La cuestión del desamparo en Freud y en Lorca

En este texto hemos de recorrer diferentes itinerarios que confluyen en la noción de desamparo. Caminos inevitablemente intrincados en tanto las nociones con las que habremos de operar surgen de un marco conceptual rizomático: energía, dependencia, inconsciente, descentramiento, división del sujeto, exceso de estímulo, hasta llegar a la figura del duende lorquiano. Se ha optado por seguir fundamentalmente un camino freudiano aunque se haga referencia a Lacan, volviendo a los estados nacientes de uno y otro cuerpo teórico, en tanto el desamparo psíquico pertenece al momento naciente del psiquismo.

La idea que tutela nuestro recorrido será como ese ‘estar a la intemperie’ forma parte de la condición del sujeto en su sentido amplio, fortalecido por lo que podríamos llamar su denominación de origen, el sujeto de lo inconsciente.


Sujeto e intemperie, son dos palabras, dos significantes que reúnen el descubrimiento freudiano de lo inconsciente y la noción lacaniana de sujeto (1), que es ‘el que está debajo’, el que está sujetado, no solo como en el caso del neurótico, que está impedido, retenido por alguna inhibición, sino sujetado a lo inconsciente. Tanto si habla con la locuacidad de la histeria o si calla en el silencio doblado de la melancolía, está a la intemperie. Intemperie es la metáfora que hemos elegido para hablar del desamparo psíquico. Para atravesar la alianza entre la angustia ante un peligro real y
la angustia pulsional, llamada por Freud, angustia neurótica.

A la intemperie

En una época como esta, en que la fragilidad simbólica se ha hecho aún más presente, la actualidad del desamparo no viene dada por la teoría psicoanalítica sino por este momento social que impacta en el psiquismo y en el que se le invita al sujeto a convivir con el miedo y por lo tanto, lo deja a la intemperie. Si el miedo se ha transformado en nuestro socio de vida nos vemos obligados a instrumentar medios, artefactos, herramientas, que nos hagan soportable nuestra convivencia con él. El miedo en sí mismo ha renovado su categoría. De objeto de angustia infantil, onírico, ha devenido compañero inseparable del escenario de la modernidad líquida de la que habla Zygmunt Bauman. Ha dejado de operar su función de límite y de protección, para desencadenar su lista inacabable de peligros que nos acechan desde la tarjeta de crédito hasta nuestros sueños.

Nuestros sueños, nuestros proyectos necesitan de una expectativa de continuidad. Así como nuestra salud física y psíquica responden a una continuidad discontinua, a una continuidad atravesada por la sincronía, (teniendo en cuenta diacronía y sincronía como los dos ejes del lenguaje), así como el pasado opera en el presente, el futuro es un verbo que se tiene que poder conjugar para poder vivir y para poder crear.

Afortunadamente en este momento social, el miedo nos aporta la desconfianza. En el lazo social esa desconfianza nos deja aún más solos, pero al mismo tiempo nos permite no fiarnos de una determinación del futuro donde nos auguran ‘daños colaterales’ sin retorno. El lazo social está siendo tiranizado, ahora también por la tiranía de los mercados, pero ésta es la heredera de la tiranía de la velocidad.

La ‘prima de riesgo’ en la relación con el otro se ha disparado, de ahí que la relación con el otro en presencia haya sido sustituida por la red social, en la que es posible conectarse y desconectarse fácilmente. Dada esta situación podemos elegir entre dejarnos atrapar por la ‘persecución perseverante’ de los medios que presagian el supuesto desmoronamiento de la civilización, podemos abundar en la utilización de los prefijos im: imposible, imprevisible, imprevisto, o asumir a pesar de nosotros mismos, que la barbarie nunca ha sido desalojada de nuestra aparente mansedumbre.

Si en la relación con el otro no abrigamos la ilusión de la garantía, ni de la seguridad, si no podemos conjugar el futuro de los verbos, porqué nos hemos de solidarizar con la certeza del horror del porvenir. ¿Por qué debemos creer que horror y futuro son sinónimos? Si hemos perdido las garantías y la seguridad también nos podremos librar de la inmovilidad de las certezas. Quizás no se trata de que el mundo se haya vuelto más inestable, sino que la inestabilidad y la fragilidad de la vida han quedado al descubierto.

