El discurso universalizante de nuestra época, rechaza la singularidad del sujeto. Y esto quiere decir, que se tiende a generalizar, obviando la particularidad de que cada sujeto es único. Por eso voy a tratar de mostrar una lógica que deshumaniza, por el uso que se hace de las herramientas tecnológicas de que disponemos y que están alentadas por el imaginario social de esta época, en la que hay determinados imperativos. El uso no equivale a su existencia. El uso compromete al sujeto.

Tanto las redes sociales, como las redes del lenguaje nos vuelven penetrables generando un malestar en el que habita la desesperanza y en algunas ocasiones, nos recuerda a lo que se llama actualmente la neomelancolía.

Así el uso irreflexivo de la tecnología en algunas de sus versiones, hace que los niños y algunos jóvenes, envejezcan antes de tiempo. La infancia es más corta y las pantallas más interactivas. Las pantallas anticipan el futuro, sin dejar el hueco para la ausencia. Todo está presente al instante. Nos sumergen en un después que se desfasa del futuro. El tiempo del futuro se disloca porque se pretende que mañana sea ahora. Con un click busco y encuentro al instante.

No se suspende el tiempo de comprender a la espera de una explicación. La comprensión también debe obedecer a la experiencia de la inmediatez. El instante de ver y el momento de concluir, parecen pegarse, sin que medie el tiempo de comprender. Este dislocamiento del tiempo, que mi impaciencia precipita, nos atraviesa a cada uno de nosotros. No hay humano que se mantenga indemne ante el impacto del mal uso de las pantallas. La imagen
fascina y uno de sus efectos es que se disloca el tiempo.

Entre los problemas importantes que se desencadenan está la diferencia entre la relación con la pantalla y la relación con el otro. Ese otro real, encarnado, al que podemos tocar. Introduce la diferencia y la necesidad del otro. Por eso hay un puente imprescindible a tender con el otro, para poder encontrarnos o desencontrarnos, pero que nos pone a salvo del aislamiento. En muchas ocasiones, tras la ilusión del encuentro con muchos otros, tras muchos likes, está la soledad agazapada que se busca llenar a través de los dispositivos móviles.

El otro no es sustituible. Ese que acompaña en el dolor y con el que nos encontramos en la risa, en la sexualidad e incluso en nuestros sueños. Es el antídoto cuya presencia nos protege de la soledad. Es alguien a quien se le puede contar ‘eso’, que no se puede contar a nadie.

Ahora bien ¿Qué queremos decir los psicoanalistas, cuando afirmamos que no podemos quedarnos indiferentes ante la subjetividad de la época que nos toca vivir? ¿qué acompaña nuestra vida cotidiana, qué nos impacta a través de los medios de información?

Pues que en la subjetividad de esta época, el sujeto queda velado, porque lo que interesa es que compre, no sólo lo que le venden sino lo que este mundo atesora, a través de la llamada información.

El ideal del hombre actual es un yo, sin falla, compacto y con éxito. El fracaso es inadmisible cuando, por otra parte, la vida está llena de ellos, pero el imperialismo exitista no soporta la quiebra, el agujero, la falta. Que algo falte desmerece el brillo virtual y opiáceo de las grandes bocas del poder. Bocas que no se resignan a tener hambre para poder disfrutar de la comida. Que algo falte es condición para el deseo y la satisfacción.

Hasta Leonardo Da Vinci fue un fracasado salvo en los últimos años de su vida. (1) Fracasó en Milán, en Florencia y finalmente obtiene un reconocimiento. Un fracasado genial, al que el fracaso no le impidió seguir creando. El fracaso puede ser una bisagra hacia la creación. Salir del fracaso requiere en muchos casos inventar para no dejarse comer por la pulsión de muerte, por esa otra boca que junto con el poder atesora la destrucción, el enfrentamiento y las separaciones enconadas.

