cualquier método que siga las huellas de la interpretación del significado filosófico-político de las cosas.

Que las ambigüedades semánticas sean las más difundidas, responde al impulso a borrar lo que está dividido. Dice Agamben “…no existe en parte alguna un referente único y compacto del término pueblo:…pueblo es un concepto polar, que indica un doble movimiento y una compleja relación entre dos extremos. Pero esto significa también, que la constitución de la especie humana en un cuerpo político se realiza por medio de una escisión fundamental y que, en el concepto pueblo, podemos reconocer sin dificultades las parejas categoriales que…definen la estructura política original: nuda vida (pueblo) y existencia política (Pueblo), exclusión e inclusión…El pueblo…lleva ya siempre consigo la fractura biopolítica fundamental…el pueblo contiene en todo caso una escisión que es más originaria que la de amigo-enemigo, una guerra civil incesante que le divide más radicalmente…” (24)

Resumiendo

-”…Si para Freud la anatomía forma parte del destino humano, este no puede representar en ningún caso, para cada ser humano, un horizonte insuperable. Esa es sin duda la teoría de la libertad que surge del psicoanálisis y le es propia: reconocer la existencia de un destino para emanciparse mejor de él”. (25) O como dice J. Derrida traicionar la herencia para asumir lo heredado. Pero entre lo que se asume y eso de lo que el sujeto se separa, o deja atrás, hay una grieta, que en lo social encuentra su espejo. Si la anatomía forma parte del destino, no es el destino. Y ahí en la frontera, en el borde estará la pulsión. Dice Lacan en “Los cuatro conceptos…” al referirse a la pulsión: “La constancia del empuje impide cualquier asimilación de la pulsión a una función biológica, la cual siempre tiene un ritmo. Lo primero que dice Freud de la pulsión,…es que no tiene ni día ni noche, ni primavera ni otoño, ni alza ni baja. Es una fuerza constante.” (26) Esta libertad que abriga la pulsión cabalga en el lenguaje; y es en su trayecto donde se puede descubrir la llamada de la inmediatez social para suturar el vacío. La pulsión de muerte desparrama su poder con todo el brillo que la actualidad le consiente, pero su imperio no viene a eclipsar la vida del deseo. Pero esa vida del deseo necesita ser escuchada. Al mismo tiempo como en el deseo habita el conflicto la angustia será un indicador con una función. La angustia es la que advierte al sujeto de un deseo. Es una señal en el Yo. Advierte de una presencia inesperada en un vacío.

La angustia interrumpe el trabajo subjetivante y elude la responsabilidad del sujeto que es condición para historizar, porque el sujeto por ser transferente, es histórico y al ser histórico deviene retórico. No es redondo, ni esférico, ni completo, son sus agujeros, y su falta, justamente lo que enmarca su deseo y lo humanizan. Que el sujeto sea histórico y retórico tiene una consecuencia… se encontrará con el vacío, o tendrá que rodearlo.

Sabemos que no hay historia que no esté agujereada y por ahí, por el agujero, tendrá que pasar la transferencia con el analista. Ahí repite el sujeto y ahí se despliega su retórica. Y muchas veces el acting- out forma parte de ese despliegue. Sin asumir un deseo no es posible articular una historia para Otro.

En el momento social actual no es que se evite esa articulación, sino que lo que se evita es asumir el deseo. Si el propio deseo se aparta, el otro es también un objeto de consumo dónde depositar la culpa. Cuando el lenguaje fluye, el lenguaje falla, muestra sus grietas y en los pliegues del tiempo de la inmediatez, la grieta tiende a solaparse.

Si el objeto se gasta, lo reemplazamos por otro. Si la falta está en el otro, que haya otro culpable es tan importante se transforma en una posibilidad de dar sentido rápidamente, sin tener que esperar. La sustancialización del sentido calma la angustia, pero no la resuelve, no hace nada con ella. Si el sentido ofrece a un otro como culpable, como objeto de consumo, la posibilidad del llenado del vacío es inmediata. Siempre puede haber otro objeto. Alguien más por donde pase la sentencia de culpabilidad.

¿Será que la culpa es rentable?

Los padres de algunos niños y adolescentes que veo en consulta, pagan, pagan constantemente. Colegios caros, a ser posible bilingües, actividades extraescolares, baloncesto, música, danza, chino, ajedrez. No tienen tiempo, pero hacen encaje de bolillos, para llevar al hijo al psicoanalista. Le pagan al psicoanalista. Le pagan a la chica que los sustituye en casa, o para recogerlos en el colegio, o para llevarlos al psicoanalista…y los padres pagan. No van sobrados de dinero, pero pagan. Pero ¿qué pagan? ¿Su ausencia? ¿Una culpa? En general, evitan las entrevistas, aunque asistan a ellas. ¿La culpa es por estar agujereados? ¿No se soporta el agujero en el hijo? ¿Tapan con objetos, clases, viajes para aprender inglés, para aprehender eso que les falta, para luego poder quejarse porque no asumen sus responsabilidades? Pagar es también una conocida manera de ahogar la falta y la diferencia.

Estamos en la cultura de la antidiferencia, del antiagujero o bien en una cultura que promociona que falte la falta. El slogan de los medios es: ¡qué haya consistencia! ¡No, a la distancia entre un punto y otro, si hay distancia hay intervalo! ¡No, a la fluidez! Se promueve la densidad de lo especular, que coagula y oculta la diferencia; se suspende la plasticidad de lo imaginario. Se niega la huella que deja el trauma. Se rechaza la idea esencial del concepto de trauma y de su opacidad, como límite a la rememoración.

