ZAHORÍES DE HUESOS

Reflexiones en torno a “Nostalgias de la luz”

Esta película de Patricio Guzmán, “Nostalgias de la luz”, es una reflexión sobre el tiempo y la memoria. En ella se pone de manifiesto una pregunta que nos habita: ¿de dónde venimos?

Esta pregunta de manera explícita o implícita está en todos los entrevistados. La cuestión está en ¿hasta dónde podremos revisitar el origen? Y ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar en esa investigación?

En cualquier caso, esta búsqueda ¿de dónde venimos? nos empuja a que se sigan abriendo preguntas ¿de dónde venimos guardará relación con a dónde vamos? Todos queremos saber cómo fue, incluso cómo era cuando aún no existíamos. Nos resulta inmerecido imaginar que cuando nos haya llamado la tierra, nos olviden. Lo que hacemos, lo que construimos, hasta la intensidad con la que amamos es para que nos recuerden, para dejar huella, para no ser excluidos del tiempo y la memoria del otro, para tener un lugar donde los que nos sobrevivan, puedan acudir, aún en el caso de que nunca lleguen.

Memoria y olvido son una pareja de amantes singular para cada sujeto. Ambas se cruzan y se apartan en la trayectoria del tiempo.

El olvido, pensado por Freud como la operación de una función: la represión, es condición de subsistencia, siempre y cuando, la memoria sea valedora de la transferencia al origen. Cuando digo aquí transferencia lo hago como relación, como ese falso enlace que todos guardamos con nuestro ayer.

La memoria de la tierra, la memoria del agua, la memoria del cuerpo, nos recuerdan que hay olvido. Pero la memoria exige tiempo. Mientras que el olvido quiebra su continuidad. Quizás, porque, como se suele decir, siempre “hay que pagar un precio”.

En 1927, en El porvenir de una ilusión, Freud revelaba que “cada individuo es virtualmente un enemigo de la civilización. Se da… el hecho singular de que los hombres, no obstante, serles imposible existir en el aislamiento, sienten como un peso intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la vida en común”. (O. C. Tomo III, p. 2962)

Como ya señaló Zigmunt Bauman (2014) al revisitar esta obra: “hay un precio a pagar por haber obtenido esa seguridad confortable y reconfortante que solo el poder coercitivo de la sociedad puede brindar. ‘No hay almuerzo gratis’, como lo expresa la sabiduría popular inglesa: para conseguir algo hay que perder otra cosa. La vida civilizada… es una transacción” (El retorno del péndulo, 2014. p. 30) “El padecimiento de la felicidad truncada es el precio que se paga por las delicias de la protección… toda comunión humana elevada por encima de sus condiciones animales es una transacción”. (Ibid. P, 33)

Desde la época en la que Freud escribe El porvenir de una ilusión hasta hoy, han cambiado las circunstancias externas pero no las internas. En oposición a aquella estructura familiar ortodoxa y con estricta supervisión parental, nos encontramos con un tipo de familia más laxa donde los jóvenes deben ajustarse a los requisitos de una sociedad moderna líquida de consumo e individualizada. Una aparente abundancia de opciones, que en un tiempo fugaz deben saber valorar bajo el supuesto, de elegir lo mejor. No está bien visto fallar y el error puede amenazarnos con no tener retorno. La velocidad se ha llevado por delante la enseñanza que introducía el ejercicio de equivocarse.

Pero aun así, para el hombre nada es posible sin el otro. Su dependencia inicial de otro que asegure su subsistencia, que lo desgaje del desamparo originario, deja un surco por el que habrá de transitar hasta su desaparición. El in-divi-duo es al menos dos.

Por otra parte, debemos tener en cuenta que hay una diferencia entre la memoria del sujeto y la memoria colectiva. Esa diferencia estaría en la forma, en ese ‘a su manera’, para evocar lo que habita en cada sujeto. El sujeto del inconsciente, el sujeto del deseo, se constituye en su relación con el otro y traza sin saberlo, algo así como un mapa íntimo donde sus cadenas, esas, las de su forma de hablar, dirán a su interlocutor cómo ha ido tejiendo la trama de sus recuerdos.