Los imperativos sociales marcan el perfil de lo deseable: joven, bello y a ser posible rico. La imagen ha extendido su imperio.

El discurso globalizante de las tecnociencias, produce un efecto expulsivo, rechazando y segregado la singularidad del sujeto. Si lo imaginario siempre ha tenido un estatuto alienante, las amenazas se multiplican y al hacerlo, lo hace con las palabras que empujan al sinsentido.

Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época, dice el psicoanalista J. Lacan. Cada época tiene una modalidad de satisfacción y una manera de ordenar lo que está permitido y lo que no.

Vivimos en el mundo del siglo XXI. Tenemos la posibilidad de comunicarnos con todo el planeta. Las tecnociencias amplían las posibilidades de los seres humanos de ponerse en contacto y de hablar. Y llamativamente la soledad y el sufrimiento psíquico van en aumento. Por otra parte, el progreso facilita que la información se manipule y se practique la vigilancia masiva, al tiempo que el sentimiento de inseguridad aumenta.

Ningún individuo puede escapar al impacto emocional que esta época inocula a los seres hablantes. La imagen genera en el ser hablante, un sentido virtual, un sentido imaginado y alejado del deseo y de la verdad del sujeto.

Casi todo se puede ver, y así brota la disputa entre lo íntimo y lo público. La presencia está entronizada y la ausencia ha perdido prestigio. Hay que estar, hay que estar ahí!! Te tienen que ver, porque si no te ven, no existes!! Hay una imposibilidad de transformar la presencia en ausencia simbólica.

Estar conectado es la nueva religión del objeto, del objeto de consumo. Pero mientras estoy conectado, estoy desconectado de mí. Cuando el sujeto queda identificado con el objeto, el sujeto se desdibuja. Su ser se desvanece y queda en manos de otro que se convierte en amo. Por eso al poder le conviene que el sujeto devenga objeto, es más fácilmente manipulable. Que no piense, que esté muy ocupado en responder de inmediato, porque fuera de la inmediatez, el éxito no existe. El éxito tiene prisa por ser. El mercado quiere objetos y mientras el sujeto se vuelve objeto, muere su deseo, se agota la esperanza y triunfa la melancolía. Compañera asidua de la soledad.

El saber se comunica narrando y la relación con el otro, al estar atrapada en el malentendido, trastoca de forma permanente una cotidianeidad que es atravesada por el imaginario social, al cual se le suma lo imaginario individual que a su vez se identifica con la masa circundante.

Como dice Angenot podemos llamar ‘discurso social’ a los sistemas genéricos, a todos aquellos repertorios tópicos, reglas de encadenamiento de enunciados que, en una sociedad dada, organizan lo decible, lo narrable y lo opinable. Los discursos sociales, siempre presentes como mediadores construyen el mundo social, lo objetivan, y también naturalizan los procesos sociales. Pero también pueden llegar a fagocitar lo nuevo para incorporarlo al campo de lo entendible.

Forzamiento de la comprensión que se desliza fácilmente a lo que se puede o no se puede decir. Los estudiosos del discurso social dicen que aparecerá en el futuro, tres o cuatro generaciones después, cuando el rechazo que la hegemonía le opone, se debilite, y los nuevos analistas sociales, se sorprendan porque eso que es habitual en su presente, haya sido impensable o indecible medio siglo atrás.

Voy a volver sobre algunos puntos en los que me quiero detener porque sitúan el padecimiento, como consecuencia de estos espejismos que nos rodean.

He nombrado:
La fascinación
El dislocamiento del tiempo
La relación con el otro y
El fracaso

La fascinación

El desvalimiento originario del que hablaba S. Freud, muestra cómo es indispensable para la cría de hombre, la acción específica de un adulto que alimente a la cría, para proporcionarle lo que necesita, y esto forma parte esencial de la continuidad de la especie.

Pero la sola satisfacción de las necesidades humanas no alcanza para introducirlo en la red de intercambios que nos caracteriza.