Algo así como un trauma global ha vaciado la nuda vida de sentido, de la que habla Agamben. No porque tengamos la sensación de que no vayamos a tener futuro, sino porque al sustraernos el pasado, nos ha sido arrebatado el presente. La cultura se ha esforzado en derrotar el sentido para buscar “una verdad”. Ahora la ola gigante del sin sentido nos ha ahogado.

Amenaza es la palabra por antonomasia. El significante más divulgado. Una palabra de 4 sílabas es suficiente para justificar la más insegura seguridad que nos hayan prometido jamás.

El trauma genera vacío de sentido, por eso cuando no hay recuerdo, hay accionar de la pulsión que no puede hacer otra cosa que soportar el encierro de un bucle que no ofrece salida.

Queremos recuperar la palabra pero el enemigo está dentro de nosotros, nosotros hemos sido consumidores de esta cultura. Para los pitagóricos estaba claro que había falla en el universo, que era posible aproximarse pero sin exactitud. Sin embargo seguimos aspirando el aire de la completud, la rigidez imaginaria que nos vende una sociedad aún más controlable. Así como la anticipación y la retroacción han sido los tiempos de la concepción dinámica de Freud; el tiempo de la inmediatez parece encarnar la ilusión del Uno unificante, representificado en la instantaneidad.

Cualquier palabra que se pronuncie sobre un trauma, ya será una atribución de sentido. Trauma y sentido son dos significantes que demuestran en su mutua atracción la búsqueda de un marco para no morir. Es a nosotros, a los psicoanalistas, a los que nos corresponde, como náufragos del tiempo aguardar en la orilla de la historia del otro/Otro, con un fragmento de esperanza, para que sea posible traicionar al silencio. Allí reside la libertad que surge del psicoanálisis.

La pulsión que nos da la vida es también la que nos pone en los brazos de la muerte.

M. Carmen Rodríguez-Rendo

Psicóloga clínica/Psicoanalista/Coordinadora científica y docente de la AMPP y colaboradora del Comité de redacción de su revista/Comité editorial de Diván El Terrible on-line/Miembro de Entre-dichos.

Cl Agastia 82 – 28043 Madrid.

info@mcarmenrodriguezrendo.com

Notas del texto

(1) “La inmortalidad impersonal compensa la impotencia personal; la existencia anónima obtiene así una opción (igualmente anónima) de eternidad… Es gracias a la supervivencia de ese que ellas mismas podrían alcanzar la inmortalidad por delegación: haciendo de su muerte una ofrenda a una causa (imperecedera a ser posible). Bauman. Miedo líquido. 2008. Pag. 53/54.

(2) Ibid. “Tenemos la costumbre de enfatizar la causalidad fortuita de la muerte (accidente, enfermedad, infección, edad avanzada); con ello, sacamos a relucir el empeño que ponemos en reducir la muerte de una necesidad a una casualidad” Sigmund Freud, citado por Bauman Pag. 57.

(3) Ibid. “En realidad, los intelectuales nunca confiaron en su propia capacidad de que su se hiciera ”. P. 209.

(4) Ibid. Pag. 15.

(5) Pag. 15 Tomas Mathiesen, citado por Bauman en el mismo texto. Mathiesen es sociólogo, psicólogo y antropólogo social, noruego de 83 años.

(6) Pereña: “La concepción de la angustia de Soren Kierkegaard”.

(7) Bauman. Miedo líquido. Pag. 100.

(8) G. Dessal en “El retorno del péndulo”. Pag. 64.

(9) Ibid. Pag. 67/68.

(10)Paul Virilio. El cibermundo, la política de lo peor. 1999. Pag. 14/15.

(11)G. Dessal en “El retorno del péndulo”. Pag. 90.

(12) Lacan, S6 “El deseo y su interpretación”. Pag. 23/24.

(13) Ibid, pag. 26.

(14) Lacan, S 10 “La angustia.” Pag. 136.

(15) Ibid. Pag. 129.

(16) Ese será el objeto a. Ese resto, como si fuese parte de su cuerpo, el pecho; ese objeto cedido en el destete. Ibid. Pag. 152.

(17) Ibid. Pag. 132 Luego, agregará Lacan “Esto es el a, el resto aborrecido del Otro.”.

(18) Eugenio Trías citado por Graciela Sobral en “Variaciones en la concepción de la angustia en la obra de Freud” (II).

(19) La (l) me permite evocar el esquema L de Lacan. Si lo hiciéramos con un hilo y luego lo estirarámos, en el extremo izquierdo estaría el Es (el ello) y situamos ahí al sujeto, articulado al ello de la segunda tópica freudiana, del lado del Es y opuesto a lo inconsciente que está del lado del Otro, en el extremo derecho. Es/S Otro. Me pregunto si ¿no es en ese trayecto donde lo siniestro habita?

(20) Lacan. S 10. Índice capítulo X Pag. 145.

(21) Ibid. Pag. 88.

(22) Aganbem: “Medios sin fin” pag. 55.

(23) Ibid. Pag. 39.

(24) Ibid. Pag. 32/33.

(25) E. Roudinesco. “Freud en su tiempo y en el nuestro”. Pag. 323.

(26) Lacan. S 11. “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Pag 172.

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