La “industria de la cultura” y por lo tanto la creación, pueden ser las herramientas que nos permitan protegernos de la caída que nos vaticinan las agencias de calificación de nuestras deudas. Tanto Paul Auster como Pavesse ya han dicho que ni la literatura ni la poesía habían demostrado hasta la fecha su capacidad para cambiar el mundo. Su in-utilidad, (otro prefijo in), reside en que no tienen valor de uso financiero. Pero qué nos impide urdir una separación de esa ‘inutilidad’ y seguir inventando nuevas formas de lidiar con la pulsión de muerte desde la anónima singularidad de cada sujeto.

La lógica del trabajo analítico y terapéutico no transcurre en un espacio global, su escenario es íntimo y singular, y allí también encontramos el exceso que ha nutrido al síntoma. La ‘modernidad’, los llamados ‘avances modernos’, anidados de grandeza, encanto, confort, progreso y potencialidad suicida, han mostrado su incapacidad para frenar el exceso y el despilfarro. Los que han implementado esta modernidad de atajos, probablemente no hubiesen desencadenado un ritmo de aceleración que está atravesando los límites de la capacidad de resistencia del planeta, si no se hubiese sustraído la función preservadora de la represión. La transferencia al saber se ha ido despintando y el exceso de color ha recaído en un deseo de eficacia, que certifique un paso efímero por el dolor.

Si nuestra estabilidad psíquica puede ser desalojada del amparo que le proporcionaba la relación con el otro, si el porcentaje de la energía psíquica que debería ser destinado al lazo social es desviado a la promesa virtual de un encuentro con el otro sin compromiso y sin débito, habremos abierto las puertas a la ignorancia, tan ciega y tan sorda como lo es la violencia bajo el imperialismo del miedo.

Así como forma parte de nuestra responsabilidad subjetiva asumir que no hay inmunidad ante la muerte, ¿qué nos imposibilita abandonar los ecos de la muerte que nos proponen como metáfora social? Ya sabemos que la confianza se ha convertido en sinónimo de inocencia, de candor rosa o amarillo empastelado y de naturalidad superficial. Para el lazo social esta es la peor crisis. La huída del conflicto, la depreciación de la palabra han puesto en alza el miedo y la resignación. Lo peor, es que a estas alturas los residentes del miedo siempre podríamos tener razón. Esa razón tan narcisista como nuestra ética solo se mueve sin arriesgar, en los hedores del
miedo.

Descentramiento y división

Freud despoja a la conciencia del hombre del centro del universo con su invención de lo inconsciente. Este corte epistemológico conocido como la tercera injuria, constituye después de los pasos de Darwin y Copérnico, la tercera herida narcisista que el hombre tendrá que soportar. Freud busca en Copérnico el antecedente de un descentramiento. Copérnico a su vez lo había buscado en Aristarco de Samos nacido en el 310 antes de Cristo.

Copérnico como Aristarco con la teoría heliocéntrica afirman que la tierra no estaba en el centro. Ellos consiguen detener al sol y hacer girar a la tierra. Mientras la tierra gira, nosotros con ella y con un saber inconsciente que el yo desconoce. Nos referimos al desconocimiento crónico y a la soledad de un sujeto que solo asintóticamente rozará
su saber. La famosa frase de Freud: “Wo Es war soll ich werden/ donde Ello hubo Yo advendrá”, anticipa la división y el desconocimiento de un sujeto que desde el desamparo tendrá que hacerse palabra para ponerse al abrigo del otro.

Ese saber inconsciente retorna como un texto ignorado desde lo reprimido, o como una palabra que en el sueño nos cuenta algo de nuestro deseo, que no es un jeroglífico, sino un texto sagrado con lugares ocultos, censurados, que el discurso puede llegar a desvelar a través del relato del sueño, que por obra de la elaboración secundaria, como tal sueño quedará perdido para siempre.