La primera red social que es la familia, le humaniza. Por eso somos sujetos de deseo. Porque sólo el interés, y el amor del otro de los primeros cuidados son parte del alimento, y harán posible que seamos capaces de sortear las dificultades futuras y la convivencia humana. Nos identificamos con ese Otro primordial, la madre, porque el humano necesita apropiarse de una imagen para sobrevivir. Nos identificamos con los ojos que nos miran, somos mirados, y esa mirada nos perfila, nos da un contorno que nos trasmite el deseo de quien nos mira. Aún desde la ceguera nos colgamos de la mirada que nos mira, porque nos habla y nos mira, y porque para la cría de hombre, las palabras tienen ojos.

Un filósofo francés llamado Merleau-Ponty insistía en que por un lado el sujeto es vidente, mira, y por el otro es un sujeto-objeto de la mirada. Sostenía que el sujeto era mirado desde todas partes y a la vez que quedaba capturado en el campo de la visión. Siempre habrá algo más que no ve. Como si lleváramos puesto un engaña-ojo, que antes o después nos hará la faena de disfrazar al objeto y tergiversar lo visible.

La mirada del Otro nos precede y nos constituye como sujetos. Somos reconocidos y amados por esos ojos que nos miran desde nuestro nacimiento.

Nuestro poeta, Miguel Hernández, decía:

Sin tus ojos mis ojos no son ojos
que son dos hormigueros solitarios
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos.
(2)

El dislocamiento del tiempo

Nuestro tiempo es un tiempo donde es difícil hacer vivir al deseo por el otro. El goce sin límite se ha apropiado del tiempo. El goce es imperialista. Si no se acota su imperio siempre querrá un poco más para llevarse a la boca. Por eso no hay tiempo para el otro. Si el goce con el objeto supera el placer de estar con el otro, la ligazón queda interrumpida.

El objeto se convierte en una imagen ideal, de la que se alimenta nuestro narcisismo. Y al tiempo el objeto nos devuelve una imagen de nosotros mismos más potente, más brillante y luminosa, que la que a veces encontramos en nuestra vida cotidiana. El espejismo nos manipula porque nos tiene pillados en nuestro talón de Aquiles, nuestro yo. En consecuencia, el goce inmediato que devuelve la imagen, amenaza la supervivencia del deseo.

Hay jóvenes que confiesan que están mirando el móvil mientras tienen relaciones sexuales. La pasión por el objeto sustituye a la pasión amorosa. Un pequeño artefacto, un objeto tecnológico de consumo masivo hace que un sujeto quede capturado en la pantalla, en línea o disponible en una temporalidad sin interrupción, que ignora los fines de semana o las horas de descanso. No hay tiempo de descanso, porque el descanso desconecta y eso pone en riesgo las claves del éxito.

Debemos reconocer que nuestra realidad cotidiana es de un frágil equilibrio, puede desgarrarse y será menester para soportar tanta realidad real, que siempre permanezca velado, opaco, lo que se acerque a la verdad. Tal vez sólo podamos aspirar a acercarnos a ella, pero mientras soñemos con alcanzarla, custodiaremos la esperanza en contra del sinsentido.

La relación con el otro

La dignidad del deseo se ve afectada, cuando la mirada se desliza en una pantalla, quitando tiempo para la intimidad. Se oyen las quejas de que la pareja pasa mucho tiempo frente al ordenador, que no habla, que está siempre mirando el móvil etc. También ocurren escenas semejantes, entre amigos, en las relaciones con los hijos: ”papá no viene a jugar con nosotros porque está jugando”.

Lo esencial del otro es que está del otro lado del horizonte sin que nos demos cuenta. Cada otro es tan diferente a mí, que no es necesario que sea ni de otra cultura, ni de otra raza, para que esta condición de ajenidad se cumpla. La cuestión está en nuestra mirada sobre el otro y lo otro, y al mismo tiempo en cómo somos y nos sentimos mirados por el otro.

