“Toda conquista, todo paso adelante en la senda
del conocimiento es fruto de un acto de valor, de
dureza contra sí mismo, de propia depuración”.

Nietzsche.

Para que se puedan entender algunas ideas que quiero comentar sobre la transmisión y el secreto, voy primero a contaros desde la antropología cómo se fundamenta el valor de la palabra y de su transmisión.

En cualquier fase evolutiva de la humanidad, cualquiera que fuese su casi nula organización social, encontraremos alguna forma de cultura ya que el hombre además de ser biológico es un ser social.

Como dice C. Lévi-Strauss en su libro “Las estructuras elementales del parentesco”:

“La cultura no está ni simplemente yuxtapuesta ni simplemente superpuesta a la vida. En un sentido la sustituye; en otro, la utiliza y la transforma para realizar una síntesis de un nuevo orden”. (1981)

La religión como forma de cultura y de vínculo social, lejos de formar parte de una locura colectiva o de reducirse a un cúmulo de desechos en las sociedades primitivas, advierte desde los más rudimentarios sistemas de creencias, lo que la ciencia moderna lleva años afirmando, que si en algunas partes existen leyes es porque existen en todas partes.”


Todo sistema de creencias aporta reglas y a su vez es la presencia de la regla la que nos permite saber que estamos en el estadio de la cultura y no de la naturaleza, aunque no seamos capaces de afirmar cómo el hombre primitivo ha hecho el pasaje, ni como ese pasaje se ha articulado.


Por lo tanto toda regla, intenta regular una comunidad de comunicación, (sin considerar aquí el funcionamiento de un sistema lingüístico). Es una forma de representación de una ley, que no es la ley del estado, sino la Ley que ordena el psiquismo y su motor, el lenguaje.

Dice el antropólogo Lévi-Strauss: “Sostenemos, pues, que todo lo que es universal en el hombre corresponde al orden de la naturaleza y se caracteriza por la espontaneidad, mientras que todo lo que está sujeto a una norma pertenece a la cultura y presenta los atributos de lo relativo y lo particular.” Y continúa: “Nos encontramos entonces con un hecho, o más bien con un conjunto de hechos…nos referimos a este conjunto complejo de creencias, costumbres, estipulaciones e instituciones que se designan brevemente con el nombre de prohibición del incesto.

La prohibición del incesto presenta sin el menor equívoco y reunidos de modo indisoluble los dos caracteres…: (por un lado) constituye una regla, (por el otro) es la única regla social que posee a la vez, un carácter de universalidad”.

Si se invocaran las famosas excepciones de algunas sociedades tribales, nos encontraríamos con que cambia el lugar de la prohibición dentro de las líneas de parentesco, pero se mantiene una prohibición.

Resumiendo sin prohibición no hay posibilidad de establecimiento de una comunidad socio-cultural.

La regla de la prohibición del incesto es social y también presocial por su universalidad y porque impone su norma a la vida sexual, garantizando la perpetuación de la especie. Por esto se considera que la prohibición del incesto se encuentra “en el umbral de la cultura”. Es decir que sería en el terreno de la vida sexual donde se opera el tránsito de la naturaleza a la cultura en tanto hay una prohibición y ésta debe ser respetada. Los padres no podrán cohabitar con sus hijos y la sexualidad de los padres deberá mantenerse en la intimidad de la pareja.

Entonces la existencia de la cultura es la que muestra antes del descubrimiento del inconsciente freudiano, el poder de las palabras. Las palabras a disposición de todos para el uso relativo y particular que cada sujeto haga de ellas.

Las palabras, las calladas, las secretas, las dichas, todas ellas son herramientas de trasmisión.

En el psiquismo, la estructura del inconsciente demuestra en su singularidad éste poder de las palabras que nos pre-existen y que poseen el poder de enfermar, por permanecer reprimidas, y el poder de curar al repetirlas y dejarlas que fluyan. Para el psicoanálisis el sujeto se sirve del lenguaje, pero también el lenguaje se sirve del sujeto y transmite de una generación a otra; transmite a pesar del sujeto.

Los padres trasmiten a los hijos un deseo que no es anónimo, y una ley “la
prohibición del incesto”.

El padre en su función interviene no como el que hace la ley sino como el que la representa. El deseo de la madre la vehiculiza.

Como no es posible no- transmitir, cuando hay secreto, el “secreto familiar” opera en el psiquismo y compromete a todos los miembros de la familia.

Independientemente de su contenido ( una madre loca, un hijo muerto, un hijo adoptado, un padre delincuente…etc.) el secreto gestiona y tramita las relaciones de los miembros de forma ingobernable.

El secreto tiene un atractivo, su condición de enigma.

Esa misma condición es la responsable del alivio que acompaña a lo que vulgarmente se llama: “confesión”.

Si guardo un secreto no me propongo recordarlo, pero la cuestión es que el recuerdo se ocupa de recordármelo.

El secreto es como una silla vacía en la que nadie se sienta, pero siempre está allí. El deseo la señala.

Puede cambiar la estructura familiar, pero no es posible impedir la trasmisión inconsciente y transgeneracional. ¿Cómo? A través de las identificaciones, de las que luego si os interesa puedo hablar.

La sociedad actual es en buena medida, una sociedad del secreto, ya que dar una imagen que se supone que es la que se debe dar, impone al sujeto camuflar su sentir y transforma su ser, en un secreto. Ésta sociedad de la imagen, lo bien visto invita a ocultar lo que no nos gusta de nosotros, como si en algún estuviese escrito que estamos obligados a gustarnos absolutamente.

