Agradezco a la junta y a los compañeros que me hayan propuesto para compartir con vosotros los senderos de una trayectoria de formación, cómo pienso que debe realizarse, y al tiempo haceros partícipes de la mía.
La formación en Psicoterapia psicoanalítica y en Psicoanálisis tiene tres pilares en los que se apoya: el análisis o la psicoterapia psicoanalítica personal, que se desarrolla en la singularidad del uno a uno; la supervisión clínica y la formación teórica.
Está última puede tener diferentes modalidades, aunque debemos destacar la relevancia de algunas de sus formas. Estos pilares no son caprichosos, ni antojadizos. Pero lo fundamental que quiero resaltar es que ser psicoterapeuta o analista es un trayecto. No habrá certificado ni titulación que garantice que la formación ha terminado, ni que hemos llegado a tener una posición ética. Es un trayecto que se cruza con la propia vida, siendo tal este atravesamiento que nos demanda más de un análisis que nos ofrezca un respaldo para soportar la pulsión de muerte por la que seremos inoculados diariamente.
El psicoanálisis tiene una condición subversiva frente a la asfixiante uniformidad de la subjetividad contemporánea. Habla de lo singular y de la diferencia. Sostiene al sujeto del inconsciente como único y privilegia la escucha, el aspecto más difícil de nuestra práctica. Porque se trata no de escucharlo todo, sino lo que hay que escuchar.
Esa parte del discurso del paciente que escapa a la relación imaginaria con el otro, supuestamente armónica, capaz de saturar el deseo, y de seguir su búsqueda en el saber inconsciente. El psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica cultivan la escucha en la dirección del eje de la cura, en la trayectoria que siguen las palabras cuando la represión se reduce y el sujeto habla. Tenemos que saber que escucharse transforma. Después de decir ciertas cosas, ya no podremos ser los mismos porque algo de la verdad se ha presentificado y ya no es posible ignorarlo.
No perder de vista el deseo. Esta es la ética que sustenta nuestro trabajo. No distraernos con la imaginería, con la anécdota, con la palabra vacía, que inevitablemente se apodera del decir del paciente a pesar de sí mismo.
En la conferencia 34a, titulada “Esclarecimientos, aplicaciones, orientaciones”, dice Freud lo siguiente: “Les dije que el psicoanálisis se inició como una terapia, pero no quise recomendarlo al interés de ustedes en calidad de tal, sino por su contenido de verdad, por las informaciones que nos brinda sobre lo que toca más de cerca al hombre: su propio ser”. Esta verdad está ligada al deseo inconsciente y de ahí su ética. A partir de La interpretación de los sueños el psicoanálisis deja de ser un tratamiento exclusivo para casos patológicos y se inscribe en el mundo de la normalidad, es decir deviene un método de comprensión del psiquismo.
No es posible ejercer como psicoterapeuta o como analista fuera de una posición ética. Y esa ética es la que reconoce la verdad del inconsciente a la que paciente y analista están sometidos. No es posible trabajar fuera del campo del amor al saber, y me estoy refiriendo al amor del paciente por el saber inconsciente.
Ese saber está inextrincablemente ligado a la mentira y a la verdad. Nadie escapa a su propia mentira. Esa que le aporta el síntoma sin ánimo de engaño. Esa mentira a la que me refiero es una forma de decir que nadie escapa a la represión. Pero detrás, velada por su fantasma se aloja una verdad que ningún terapeuta puede eludir. De ahí que el primer paso para trabajar con pacientes sea el análisis personal. ¿Cómo saber de su verdad?, ¿cómo conocer el amor al saber inconsciente sin haberlo atravesado?, ¿cómo saber escucharse? sin haberse escuchado ante otro que nos permita ubicarnos respecto de nuestro lugar en el mundo.
En cuanto al método para la formación, debemos recordar de dónde venimos: Por un lado, está la tradición hebrea de la Haskala, de la elite intelectual hebrea que se reunía periódicamente y ante la que Freud presentaba sus textos, a veces, antes de hacerlo ante los aprendices de psicoanalista.
Muchos consideran que la tradición hebrea sería una condición para el nacimiento del psicoanálisis, y reconocen un ‘saber leer’ propio de algunos judíos. Cabe destacar, que si bien Lacan consideraba que el Psicoanálisis fue factible a partir de la Ciencia Moderna, por otro lado, y según advierte Jean Claude Milner, éste a su vez, habría encontrado su condición de posibilidad, en la ideología bíblica, judaica, en tanto herencia de lo literal; esto es, por el valor de la letra para el judaísmo. Si tomamos entonces las referencias en Freud y en Lacan, y teniendo en cuenta que el judaísmo presente en Freud es el Iluminismo Judío o Haskala, podemos justificar algunas preguntas que muchos se hacen al respecto y en las que no me voy a extender aquí.
Sólo decir, que Gerard Haddad, en su libro El hijo ilegítimo, penetra en las fuentes talmúdicas del psicoanálisis.
En este sentido, Haddad encuentra una similitud entre la interpretación freudiana y el arte de leer del Midrash como un método de interpretación de la Torá con sus propias reglas. Así, a partir de un enunciado de apariencia insignificante, tomado como contenido manifiesto, la interpretación subvierte ese significado enigmático para dar lugar a otro, posibilitando de este modo una lectura múltiple. El estudio que necesitaba esta lectura exigía la presencia de un maestro y un grupo de alumnos que trabajaran las lecturas con él para adentrarse en la hermenéutica de su traducción. Modalidad estrechamente cercana a la forma que ha ido adoptando la formación teórico clínica en psicoanálisis.
