Cada noche usted se acuesta y, con mejor o peor fortuna, se queda dormido. Y aunque a veces no lo recuerde, sueña. ¿De qué se queja amigo? En el sueño el tiempo no tiene tiempo: allí será usted desobediente, caerá en el arrebato, será dueño de caricias impostergables, será el amo y señor de su universo. Podrá amar, odiar, matar, dirigirá un mundo arbitrario, sus imágenes rozarán el olvido o serán engullidas por una ballena gigante. Se mirará a usted mismo, romperá a llorar, buscará el vapor caliente que le deje al abrigo de su propia mentira, o se quedará clavado ante una de sus verdades temeroso de meditar demasiado. Aprenderá que hay sueños ciegos, pero sólo algunos. Descubrirá que puede abrir los ojos para seguir soñando si está dispuesto a mirar de frente y sin dobleces el tiempo de las
letras muertas, de los desengaños, de esa vida que huele a ausencia extenuada… Y mañana será cuando esté despierto. Tal vez lo recuerde, tal vez no, pero usted ha tenido sueños.

Para el Dr. Freud esto era lo importante: haber soñado, seguir soñando. Tanto la primera como la segunda edición de La interpretación de los
sueños
tratan de algo más que lo que su título advierte. Freud habla de sí mismo con transparencia. Captura tanto por lo que se reserva como por lo que ofrece generosamente de su propia intimidad. Nos brinda escrupulosamente ideas psicoanalíticas fundamentales y se queja de no haber conseguido un estilo más sencillo para trasmitir algo tan complejo. Estaba nervioso e inquieto porque tenía que hablar del “submundo” del inconsciente y de la autoridad de este sobre la conciencia. Pero quería ser austero para decir que en el sueño un deseo se realizaba porque la vida del hombre transcurría entre la realidad y el deseo. No era fácil afirmar algo así. Podía no gustar. No se trataba de asignar una significación simbólica y fija a cada detalle del sueño, ni de leerlo como algo a decodificar. Freud proponía un trabajo asociativo sobre diferentes partes del sueño que pudieran ser tomadas como puntos de partida para recorrer el territorio sinuoso y sorprendente del inconsciente. El psicoanalista dispondría de un método, pero para penetrar en los mecanismos del soñar no le bastaría con el saber; debía escuchar y respetar el relato del paciente como si de un texto sagrado se tratara. Por eso previene sobre la posibilidad de sobreestimar lo que parece ser y no es. Por deshilvanado y absurdo que parezca, la creación del sueño responde a una lógica propia y ajena a la conciencia que, si se la transita, llevará a paisajes lejanos e incluso desconocidos de nosotros mismos.

Nuestra infancia guarda tesoros fascinantes y el sueño es el resultado de una labor llevada a cabo por nuestro psiquismo; por eso desvelar sus enigmas no puede hacerse sin trabajo. Habrá que andar hacia atrás, a veces de puntillas, para no caer en la interpretación superficial o irresponsable que no tiene en cuenta el debe y el haber del escenario psíquico. Para poder soñar sin despertarse, el hombre, una vez más, debe echar la cuenta, buscar la cifra exacta de lo soportable, la imagen que lo ausenta del asco o del miedo incontenible, siempre fuera del precio justo, para no hundirse en la pesadilla. Por todo esto, si cuando soñamos nos recreamos a nosotros mismos, si es nuestra propia vida la que nutre la obra y le regala sus herramientas, ¿qué más quiere?

M. Carmen Rodríguez-Rendo.
Psicoanalista-Madrid.