El otro es una tierra desconocida y aún, cuando consideramos que lo conocemos profundamente, es mucho más lo que ignoramos, porque a la vez cada uno es más lo que ignora de sí mismo, que lo que sabe.

El otro es un territorio por conquistar, por descubrir, una aventura de tal magnitud que nos ocupa la vida. No me refiero sólo al judío, al cristiano, al gitano, al negro o al musulmán, me refiero también al otro de al lado, a la madre, al padre, que miran al hijo y son mirados por él. Necesitamos su extranjeridad, sus palabras y su presencia, por eso hablamos de otro imaginario, porque las palabras también tienen ojos. Vamos volcando en él nuestro imaginario, porque necesitamos jugar al juego del conocimiento, para rellenar el vacío, con el que, de lo contrario, nos tendríamos que encontrar.

El fracaso

La clave del éxito está en dirección opuesta al fracaso, término que resulta incómodo, cargado de un sentido pesimista, en tanto alude a lo que se malogra con un resultado adverso a lo que se espera.

Hay una resistencia indudable al encuentro con el fracaso, ya que dicho encuentro habla de la pérdida, del fallo y de la muerte. Tres palabras que lejos de entusiasmarnos nos abocan al reconocimiento de nuestras miserias. Lo que falta, lo que nos falta, lo que perdemos desde que nacemos nos otorga, paradójicamente nuestra condición de humanidad. Cada tropiezo nos reenvía a la ingrata sensación de no haber podido hacerlo tan bien como hubiésemos deseado.

A pesar de nuestros esfuerzos, suele haber algo que se escabulle, y mientras intentamos desanudar los enredos por el que nuestro inconsciente nos lleva, fracasamos en la ficción de estar sirviendo a un Dios engañador que se apropia de un deseo ingobernable, pocas veces reconocido como propio, y que nos confronta con la muerte. Cada fracaso es una pequeña muerte, pero no es el final. Puede ser el principio de la aceptación de nuestros límites, ya que sólo así podremos rehacernos y construir algo nuevo para seguir adelante.

Este Dios engañador está entronizado en el imaginario social circundante. Nos hace creer que el fallo es intolerable, y que el fracaso nos hará extraviar el brillo prístino del que jamás deberíamos habernos desprendido.

Se podría decir que ningún fracaso es sin un algo de éxito, y viceversa.
La cuestión está en no rendirse y preguntarse, cómo estamos concernidos en el fracaso. Por eso es necesario apostar por la no resignación, que acoge el desafío con el sinsentido.

Ya se habla actualmente en picopatología, de una nueva melancolía, la neomelancolía que lleva a su máximo extremo la muerte del deseo, y se la define como deseo de no deseo. Posición opuesta a la pasión por el otro que es lo que caracteriza al amor. La pregunta que se plantea el profesor Massimo Recalcati es si esta caída del deseo, no responde a un problema en la trasmisión del deseo de una generación a otra, ya que esta experiencia del deseo es lo que caracteriza a la clínica contemporánea. Excesiva presencia del deseo de nada, que es la otra cara de la moneda del deseo de todo.

Hacernos responsables de aquello por lo que apostamos en nuestra vida, también conlleva la responsabilidad ética de hacernos responsables de nuestros fracasos. Sólo el duelo ante el error puede hacer del fallo un aprendizaje, que nos proteja de la fascinación del éxito momentáneo.

Pero cuando la exigencia es aprender de prisa, el tiempo vuelve a quebrarse. No es un tiempo que nos abraza, es un tiempo que nos eyecta.

El duelo es lo inverso de la expulsión del fracaso de nuestro ser, por negación, o por lo que nosotros llamamos forclusión, que equivale a expulsión. En el duelo existe un agujero en lo real, un vacío interno, es, la pérdida del objeto. El ser querido que ya no está en el mundo, y del que ya nunca volveré a escuchar su voz. Es una pérdida que debería dar lugar a un trabajo de simbolización del vacío que se ha abierto a partir de la pérdida del objeto.

