Querido amigo lector, en esta ocasión escribo para pedirle ayuda, si ya lo ha advertido, tengo un problema: soy psicoanalista, y en estos tiempos que corren no sé si es un problema, pero sí un obstáculo epistemológico para estar socialmente bien visto, para algunos, porque no saben a qué me dedico exactamente, para otros porque no entienden mi tenacidad de borde masoquista.

Amigo lector, para mi gusto, todo va demasiado de prisa. Es verdad que soy una mujer maduri-ta, que termina en «ta» como psicoanalis-ta y como inmedia-ta. Esta última «ta» es la que llevo peor. Mire usted, después de más de 40 años de vida profesional, en los que he sido entrenada a ir despacio, a navegar por aguas profundas, a hacer del resto y del desecho en el discurso un elemento al servicio de una estética moral y terapéutica, le gente se queja, porque estoy fuera de lo que el periodista David Barba llamaría la generación Nespresso.

Dígame usted ¿cómo se accede a lo inconsciente en un click? Esto me inquieta. ¿Cómo sustituir el tiempo que exige el recuerdo por una tecla que presentifique al recuerdo? Y además soy caféadicta y n soporto el instantáneo porque me sabe a zumo de paraguas, y qué decir del café americano, lo soporto aún menos, porque además de que lo han pasado por lejía, la palabra americano no siempre le sienta bien a mi estómago. Algunos de los que llegan a mi consulta quieren que les duela menos, disfrutar sin trabajo y con rasgo diferencial, a ser posible con fast food, y encontrar el amor en dos vueltas de cuchara, endulzado con sacarina para que no engorde el gasto de su cartera, y eso sí, ruegan en silencio y con resignación cristiana, que no les dé la charla, cosa que ni se me ocurriría, puesto que me dedico a la cura, pero no soy un cura. Y los más ambiciosos me instan a que el efecto duradero les garantice un para siempre. Y «yo» se pregunta: ¿Cómo tramitar el deseo de un nanosegundo? Los filósofos que hablan del tiempo narrativo del discurso son mi paño de lágrimas, pero que lloremos juntos, nos permite sentirnos más acompañados pero no resuelve mi problema. Todo esto se lo cuento a usted porque un día, va usted y pilla cacho en Internet.

No me comprenden y yo creía que esto era lo que me pasaba con mi madre. Mi psicoanalista hizo de la relación con mi madre el eje sincrónico de mi juventud. Cuando era muy joven mi madre me decía: » no sé porqué te das tanta prisa para llegar a ninguna parte». Más allá de que mi santa madre me advirtiera de mi conspicua precipitación en descubrir mi punto G, sí que debo darle la razón en que tanto el punto G como el P se descubren a su tiempo y armoniosamente. Pero bueno, me estoy yendo por los cerros del sexo, pero volviendo a mi problema: no soy capaz de curarme de la mediatez y estoy siendo empujada al café instantáneo. Las Carmelitas me enseñaron que las cosas se hacía… Dios mediante. Y yo no me atrevo a pedirle a ningún dios que medie en este enredo porque soy agnóstica, pero sin mediación no sé pensar. Seguramente usted conoce la cafetera de toda la vida, esa de aluminio que se enrosca, en la que se echa el café molido, a ser posible de Colombia,. Ahora bien ¿qué puedo hacer cuando el paciente me pide que le sirva el síntoma disuelto? Y para mji desgracia, George Clooney aún no me ha preguntado: What else?

M. Carmen Rodriguez-Rendo.

Psicoanalista – Madrid.