De la verdad al deseo, pasando por la mentira, podría ser el anuncio
publicitario de una invitación a psicoanalizarse.

¿Se busca en el análisis una verdad liberadora?

Como si de un viaje turístico se tratara ésta búsqueda es un motor que propicia en muchos sujetos el recorrido del análisis. La novedad de la experiencia nos traslada algunas veces al hallazgo de la gran urbe desconocida y otras a la decepción en las esquinas de sus suburbios.

Éste viaje atraviesa diferentes ciudades, unas son territorios tomados por amos antiguos que buscan escabullirse del juego del trabajo, otras son las capitales del deseo que brillan como poseedoras de una ley universal, hasta que al adentrarse en sus calles el viajero descubre que responde a una ley sí, pero esa ley es la más particular, la más íntima, ya que no hay más universal que la particularidad que abriga cada sujeto.

¿Cómo no visitar los museos? Esos donde el niño que nos habita continúa exigiéndonos todas sus reivindicaciones, donde se exhiben los restos arqueológicos del recuerdo, los cuadros donde la inercia nos impresiona, los bodegones de la represión, la sonrisa, el grito, hasta llegar a la descarga de todos los disgustos que el rencor fue coleccionando sin descanso.

Al salir de allí como no subir a la Torre Eiffel de nuestros ideales…mientras tanto nuestro lerdo pensamiento de adultos nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo hemos podido mentirnos así?

Seguimos a pesar de nosotros mismos, el placer de pasar por donde nunca habíamos pasado es más fuerte que el desencanto.

La luz, los lugares oscuros, los desagradables, los ríos contaminados por las miserias de la envidia y del orgullo. Los amigos entrañables, los amores apasionados, los abandonados. El guía propone un crucero por el río. ¿Por qué no navegarlo? Pero ¿cómo navegar sin una dulce mentira, sin el sentimiento engañoso que aún haciendo trampa permite llegar?

¿Llegar? A no se sabe dónde, sabiendo que hay un lugar.

La agencia de viaje no garantiza el éxito de la búsqueda, pero asegura la originalidad del punto de partida: fiarnos de nuestras precarias realidades, conservar la paciencia y tropezar con el límite. Todo esto escrito en la letra pequeña del contrato de viaje, esa que en general no leemos porque la excitación del viaje nos hace confundir felicidad con verdad, justamente allí donde esa culpa que actúa sin que el sujeto lo sepa encubre el malentendido.

A veces la inercia nos impide fotografiar los detalles de lo que visitamos: la oposición entre lo adecuado y el desequilibrio, entre el señuelo y el error, protagonistas todos de un organismo que pareciera menos preparado para satisfacer nuestras necesidades que para alucinarlas.

Fantasías, sueños, nuestros pequeños delirios, nos aproximan a una verdad particular e intransferible. Su lógica no es la de la justificación de la historia, sino la que permite el encuentro con el conflicto, encuentro para el que el hombre parece destinado a vivir.

Al volver a casa el viajero comprueba que el agente de viajes también mentía un poco aunque sin mala intención. Su invención era para sostener una promesa que hiciera posible una restitución: que aquello que le hubiese sido arrebatado le fuera devuelto con el “depósito de la reserva de plaza” para proyectar un nuevo destino.

Resumiendo, si hemos soportado un viaje de tanteos, de cansados desvíos siguiendo como corderos al guía de lo real; nuestro recorrido nos lleva a lo extranjero en nosotros, a eso que alguna vez fue enmudecido y espera una segunda oportunidad.


M. Carmen Rodríguez-Rendo
Psicoanalista, Madrid.