Fracasar también debería ser la aceptación del error y de lo que en el fracaso se pueda haber perdido. Pero en la actualidad la guerra y la violencia están en el lugar del duelo. Lo que no se metaboliza dentro, lo que no se asume, se pone fuera y en contra del otro. La guerra y la violencia son un buen negocio para la economía de los mercados. No interesa asumir nada, la culpa es siempre del otro y hay que atacarlo.

Debemos recordar que para Hegel, cada individuo es un producto y un productor de lo social. Lo propiamente humano del individuo es lo social, y es lo social, su medio de subsistencia.

Luego debemos asumir nuestra responsabilidad en este universo inhóspito en el que nos hemos sumergido.

Nuestra responsabilidad es defender la vida de un deseo inoxidable que no se resigna. Al fin y al cabo, la tragedia del hombre es siempre la misma para todos: no encontrar la salida en la dificultad de vivir.

Si ustedes me preguntaran si estoy diciendo que estamos locos. Respondería que sí. No locos merecedores de un ingreso psiquiátrico, sino locos por la cosa, locos por el delirio del objeto fatuo, por estar disponibles a la esclavitud, que ese Dios engañador nos impone. Ideales con los que nos alienamos sin cuestionarlos. Pequeñas locuras que pueden adquirir una dimensión extrema si no somos capaces de abandonarlas, o de pedir ayuda a tiempo.

Si el ideal al que se aspira va en contra de la vida del deseo, nos aproxima a la muerte. El loco que se lleva es inmortal, ha adquirido la fama de prisa, en un dislocamiento del tiempo; ha conquistado su celebridad, mostrándose en las redes sociales, estando, ya que si se ausenta, pierde existencia, y está fascinado por su eterna juventud. No advierte su soledad porque ha rellenado todos sus huecos apareciendo en los medios. Cree ser completo, sin falta, sin grietas y además, está convencido de haber encontrado las claves del éxito…

Señoras y señores, sabemos, que nuestro paciente, tiene un pronóstico reservado.

Para vivir hay que perder. No hay experiencia de placer sin experiencia de displacer. Desear nos introduce en la lógica del fracaso, porque desear también nos enseña la medida de nuestro propio límite. Ya no por el simple hecho de que sea imposible tenerlo todo, sino, porque cuando nos quedamos solos el límite está más cerca, y en el muro con el que nos protegemos, se oye el ruido de sus grietas por donde se asoma el silencio.

El mundo señores, está lleno de espejos y es a nosotros a los que corresponde, como nos dice Lorca:

¿Ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
(3)

  1. Para ilustrarlo voy sólo a mencionar la boda de los Medici que Leonardo va a organizar en la plaza del castello Sforzesco, el 25 de enero de 1491. “Crearían una enorme tarta de sesenta metros de longitud con pasteles y bloques de polenta…En su interior, sustituirían cualquier mobiliario por mesas y sillas hechas de pastel. Sería una boda única.” Al llegar el día de la boda: ”a las primeras luces de la mañana, a falta de unas cuantas horas para la celebración de las nupcias, el banquete ya se había celebrado. Leonardo había calculado mal…Las alimañas. El azúcar utilizado en la elaboración de la tarta despertó los sentidos de cuantos animales andaban por la ciudad. Ratas gusanos, insectos y aves tuvieron el convite de su vida…Leonardo horrorizado, huyó. No por miedo a Ludovico Sforza…Lo único que le asustaba era él mismo.” Christian Gálvez: Matar a Leonardo.
  2. Miguel Hernández: de Poemas sueltos II, poema 253.
  3. Lorca, Vuelta a la ciudad, Nueva York, de Poeta en Nueva York).

M. Carmen Rodríguez-Rendo.
Abril 2019. Madrid.