Pero no perdamos nuestro eje.

Cuando dos personas se encuentran siempre empiezan a contarse su historia por el final, ya que el final es el presente que enmarca el encuentro. De manera que del presente del encuentro con nuestro hijo, formará parte un relato que lo podríamos titular “De dónde venimos”.

Si nos acaban de presentar habrán dicho “de donde venimos”. Aún cuando no digamos nada estaremos transmitiendo algo de nuestro origen.


El vínculo con el otro no empieza como empieza la construcción de un sujeto. La aritmética vincular empieza por el dos. Éste 2 no es un 1 más 1, es una relación de 2 diferentes que se han unido con un proyecto. De los proyectos posibles de éste 2, hoy nos vamos a referir al proyecto de un hijo.

Éste es el núcleo embrionario de lo que luego se llamará familia y no me refiero a las monoparentales, sino a la estructura de la familia tradicional.

El proyecto de un hijo implica algo obvio, el deseo de ser al menos 3. La proximidad de la llegada del 3, biológico o adoptivo, moviliza en la pareja parental los asuntos no resueltos de su propia infancia, los recuerdos mutilados, los temores de ser como no se quiere ser, el deseo de hacerlo bien, incluso mejor que como lo han hecho con nosotros.

Éste 3º además de ser el producto de un hombre y una mujer, viene en busca de una filiación, de una pertenencia a una estirpe y se inscribirá en una genealogía.

Viene a ocupar un lugar y no debemos olvidar que “los lugares son los que esperan a las personas”.

En el caso del niño adoptado, el lugar que lo ha esperado es el de la exclusión: por miseria, por tragedia o por conflicto sin salida. Y esto sí es una diferencia fundamental con el hijo biológico, no porque no pueda ser excluido sino porque tiene otras posibilidades que se juegan en aquel que será dado en adopción.

El lugar del padre, de la madre y del hijo ocupan un lugar diferente dentro de la estructura familiar. Además de lugares reales, son lugares imaginarios y simbólicos. Luego volveré sobre esto con más detenimiento. Solo quería apuntarlo para señalar la importancia de la transmisión de padres a hijos y en consecuencia: de la verdad y del secreto.

El conflicto que puede implicar revelar una verdad, es el final de la historia de un secreto.

El secreto no es necesariamente lo que no se quiere decir, sino que en muchos casos consiste en lo que no se sabe como decir, ya que el miedo a la pérdida del amor del otro limita nuestro pensamiento y nuestra palabra.

El que guarda un secreto no siempre tiene la intención de mentir, puede tratarse de un vacío de palabra que impacta y reactiva, algo de “lo no dicho” de la historia singular de cada sujeto.

En el caso de la adopción, revelar al hijo su origen, cuando éste ha sido ocultado, (por el mismo motivo de todo ocultamiento), el miedo a la pérdida del amor, nos confronta a diferentes miedos que en nuestra imaginería se presentan bajo la forma de: miedo a dañarle, miedo a decepcionarle, miedo al fantasma amenazante de que querrá buscar a los padres biológicos y/o perderemos su confianza y su amor; miedo a que él nos compare imaginariamente con esos padres a los que no conoce pero que justamente por ello pueden presentarse en su psiquismo, como más adecuados, etc… En algunos padres adoptivos, la fantasía del robo del niño, muchas veces no reconocida porque a nosotros mismos como padres nos puede parecer delirante, está ligada a la cuestión del secreto sobre el origen y a saber “de dónde viene”.

Podemos pensar que éste frontera no tienen que atravesarla los padres biológicos, sin embargo, aún en éstos casos, lamentablemente el secreto forma parte con más frecuencia de la que se cree, de varias historias familiares. En algunas ocasiones es un secreto a voces, del que nadie habla porque se percibe que de eso “no se debe hablar”.

En otras ocasiones el secreto está encriptado y permanece como un tumor desconocido en el psiquismo inconsciente.

La paradoja ante la que nos encontramos es que en tanto padres, si ocultamos al niño adoptado su origen, somos nosotros los que le estamos excluyendo de su propia historia. Es como arrebatarle su derecho a ser y a saber de sí mismo.

Somos nuestra historia, y sin historia el presente tambalea y el futuro se desvanece.

Creo que era Valle Inclán quien decía que sin tradición, es decir sin historia, no hay futuro.

Si el dato del origen es sustraído, también le será sustraído la potencia de nuestro deseo y del amor necesarios para hacer de él nuestro hijo, ya que solo así se pueden atravesar la incertidumbre y el esfuerzo que caracteriza a todo proceso de adopción.

Saber del origen nos permite construirnos y posicionarnos frente a la estructura familiar e ir descubriendo nuestro lugar en la estirpe.

No saber del origen deja tantas lagunas, y preguntas sin respuesta que el esfuerzo por llenar los vacíos al contarnos nuestra historia puede transformarse en síntoma.

Cuando no se puede nombrar se actúa.

Cuando no sé puede expresar con palabras se hace un síntoma.

Síntoma no es señal de enfermedad, es signo de que hay inconsciente. Y si hay inconsciente el blanco de lo que no sabemos puede adoptar la posibilidad de enfermar.

No estoy diciendo que todas las palabras curan, estoy diciendo que las palabras que encarnan una verdad y sólo esas son las que pueden curar e incluso evitar el enfermar.

M. Carmen Rodríguez-Rendo.
Conferencia pronunciada el 25 de abril del 2009 en la Asociación de ayuda en postadopción, “Theodoro Reik” en colaboración con la Comunidad de Madrid.