Freud marca un nuevo corte, avanza y supera un obstáculo: el de la consciencia. La consciencia dice ‘quien soy, yo’ y Freud da un salto en la episteme y le dice al yo que cuando habla tropieza y que deberá recorrer un trayecto para que el que pregunta ‘¿quién soy?’ se lo cuente al yo. Podríamos decir que como consecuencia de este descentramiento, en este ¿quién soy yo? ya se anuncia el concepto de Spaltung. Esta división psíquica implícita en los trabajos psicopatológicos de finales del XIX, aparece especialmente nombrada como doble conciencia o disociación psíquica en los textos sobre hipnosis e histerias.


Lacan por su parte descubre al sujeto freudiano del deseo inconsciente y también lo separa del centro. Sujeto que al acceder a lo simbólico quedará dividido. Esboza a este sujeto que será un efecto de su inmersión en el lenguaje en el momento del estadio del espejo. Marcado por la falta, dirá Lacan ha de iniciar su andadura como protosujeto en una relación de dependencia con su imagen especular. La imagen le devuelve un cuerpo que ve unificado, que fascina a la cría humana, sin autonomía y sumido en la impotencia motriz. Entre la cría humana y la imagen ya hay un tercero, un adulto que viene a certificar el encuentro; tercero que encarna la metáfora del Nombre del Padre, operador simbólico del Edipo, cuyo inicio se localiza ya en el umbral del proceso de maduración que llevará a esa experiencia de identificación fundamental en la que la cría humana realiza la conquista de la imagen de su propio cuerpo.

Esta identificación primordial del niño con su imagen, que promueve la estructuración de un yo (Je) que pone un punto final a la vivencia psíquica del cuerpo fragmentado, al mismo tiempo coloca a ese yo unificado sobre un eje imaginario, pero con metáfora. Este momento estructurante advierte que la dimensión simbólica permitirá que el niño se desprenda de su atadura imaginaria con la madre, para acceder a la categoría de sujeto deseante elevado a la dignidad de la castración. Al no poder cerrar el circuito de la necesidad, la cría humana que nace en un universo lingüístico ingresa en la especie: al hacerlo pedirá, hablará y en su búsqueda irá resignando el objeto de la necesidad al servicio de la demanda de amor. De aquí solo un paso hasta llegar a la pregunta por el deseo del Otro, ¿qué quiere que sea yo?

En conclusión el sujeto inicia la conquista de su identidad en una alienación imaginaria de la que habrá de desprenderse, obteniendo a cambio el beneficio de una nueva alienación: el deseo de ser parlante lo hace cautivo del lenguaje. Para Lacan este sujeto del inconsciente, dividido y marcado por la falta es el que está operando en el psiquismo y por eso “ello habla de él” en su discurso y sin que él lo sepa.

La noción de inconsciente

La palabra inconsciente en el lenguaje corriente es utilizada como adjetivo que califica contenidos psíquicos ajenos a la conciencia. Lo inconsciente, en cambio, (artículo neutro + sustantivo): das Unbewusste viene de das Bewusste, lo consciente. Deriva de ‘la consciencia’ como sustantivo das Bewusstsein, no la conciencia moral, sino ‘la consciencia’ con ‘s’ según la traducción de Lopez Ballesteros designa la instancia psíquica. Es interesante remarcar que la palabra Bewusstsein está compuesta por Bewusst y sein, ‘consciente’ y el verbo ‘ser/estar’.


Desde el siglo XVIII, ‘lo inconsciente’ es empleado de forma conceptual en lengua
inglesa, por un jurista escocés, con el significado de no-consciente, luego será muy
utilizado en Alemania en la época romántica englobando a los contenidos que escapan
a la consciencia. En el siglo XIX es introducido en lengua francesa, siendo admitido en la segunda mitad del mismo siglo por la Academia Francesa de la Lengua. También a lo largo del siglo XIX, Nietzsche, Schopenhauer y la filosofía alemana, presentan una concepción del inconsciente que se opone al punto de vista terapéutico de la psiquiatría dinámica de la época. Pone de relieve el lado tenebroso de una psiquis que se adentra en las profundidades del ser. Inicialmente la utilización del prefijo ‘Un’ de Unbewusste que indica ‘no’, es decir ‘in’, generó la confusión inicial que llevó a concebir llanamente lo inconsciente como lo no-consciente.