¿Pero hasta dónde queremos saber? Para Lacan hay una ambigüedad singular del saber y la verdad, por eso dirá “nunca se está por completo en el origen”. El origen por el que nos preguntamos también padece de fractura, aunque se le adjudica un saber, también está inacabado. Al fin de cuentas, el origen es un relato. Me diréis, pero, “si andamos detrás de un saber en suspenso, para qué vamos a transitarlo”. Tal vez para eso, para transitarlo, no para llegar. Porque tal vez nuestra posibilidad de crear y de descubrir está en el trayecto. Tal vez es el camino el que le habla a la vida y no al revés.

La sociedad de la postmodernidad ha entronizado la velocidad, el punto de llegada, la meta, el objetivo, la inmediatez. Cumplir los objetivos sigue siendo un mandato inapelable. Esto se ha facilitado en la medida en que la revolución industrial, y luego la tecnología han cambiado nuestra relación con el tiempo. Vamos más rápido, y esto tiene algunas ventajas, pero no deberíamos olvidar el riesgo. No hay progreso sin riesgo.

En la medida en que hemos sido ocupados por las nuevas tecnologías, como decía Paul Virilio (1999), ‘clikc’ es una palabra clave. Mi dedo hace clikc y obtengo información. Información, no saber. Este es el nuevo ceremonial del nano segundo en el que accedo a un mensaje. Texto mínimo. Palabras mínimas. Compromiso mínimo. Pero yo sigo soñando con la llave, con la magia del clikc que me abrirá la puerta del tiempo, sin recorrerlo. Y aquí me equivoco. Mientras creo que sigo conectada, es cuando me desconecto. Aquí albergo la esperanza de decir en un instante lo que necesita de un desarrollo. Quedo atrapada en la denostación de la palabra. Denostación que alimenta el miedo.

El título de esta película, “Nostalgias de la luz”, ya es una anti- clikc. Su texto visual y de palabras, es un texto de ritmo, con una pulsación lenta y serena que permite al espectador darse tiempo. “Recordar y pensar requiere tiempo y silencio” como decía Emilio Lledó.

Sin memoria el sujeto viaja en la oscuridad. La luz es el norte.

Guzmán no usa cualquier palabra para su título. Dice “Nostalgias”. La nostalgia no es la melancolía. Mientras la melancolía confronta con una detención del tiempo y es una caída en el vacío, ya que la pregunta del millón en los psiquiátricos es: ¿cómo hacer hablar a un melancólico? la nostalgia, en cambio, está cargada de deseo, está viva, tiene hambre del otro. Es una forma de libidinizar el pasado. El sendero de la nostalgia es un andar por debajo de la pena, por debajo de nosotros mismos, incluso, algunas veces, a la deriva. La melancolía es la forma patológica de la quietud extrema. Respira muerte y no sufre de nostalgias, porque no desea.

Tiempo y memoria se recrean en esta película mostrando un tiempo sumergido en el espacio infinito y ahogado en la tierra de Atacama. Nos apunta Guzmán: “en Atacama no hay nada y sin embargo está lleno de historia…es una tierra castigada, llena de sal donde los restos se momifican…” Desierto y sal, entonces, la sal de la vida también forma parte de esa nada. Es allí donde el tiempo y la memoria se atraviesan mutuamente.

Algo se quiebra y algo se junta para dejarnos soñar que hay presente. El astrónomo, lo aclara cuando dice que no sólo la luz tarda en llegar, incluso la misma conversación que se está teniendo en ese momento, esto que ahora estamos diciendo, ya es pasado. ¿El presente entonces, cae en la grieta de esa hiancia entre el pasado y el futuro?

