Los hijos crecen y el tiempo nos pisa los talones y, entretanto, le damos un repaso a lo que hemos sido. En un gesto de ellos nos recordamos y nos vemos. Vemos lo que nos gusta y lo que detestamos de nosotros mismos. Descubrimos que en el hijo retornan aquellos sueños y aquellos conflictos que nos llevaron a tropezar tantas veces con la misma piedra. Desearíamos que ellos no tropiecen. Consumimos advertencias, consejos, y no escatimamos palabras para que comprendan “que así no es”.

Sin embargo, el fluido imparable que atraviesa el amor por la descendencia injerta alguna inhibición, algún miedo “absurdo”, alguna imposibilidad allí donde el niño lo recoge.

Nos preguntamos cómo es posible que hayamos trasmitido a pesar de nosotros.

Para el psicoanálisis el inconsciente es un aparato de transmisión ya que la presión por transmitir que realiza el deseo inconsciente atraviesa como una flecha el universo de lo transgeneracional. No es controlable aun cuando el origen y el destino de lo que se transmite sea anónimo; el niño quedará prendado por un rasgo de sus objetos de amor y habrá recogido un legado que casi siempre ignora.

Aunque algo no se haga presente, no quiere decir que no esté en el ser. Aunque no aparezca, no implica que esté abolido ya que no podemos negar el entrecruzamiento inconsciente que liga de manera inevitable a una generación con otra.

Cuando aparece ese rasgo de la generación de los padres en un hijo, nuestro asombro responde con la explicación de la genética, y buscamos la solidaridad de la herencia para que justifique una forma de dormir o de no dormir, de comer, de hablar y, en suma, una forma de estar en el mundo.

Sin embargo, la continuidad de la vida psíquica entre generaciones se cuela a través de las vías de transmisión, donde la cultura y la tradición asegurarán la continuidad de generación en generación. El deseo de transmitir es un deseo inconsciente, que a la vez que nos pertenece nos es ajeno porque se guarda en esa parte desconocida de cada ser humano.

La presión por transmitir es condición de humanidad, de imperfección y de un amor a la progenie que no gobierna lo que a los hijos se entrega. Forma parte de la lucha por la conservación de la especie y del deseo de trascender la propia existencia en el otro.

Lo continuo y lo discontinuo, lo que se repite y lo que se diferencia, lo que se trasmite y lo que es objeto de identificación se entrelazan en el tejido de toda historia humana.

Freud dejaba claro que el hombre poseía un aparato que le permitía interpretar, construir y producir sentido: el aparato inconsciente de la transmisión. Lo que se transmite es al menos una huella, pero no solamente una huella, huella de lo que no pudo ser pensado y trazo de un legado con el que nos identificamos.

Por esto podemos afirmar que la transmisión nos pisa los talones. Cuando somos padres hay algo que se va de nosotros para aposentarse en el hijo que será portador de un legado, en torno al cual organizará buena parte de su existencia.

La tarea a la que el hijo se verá abocado será la de traicionar esa parte del legado que le esclaviza, trabajo ante el que nadie debería permanecer indiferente. De ahí en adelante habrá de conquistar su singularidad como ser humano, su obra más lograda.

M. Carmen Rodriguez-Rendo.
Psicoanalista. Madrid.