En medio de unos y otros Freud inventa una concepción inédita del inconsciente: la dimensión subjetiva. Una noción (2) que remite a la “otra escena” inseparable de la experiencia de la cura.

Dentro de la elaboración freudiana de la primera tópica, sabemos que lo inconsciente tiene categoría de instancia o sistema, y se afirmará que gravitan en él, contenidos reprimidos que han escapado a otras instancias y a los que les ha sido negado el acceso a ellas (Pcs-Cs). ¿De qué contenidos se trata? No de las pulsiones, ya que ellas no podrán devenir conscientes, sino de algo así como de sus delegados, erigidos sobre las huellas mnémicas: los ‘representantes de las pulsiones’ (3) regidos por los dos mecanismos propios del proceso primario: condensación y desplazamiento. Al estar enérgicamente cargados por las pulsiones, estos contenidos, entre los que habitan “los deseos infantiles”, insistirán en retornar a la consciencia y a la acción a través del “retorno de lo reprimido”. Estos contenidos, que han de diferir solo en la intensidad de su carga, estos argumentos del origen en suma, al estar poblados por las pulsiones, insisten pero sin desistir en descargar su carga pulsional en nombre del deseo. Sin embargo el acceso al sistema preconsciente-consciente lo encontrarán a través de una solución de compromiso, (noción elaborada por Freud a partir del trabajo del sueño), donde la censura conseguirá la deformación necesaria que será condición de paso. Reconocemos aquí la permanencia en la obra de Freud del concepto de energía presente desde el “Proyecto de una psicología para neurólogos” representado en el esquema del peine, así como el valor sustantivo de la palabra inconsciente.

En la segunda tópica, inconsciente se emplea ya como adjetivo y los caracteres atribuidos al inconsciente van a calificar al Ello, y a una parte del Yo y del Super Yo. Permanece la división intersistémica aunque no lo hace en sentido estricto y se pasa a la división intrasistémica, donde Yo y Super Yo tendrán una parte preconsciente y una parte inconsciente.

Estas consideraciones tópicas de lo inconsciente como sistema no pretenden obviar su valor dinámico presente a lo largo de toda la obra, sino disponer del marco que el autor diseñó para él. Decíamos que el inconsciente freudiano se revela en la cura. A través de la escucha analítica Freud plantea un nuevo corte con el diálogo habitual. Nos referimos a cómo a través de la superficie del discurso, de su estilo y de sus tropiezos, se suspende el tiempo de la comprensión, para privilegiar el desvelado de significaciones que se derraman en el decir del sujeto.

Sabemos que a cada sujeto en análisis se le propone el “hablar por hablar”, un hablar sin seleccionar, propuesta subversiva y difícil aún cuando pareciera aceptada con agrado. Lo importante será no tanto lo que intenta decir, sino las dificultades para decirlo. La contradicción, el tropiezo, el asombro, a veces la confusión o el olvido e incluso el desconcierto ante la sorpresa de haber dicho lo inesperado, serán las puntas de su saber inconsciente. Esta deriva del discurso tendrá un tiempo de concluir. Un corte que introduce la intervención del analista. Cierre y apertura caracterizan a la interpretación en tanto algo de la palabra queda rasgado para abrir un nuevo sentido. En ese rasgado aparece el sujeto, en lo más recóndito, abajo, surgiendo desde el origen, de donde viene el arte que desde su intemperie, le transforma en creador, cuestión que retomaremos luego.

La noción de desamparo en Freud

En la obra de Freud el término desamparo es elegido para especificar el estado del recién nacido, que por su prematuridad es incapaz de realizar movimientos, acciones específicas para satisfacer sus propias necesidades y por lo tanto completamente dependiente del cuidado y asistencia de un adulto. Este hecho singular que se prolonga en la cría humana a diferencia de otras crías animales, como por ejemplo el mono, fue retomado por Lacan en el artículo al que antes nos hemos referido, “El estadio del espejo” de 1936. Como hemos adelantado esta tesis de Lacan provocaría un giro interesante ya que esta dependencia sería generadora de un desconocimiento crónico, de un saber ajeno al sujeto, un saber que viene del otro, como consecuencia de la identificación imaginaria con una imagen del cuerpo unificado. Al articular: dependencia-desconocimiento-saber sitúa la división del sujeto y prepara el sustrato teórico para su famosa fórmula:” el inconsciente está estructurado como un lenguaje”.