Y si el presente, es tan efímero ¿Por qué la sociedad del espectáculo nos empuja a creer que la velocidad y la inmediatez son valores de uso que vienen a encumbrar el presente? Cuando por otra parte astrónomos, arqueólogos, buscan atrás, buscan en el ayer, indagan en las pequeñas señales de un pasado por reconstruir; para entender no sólo lo que fue, sino incluso algo de lo que habrá de advenir.

Lacan nos recuerda que: “Con Freud irrumpe una nueva perspectiva que revoluciona el estudio de la subjetividad y muestra, precisamente, que el sujeto no se confunde con el individuo…el sujeto… es excéntrico” (Lacan Seminario 2 p. 19) El sujeto es un efecto. El sujeto es excéntrico al yo. Alude a aquello que siendo íntimo, es excéntrico porque está descentrado respecto del individuo. Para Lacan el sujeto, sólo es sujeto cuando ingresa en el lenguaje. Es un sujeto dividido, es sujeto del inconsciente. No es un organismo que se adapta.

Con Freud, el yo pierde su supremacía, deja de estar en el centro. Si Copérnico después de retomar el pensamiento de Aristarco de Samos ya había advertido que la tierra no era el centro del universo, y si Darwin nos avisaba que no descendíamos de los dioses, Freud viene a revelar que lo inconsciente es lo que nos gobierna.

Pareciera que esta sociedad de charanga y pandereta, de espíritu burlón… ya no tiene el alma quieta, sino que tiene prisa por liquidar al sujeto del inconsciente, y si no lo consigue, no deja de intentar suspender su existencia.

Volviendo a “Nostalgias…” y a su luz, podemos decir que todos somos arquitectos de la memoria, como el caballero que dibujaba en su recuerdo los campos en los que él y muchos más habían sido hacinados. Campos que luego fueron desmantelados por los militares porque era preferible borrar las huellas. Ese hombre consigue dibujar los campos con el trazo de la nostalgia, porque al trauma no hay forma de sepultarlo.

El Alzheimer, la enfermedad del olvido se hace presente en la película junto a su pareja, el recordador. Caminan de la mano en su dimensión de humanidad. ¿Será el olvido un bálsamo para el sujeto en singular, mientras los poderosos lo utilizan para hacer desaparecer el pasado?

La memoria singular del sujeto ¿no nos advierte que las marcas de lo real son imposibles de borrar?

Las mujeres de Atacama son zahoríes de huesos, caminan por la nada buscando restos. Han elevado el recuerdo a la cualidad de sentido. Una de ellas dice: “no me quiero morir sin encontrar los restos” se refiere a todo el cuerpo, no le basta un trozo. Ellas ansían que su gesto destruya la sentencia de Pinochet !hacer borrón y cuenta nueva! Porque a ellas ¡no le salen las cuentas! Y tienen el valor de seguir contando.

Es preferible sepultar los restos, pero en caso de que no sea posible ¿no llegará un momento en que habrá que dejar descansar a nuestros amores perdidos?

Valentina, que lleva la valentía en su nombre, afirma que hay estrellas que tienen que morir para que surjan otras. Para ella fue posible hacer un duelo sin olvidar a sus muertos y sin empezar de cero. Pudo seguir.

Guzmán expresa que “la memoria tiene fuerza de gravedad, siempre nos atrae…los que tienen memoria son capaces de vivir el frágil tiempo presente…los que no tienen memoria no viven en ninguna parte”.

Estamos más solos sin recuerdos, tal vez por eso cuantos más años tenemos, nuestro decir se vuelve un poco más nostálgico y evocador. No queremos quedarnos a solas con nuestro talento, ese que somos capaces de desplegar para destruirnos, ese también forma parte del motor de la vida.

Desde mi punto de vista el arte del cineasta nos envía al menos dos mensajes: 1) en la nostalgia hay una gota de luz, para llegar a ella, habrá que recuperar la palabra y 2) al fin y al cabo ¿qué había antes? Había el llanto: para poder luchar, habrá que desandar el llanto.

M. Carmen Rodríguez-Rendo

Psicoanalista y poeta. info@mcarmenrodriguezrendo.com