Decía Masud Khan que “El pasado es el abono mediante el cual se fertiliza el presente”.

Cuando se visita Berlín se comprueba una vez más que la tendencia a la destrucción forma parte del abono que nuestra “civilizada humanidad” continúa aportándonos compulsivamente. Restos de una iglesia bombardeada, conservada con esmero para evitar que el olvido la cubra de polvo. Junto a ella un edificio espectacular anticipa el futuro.

Por un lado la cultura ha cumplido una función capital: recordarnos que no hay verdades enteras, absolutas. Por el otro la moda de la sociedad actual promueve a un sujeto sin cicatrices, sin fallo y si es menester sin historia. La contradicción no se tolera, y el “no sé” no se atreve a asomarse, ante la posibilidad de que el sujeto sea señalado carente de algo. Al mismo tiempo el saber tiene propietarios y sin embargo otros se quejan de que el sentido ha desertado de las palabras.

El presente y el pasado están atravesados por esa guerra que a veces se prefiere olvidar. Las huellas de la destrucción están allí, en el mismo escenario donde el horror descansa en los restos del muro.

Desde la antigüedad los mitos han garantizado al hombre que lo que estaba por hacer había sido hecho ya y por lo tanto no había nada que temer, ¿por qué vacilar?

De igual manera la muerte que vive hoy en las ciudades y en el discurso hueco de algunos poderosos se pregunta lo mismo ¿por qué vacilar?

Berlín hoy, sigue siendo reconstruida a golpe de memoria, dinero y ambición, pero ¿será capaz nuestra “civilizada humanidad” de recordar y elaborar, para no repetir? ¿serán suficientes la fuerza, el abono, y la cultura para construir de nuevo lo que las guerras siguen aniquilando.

“Nos queda la palabra”… La palabra contra la muerte, como los restos conservados contra el olvido. ..fertilizantes para la memoria.


M. Carmen Rodríguez-Rendo (psicoanalista – Madrid)
( Texto para ser publicado en Diván El Terrible, julio del 2003)