En los Manuscritos inéditos de Freud que se acaban de publicar, recopilados por J. C. Cosentino, podemos leer que Freud había dicho en “El Yo y el Ello ”:” Sobre la base de consideraciones teóricas, supusimos una pulsión de muerte, que se plantea el cometido de conducir lo orgánico, viviente, de regreso al estado inanimado, mientras el Eros tiene ante sí la meta de complicar la vida a través de la unificación cada vez más vasta de la sustancia viviente desperdigada en partículas”. (La negrita es mía) (4)

La ilusión de unidad cumple entonces una función apaciguadora ante la angustia dispersante, mientras que el exceso de excitación amenaza el equilibrio del aparato psíquico. De ahí que la pulsión de saber busca el sentido para calmar con una unidad ilusoria el vacío abierto por la angustia. Este hecho clínico se evidencia en toda quiebra psíquica, siendo un elemento particularmente diferenciado en la llegada al análisis del hijo del psicótico que recrea de manera ejemplar la pulsión de investigación.

La cuestión del desamparo, Hilflosigkeit, es consecuencia de un exceso de Reize, estímulo, excitación. El verbo Reizen y el sustantivo Reiz pueden designar tanto los estímulos que llegan de fuera y desencadenan algo, como una sensación interna. Desamparo es una palabra tomada del lenguaje corriente. Adquiere una dimensión específica en la teoría freudiana. Esta palabra nombra algo esencial que devendrá, en la teoría psicoanalítica, cualidad de lo inconsciente, la ‘alteridad esencial del sujeto’ que tiene su origen en la dependencia del otro. El estado de prematuridad del lactante marca con su impotencia ese estado de tensión interna que duele, por hambre o por sed, y que lo empuja a una llamada a otro, a través de su primera lengua, el llanto. A través del dolor la cría humana demanda una acción adecuada por parte del adulto que ponga fin a su estado. En el adulto, por lo tanto, el desamparo caracteriza a la situación traumática por excelencia generadora de angustia.

“En Freud, es antigua la idea de que el exceso de Reize es vivido por el sujeto como algo avasallador que lo lleva a un estado de desamparo (Hilflosigkeit). El término Hilflosigkeit está cargado de intensidad, expresa un estado próximo a la desesperación y al trauma. Ese estado es semejante al vivido por el bebé, que después del nacimiento es incapaz por las propias fuerzas, de retirar el exceso de excitación por vía de la satisfacción, y sucumbe a la Angst (miedo, eventualmente ansiedad o angustia); aun habiendo en 1926 reformulado su teoría sobre la Angst, Freud mantiene la idea de que el sujeto expuesto al exceso de excitación vive una situación de desamparo, necesitando lidiar (bewältigen) con el torbellino de estímulos que lo acometen.”(5)

La primera experiencia de satisfacción desarrollada en “La interpretación de los sueños” muestra la marca que especificará la estructuración del psiquismo. Psiquismo investido desde su constitución por la relación con el otro. En “Inhibición, síntoma y angustia” dentro de una teoría de la angustia, en uno de los apéndices del final de este texto Freud dirá: “De acuerdo con el desarrollo de la serie angustia-peligrodesvalimiento (trauma), podemos resumir: La situación de peligro es la situación de desvalimiento discernida, recordada, esperada. La angustia es la reacción originaria frente al desvalimiento en el trauma, que más tarde es reproducida como señal de socorro en la situación de peligro.” Un poco más adelante va a afirmar:”…lo decisivo es el primer desplazamiento de la reacción de angustia desde su origen en la situación de desvalimiento hasta su expectativa, la situación de peligro.” (6)

Luego hay un salto importante que Freud realizará entre 1900 y 1926. Discurre desde el cuerpo biológico al cuerpo psiquisizado. Siguiendo sus pasos podríamos decir: el niño psiquisizado por una identificación primordial promovida por la angustia de fragmentación, consigue un cuerpo a través de una imagen incapturable de unidad que le asigna una pertenencia a la especie.