Cabe destacar entonces que, según Haddad, este modo de especulación sobre la letra y la escritura, constituye el soporte del pensamiento judío, como así su originalidad. El hombre es aquí un ser de lenguaje, un hablante, y la letra materializa el lenguaje propio del ser humano: «El judaísmo plantea este axioma fundamental: el hombre no encuentra en su existencia sino hechos de lenguaje. La prueba de ello es que el hebreo posee esa curiosidad lingüística de no tener más que un término para designar la palabra y la cosa. La especie humana encuentra el campo de su destino en el lenguaje.»(Haddad)
De igual manera, cada paciente va a disponer de un término, de una palabra para designar la palabra y la cosa.
La palabra tiene entonces un valor supremo, constituyendo un objeto de transmisión, de intercambio. El hombre está sujeto a ella.
Y nosotros pertenecemos a este linaje independientemente de la línea de pensamiento que cada uno elija. Somos herederos de la trasmisión recibida y a su vez somos trasmisores. Somos herederos de una forma de leer que exige una creación de cada uno como producto de su comprensión.
La otra cuestión es la necesidad de la trasmisión para las nuevas generaciones, cuestión importantísima ya que la formación depende de ella, de la transferencia de trabajo que se crea con el alumno y entre los alumnos que incentiva el interés por la lectura y el estudio de los textos.
Klein recuerda los tempranos conflictos infantiles de importancia para la neurosis, donde se expresa el placer del niño por la destrucción. Y que puede ilustrar ese sadismo infantil donde usa entre otras armas los excrementos, los dientes, las uña, los músculos etc. Melanie Klein sitúa una fase temprana del Edipo donde este aparece dominada por completo por el sadismo, sadismo en relación al Otro que en esta fase temprana estaría encarnado por el cuerpo de la madre y los objetos que ella guarda en su interior.
Recuerdo a Klein porque muchas veces la dificultad que propone el aprendizaje de la teoría psicoanalítica genera una reacción negativa, que tiende a cuestionarlo todo y en la medida en que el narcisismo se siente dañado porque no entiende a la primera, descalifica y desprecia el texto.
La teoría psicoanalítica tiene una lógica que va en contra de la lógica de la razón. No se trata de lo visible ni de lo evidente, sino de lo invidente, lo que no se ve a simple vista, pero cabalga como decía Freud de representación en representación, de palabra en palabra. No me refiero a la ignorancia, sino al desconocimiento que cada uno tiene de sí mismo.
Este desmenuzar la teoría y la teoría de la práctica como se ha dado en llamar, nos lleva a veces a preguntas incómodas porque ponen en entre dicho nuestra visión de nosotros mismos, siempre plagada de un imaginario que hace obstáculo en la relación con el otro y con lo otro.
Hablemos de la supervisión. Lacan se pregunta ¿cómo aprende el hombre a decir yo (je)? Y responde que es un término en referencia al otro. El yo (je) nace de una referencia al tú. “los adultos deben buscar sus deseos. Lo cual nos señala hasta qué punto están separados de lo que está relacionado con su yo”… (248 S1)
El yo está separado del deseo por eso la supervisión es imprescindible. Porque hay que buscarlo y así como desde el momento del nacimiento la cría de hombre no es sin el Otro, de igual manera el psicoterapeuta, el analista, no es sin el Otro. Otro tiene que escucharle a él hablar de su paciente. El desconocimiento obligado, implicado detrás de la función del yo es el origen efectivo de nuestra experiencia. Nos entregamos, como dice Lacan, a una operación de traducción que apunta a desatar una verdad, más allá del lenguaje del sujeto.
Respecto de mi formación, puedo contar que se inicia en Bs. As. en una universidad, donde todos los profesores eran psicoanalistas. Era fácil acceder a grupos de estudio por donde inicié mi itinerario: Freud, Klein, Lacan, tres autores a los que era imposible ignorar y el estudio de sus textos fueron los pasos que me iniciaron en el análisis y la psicoterapia psicoanalítica con niños, bajo la supervisión del grupo de Arminda Aberastury. Luego llegó el trabajo con adolescentes y adultos, y posteriormente la migración.
En Madrid tengo la oportunidad de trabajar con Nicolás y Antonio Caparrós, Armando Bauleo y Hernán Kesselman. Continúo mi formación con Adolfo Berenstein hasta que mi interés por profundizar en la obra de Lacan me lleva a París. Allí tengo el privilegio de supervisar y seguir mi formación con Piera Aulagnier, Albert Fontaine y Juan David Nasio. Mi segundo análisis allí, me empuja a no dejar de estudiar.
Este es un brevísimo resumen de un recorrido, que muestra mi transferencia con el psicoanálisis y que continúa. La formación en psicoanálisis se sabe cuándo se inicia, pero no cuando termina. Podemos decir que los analistas, los psicoterapeutas, acabamos atravesados por el aliento del psicoanálisis, cuyo impulso es de tal potencia que nos lleva de la mano de nuestro propio deseo. Cuando nos atrapa, ya no nos deja.

M. Carmen Rodríguez-Rendo