El tema que nos convoca, es difícil de tratar porque conmueve los cimientos de nuestra etérea corporeidad. Este cuerpo nuestro tiene fecha de caducidad, a diferencia de la falta y de la pérdida, que se queda con nosotros, cuando el otro se va.
La pérdida del ser amado, comporta la peculiaridad, de lo que se lleva de nosotros el que se va, pero el sujeto ignora lo que ha perdido con él. Algo nuestro se va con él y no es recuperable. Algo parecido podemos decir, del final de un proyecto o tal vez sea mejor decir de la dimensión del final.
Nos constituimos errantes, con dos compañeros de viaje Eros y Tánatos. Aseguraba Nietzsche que “La muerte natural es la muerte independiente de toda voluntad, la muerte propiamente irracional.”
La cuestión no está en que el trauma del desamparo, la Hilflosigkeit freudiana, nos acompañe desde el nacimiento, sino en la desnudez que nos habita y que no siempre somos capaces de permanecer en ella.
La miseria y la indefensión retornan cuando la vida nos grita de tal forma, que nos hace tropezar, caernos, zozobrar. Porque el hombre más que temer a la muerte, teme al miedo, a la espera sin esperanza que algunas veces le acompaña.
Quedará para el humano transitar entre la falta y la pérdida, para atravesar el duelo que le sigue aferrando a la vida. Porque el duelo no solo desasiste, también atrapa y nos deja prendidos de esa hilacha de vida que nos queda de lo que fue.
En la experiencia analítica encontramos una lógica que propone el duelo de la verdad como objeto, el duelo de los ideales de normalidad y felicidad, el duelo del ideal de la relación sexual, de la posibilidad de completarse con el otro y, el duelo que implica la separación con el analista. En ese final se desanudará, la emancipación del sujeto, que exige que en la relación con el deseo cada quien deba confrontarse a esa zona donde el desamparo y la falta son un límite exterior e interior, donde asumir la existencia de la compleja soledad estructural que le es propia.
Respecto al suicidio, Albert Camus planteó en el Mito de Sísifo una cuestión vital: lo importante, no es descubrir las razones que empujan al suicidio, sino si existe alguna razón para seguir viviendo. A lo largo de la historia, numerosos poetas han respondido que no.
“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” es el título de los últimos versos de Cesare Pavese a su amada Constance Dowling, actriz norteamericana de los años 1940/50, versos encontrados en el cajón de su habitación, como carta de despedida, ya que había expresado que no deseaba nada más en esta tierra y sabía que no acabaría ese año…1950. Año en que Pavese nos deja huérfanos de su escritura.
“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Anticipación y sentencia en esta expresión de una desesperanza que lleva a un veredicto. Este gran poeta y novelista italiano, nacido en 1908. Escribirá:
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-.
En el acto suicida, cuando se pierde el dominio de sí mismo, es cuando ya no se obtiene placer sino goce, cuando de la acción se pasa a la pasión, es decir, cuando el sujeto se ha convertido en objeto y ejecutor de la pulsión aniquiladora.
Como escribe José Luis Gallero, mientras Pavese trazaba su destino con «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos», a él la muerte no le llega, la busca un 26 de agosto en dieciséis envases de somníferos. Nacido en un pueblecito de Piamonte, queda huérfano de padre a los seis años. A los diecinueve ya se declara cansado, dice «se me escapan las ganas cada día más».
El éxito que le envuelve a partir de 1941 no alivia su desamparo. Se suicida en una habitación de hotel; deja escrito: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque […] cualquier amor, nos desvela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada».
El suicidio tiene ojos y dos ejes: el del que se va y el del que se queda. El que se va abandona el desierto que es su vida. Después de abonar el fracaso, pone punto final para no escribir, ni un solo día más, que se disuelva fuera del sentido. El que se queda, ha perdido un sentido. Abraza un aire sin cuerpo. Se pregunta por Su sentido ante la muerte que se ha presentado. No entiende, no acepta. Se estremece.
La muerte en cambio es hija del silencio. Siempre ha estado en el horizonte hasta que apaga la vida. El deseo es en ella el verdugo.
El odio, la sospecha de que un cuerpo ajeno posea por su cuenta un espíritu le hace decir a Pavese que “Vivir es como hacer una larga suma, en la que basta haberse equivocado en el total de los dos primeros sumandos, para que ya no salga nunca. Quiere decir engranarse en una cadena dentada, …”
El deseo de suicidio parece enigmático porque, tras haber reconocido que la vida pulsional se origina en un enorme amor del Yo a sí mismo, y haber constatado la magnitud de la libido narcisista que se libera ante el peligro de muerte, no es fácil explicar cómo el Yo puede acceder a su propia destrucción.
Mishima lo ejemplifica en su suicidio tan planeado, justificado en la ceremonia samurai, que decide morir mostrando un acto de honor, dándole a su vida una última representación, como lo fuera siempre, por esa búsqueda de la belleza, de la perfección física, ese temor a envejecer, y lo dice a su maestro Kawabata, meses antes de suicidarse:
“[…] de lo que tengo miedo no es de la muerte, sino de qué será del honor de mi familia después de mi muerte. Si alguna vez sucediera algo, supongo que el mundo lo aprovecharía para sacar sus dientes, marcar mis menores defectos y hacer trizas mi reputación […] Seguramente usted es la única persona que puede preservarlos de esto, así pues, se los entrego completamente para el futuro” (Mishima en Kawabata y Mishima, 2005, pág. 195)
El suicidio no expresa otra cosa que esa completud, ese logro final, ese único “acto” que por tanto provoca angustia, eso único que es el cierre o la finalidad de aquel instinto de muerte de Freud y que no queda en la apariencia, como el resto de los actos subjetivos destinados al fracaso, debido a la falta, o debido a la amenaza de castración. En el suicidio hay algo cumplido, esa desaparición de la barrera ante el goce y, por tanto, no hay apariencia, sino evidencia, hay autenticidad. Dice Lacan: “El suicidio es el único acto que tiene éxito sin fracaso.”
Un acto donde las palabras ya no tienen lugar. Se puede decir que el objeto ha triunfado, nada lo oculta ni lo vela. El sujeto se lo apropia como a su imagen para terminar aniquilándose.
Desde esta mirada Eugenio Trías dice el suicidio podría leerse como una relación entre Amo y Esclavo, donde el sujeto identificado con el Amo se siente arrastrado a gozar, y queda a merced total del Goce.
Ese Amo del discurso es también ese Otro que conlleva esa ley de muerte. En el decir de Trías“…la muerte es el verdadero rostro de ese señor del mundo” (Trías, 1981, Pág. 107).
Y para finalizar, en el decir de Federico de Victoria, dos versos: y ahora le exijo a la vida que/ me deje vivir mi muerte.

M. Carmen Rodríguez-Rendo