Será esa pertenencia la que permitirá al niño independizarse de sus “vivencias de necesidad” para asistir a las “vivencias de dolor” (7). En ambos casos el incremento de angustia soportaría el exceso. Una vez más resurge la idea de sobrecarga que amenazaría el equilibrio del aparato psíquico con el consecuente riesgo de desestabilización. La noción de ‘descarga’ es el término económico que surge dentro de los modelos físicos que propone. La ‘descarga’ consistirá en la evacuación hacia el exterior de la energía sobrante originada por las excitaciones internas, la exigencia pulsional, o las situaciones de peligro que amenazan desde fuera. En el texto de 1926, Freud va a distinguir la angustia del miedo. Mientras la angustia es sin objeto, el miedo es con objeto. Aunque la angustia tiene relación con la expectativa, a su vez: “Lleva adherido un carácter de indeterminación y ausencia de objeto; y hasta el uso lingüístico correcto le cambia el nombre cuando ha hallado un objeto, sustituyéndolo por el de miedo.” (8)

Esta angustia sin objeto es la que emerge cuando el ‘desamparo’ se reactiva en la vida adulta. El sujeto se queda a la intemperie. Se ha producido una maniobra en la que concurren el peligro externo y el interno. En esta concurrencia se halla “el nexo con la situación traumática”: exigencia pulsional y amenaza exterior. (9) El estado de desamparo se considera el prototipo de la situación traumática. La reactivación del desamparo pone de manifiesto otra característica esencial del inconsciente freudiano: lo inconsciente permanece siempre activo, lo que se ha intentado suprimir ejerce presión y puede rebrotar. (10)

Al ser prototipo de la situación traumática retornará aquella angustia
indeterminada y desbordante, y aquella unidad imaginaria del cuerpo propio al servicio de neutralizarla. Pero cuando fracasa la unidad y se produce un fallo de inscripción la dispersión angustiante rompe al sujeto y lo quiebra, siendo la experiencia de la soledad una de sus características. Un fallo psíquico, por ejemplo en la generación anterior, puede provocar que en la construcción de su subjetividad el sujeto se haya sentido amenazado en su pertenencia a la estirpe. Las experiencias de abandono y de separación pueden inyectar en el sujeto la sensación de estar sin salida.

Desde la posición del analista no se trataría de ahogar con sentido lo que en la quiebra psíquica del neurótico lucha por expresarse, sino de crear un sentido inédito atravesado por su pulsión de vida al servicio de un momento en que su existencia se declara indigente. Debemos reconocer que esto no se hará sin violencia. Este sujeto a la intemperie tendrá que violentarse y ser violentado en su narcisismo más mortífero para construir una salida también inédita. En el narcisismo mortífero podemos encontrar la simiente de la soledad que inunda la quiebra psíquica.

Vamos a retomar la cuestión del ser y posteriormente la figura lorquiana del duende después de señalar el punto de cruce entre la palabra alemana: ‘consciencia’ y la palabra francesa ‘desamparo’. La metáfora del duende la pondremos al servicio de una mejor comprensión del desvalimiento radical que nos habita. El trabajo de la metáfora es el trabajo y el efecto del lenguaje. Un significante, una palabra, se borra por la acción metafórica, pero aquel significante permanece rechazado. Rechazar no es igual a desaparecer. Lo rechazado para el psicoanálisis es aquello con potencialidad de retornar desde lo inconsciente, es capaz de rebrotar. Un trazo del ser que transformado es capaz de presentarse de una manera nueva, también por efecto de metáfora.

