En primer lugar mi agradecimiento a todos los compañeros de la AMPP, por acoger la presentación de este libro. Y en segundo lugar, por estar donde estamos, situar el punto en que la vida, el psicoanálisis y la poesía, entrecruzan sus brazos y nos abarcan en el duelo de la verdad como objeto o en el duelo por la caída de los Ideales.

“Déjate vencer” es un libro, que propone una reflexión poética sobre la pérdida. Pérdida cuyo rumor nos acompaña desde que nacemos. Su huella es su presencia.

La poesía como exploración, obliga a recordar que para el psicoanálisis, no es posible la sustitución de un objeto por otro, que la existencia de un resto es efecto de la singularidad y de la alteridad del otro y que Freud dedicó uno de sus principales trabajos analíticos a establecer los límites entre el duelo y la melancolía.

En el prólogo de este libro, que el escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo me ha hecho el obsequio de escribir, habla de El arte de perder, del jardín delicado que florece en el lugar de las pérdidas y de Jacob y el ángel que lucha con él y dice que El ángel de la poesía es aceptación de la derrota, pero también, y sobre todo, memoria del amor.

Por eso “Déjate vencer” propone al lector

“Caminar por la plazuela de la tarde

y dejarse ir

hasta donde amanece el alma,

para poblar la soledad de luz

y así luchar

de forma infatigable

envolviendo la hora de la vida.”

de Poemas en barbecho, inédito. M. C. Rodríguez-Rendo

El adiós, en el decir del poeta Luis Cernuda:

Así también mi tierra la he perdido/ Y si hoy hablo de ti es buscando recuerdos,

Así como las faltas sin sutura, las quiebras, el amor al desamor, traen la pérdida de los hombres que se encarnan en el quejío del que hablan los poetas andaluces.

Quejío que no es queja, que no es rencor, que no es melancolía, es tajo.

Tajo que atraviesa estos versos, así como el imaginario poético español de finales del siglo XIX y principios del XX.

Este poemario consta de tres partes. La primera se mueve en la hondura del verso corto y roto. Propone una forma de conocimiento, la del relámpago y el duende.

Porque la poesía es palabra despojada, el relámpago inicia un decir y el duende lo enciende. Sube desde las plantas de los pies, desde las últimas habitaciones de la sangre, como decía Lorca.

La segunda parte está dedicada a seres amados y respetados. A algunos, los ha llamado la tierra pero no dejan de estar. Su recuerdo, es capaz de elevarse por encima de las abarcas desiertas de su propia muerte.

La tercera parte recoge la copla del lenguaje popular. Lenguaje al que no le importa entrar en el arte menor del verso octosilábico para contar sus historias. La copla y los palos del flamenco, llevados por los grandes maestros andaluces a la poesía llamada culta, se escriben con una pluma que gotea sangre, porque la pérdida no entiende de clases, empuja al encuentro con el vacío.

Los poetas con mayúsculas son los que han elevado el arte menor a la dignidad de su ser, separándolos para siempre de la indiferencia.

Desde hace unos años me pregunto si la poesía es literatura. Si la soledad que la habita, que se hilvana en la metáfora, roza el texto o se aparta de él, para construirse en la llamada del instante.

El decir que inicia, busca su continuidad en el lector.

El poema, es un indicio de que hay poeta.

El poeta es un amanuense. Escribe al dictado.

El poema, el poeta y el lector comparten el universo imaginario de la letra escrita, pero sin el lector el poema no respira. Es su interpretación la que da cuenta de su latido.

Así como el poema es inmortal, hay poesía porque hay muerte. El poema transita el río de las palabras incluso, cuando la palabra ha sido denostada.

“Déjate vencer” grita desde un renglón de la historia que la palabra no muere.

El poema le devuelve al poeta el nudo de su esperanza. Poema y poeta se enlazan en una misma voz, la de una cascada que canta fugitiva. Pero si no somos al menos tres, no habrá poesía.

Luego se suman otras voces, las que entonan los ojos del lector. Cada vez que el lector se lee a sí mismo en un poema, se desprende de su vacío. Su boca se emancipa del quejío para crecer al lado de otras bocas de terciopelo y noche, para subir por el recodo de la calle ancha, hasta desplegar sus alas y volar en busca del relámpago y del duende.

Algunas veces, la prisa por entender, le interrumpe al lector y le impide llegar a esa región del imaginario que la poesía brinda, para atravesar la avara realidad próxima y cotidiana y poder descansar de ella.

Porque la poesía no solamente es íntima, sino que bordea el secreto, concentra la palabra en la desnudez del gesto. Es, como decía F. CharryLara en su artículo del 2002, en la revista Aleph, nº 123) es “la huella de unos pasos por la memoria”.

En su labranza poética, este poemario anhela dejar huella en el otro. Que sea el verso quien lo huelle, que lo venza con el surco del quebranto, con su agonía encadenada, con la sombra de la ira que vagabundea en sus versos.

Ahora, para que otros oídos compartan lo que leen los míos, os dejo con la voz amiga de José Mª Prado para que sea él quien encienda con su duende, el verso.

M. Carmen Rodríguez-Rendo
Madrid, diciembre del 2017.