El ser a través de la metáfora estará dispuesto a dar el salto. Para nombrar solamente unas pocas referencias de uso idiomático diremos que ser en lengua castellana se corresponde con essere en latín, être en francés, sein en alemán, to be en inglés. Este ser del que hablamos no es el verbo cópula, sino el ser en su sentido existencial. Escrito con mayúscula o con minúscula nos estamos refiriendo a lo que existe. La pregunta por el ser, desde Grecia con los presocráticos ha atravesado el horizonte de los tiempos y se han hecho notar algunos rasgos dignos de mención ante esta pregunta. Cualquiera que sea la idea filosófica al respecto, vamos a recoger éste ser conceptual incluido en esas dos palabras que nos conciernen como sujetos, inconsciente y desamparo, y de esos rasgos del ser, nos ceñiremos solo a aquellos que nos interesan. Uno de ellos (11) “es que se supone que el ser de las cosas no está inmediatamente presente…el ser se halla oculto por la apariencia”. Si recordamos a Heráclito y al constante devenir del que hablaba, también tendremos presente que ese cambio puede estar oculto y ser algo a descubrir. Para Ortega y Gasset la pregunta por el ser es la consecuencia de que se haya producido un hueco en el sistema de creencias (religiosas, mitológicas, etc.). La pregunta en este caso y según él estaría indicando que ese hueco precipitaría al hombre en un: ‘sentirse perdido’. sí como partimos del hecho de que no hay sistema de creencias sin fallo, sin agujero, también advertimos que los sistemas de creencias son andamiajes sostenedores del desamparo, de ese hombre ‘perdido’, ya que proporcionan a los miembros de una comunidad esa ilusión de ‘estabilidad’ que neutraliza la angustia de muerte. Cuando ese espejismo se evapora el agujero intimida a un sujeto que siente que puede ser devorado por él.

Decíamos que la palabra alemana para la consciencia como instancia psíquica era das Bewusstsein. Decíamos que das Bewusstsein, ‘la consciencia’ con ‘s’ designaba la instancia psíquica. Bewusst -sein, condensa: consciente y ser/estar: un estar del ser y el ser del estar. Luego ‘lo inconsciente’ en lengua freudiana, nombra un lugar para el ser y el artículo seguido de un sustantivo-adjetivado, se insinúa como una guía para quien quiera conocer sus contenidos y sus leyes de funcionamiento.

En lengua francesa la palabra détresse nombra al desamparo y contiene en su interior el verbo être. Encontramos nuevamente al ser aquí y su relación con el desamparo originario: d-être-sse. La cuestión del desamparo (détresse) no se descuelga de su ligadura al ser. Dicho en otros términos: ni el desamparo nos suelta ni nosotros lo soltamos a él.

El acto de hablar es como el caudal del río de la vida por donde la lengua fluye, por donde brota su propio ritmo en el que su discurso se despliega y donde antes o después el ser aparece y se presenta tan rasgado y fragmentado que evoca su origen.

El desamparo lo exhibe quebrado, pero será su quiebra, ese momento que conocemos como la quiebra psíquica, donde el ser vuelve para intentar un nuevo cierre en aquella cicatriz que se reabre. (12)También en el desamparo hay un adentro y un afuera en una banda bilátera: su destino y su creación. Como el acto de hablar está unido al tiempo, para el desamparo su tiempo es ahora y esta unión es la que hace que el habla sea tocado, por ese latido del ser.

La reactualización del desamparo otorga al sujeto, al modo de una banda de Möebius una unidad de dos caras: desgarro y pulsión de vida que la cría humana anticipa en su nacimiento. Metáfora de apertura, metáfora del trabajo inconsciente recreada en algunos pasajes de la obra de Lorca con el laconismo sintáctico de su prosa.

El acto analítico es un acto poyético, creación del intervalo de apertura del inconsciente que suscita un efecto de sentido en la vida del sujeto, y difícilmente transmisible en la instantaneidad de su producción.

La prosa lorquiana nos aporta el andamiaje de su condición sustantiva y
enérgicamente poética para prestar al concepto psicoanalítico su entramado metafórico. Hay en Lorca una voluntad de transmisión, de dialogar con el lector. Busca en sus conferencias llegar a los huesos del que escucha sin tolerar, como su poesía, una posición de indiferencia. Su expresión anticonformista indaga en las formas de liberar la palabra, porque el poeta sabe que mientras el duende lucha, la muerte obra.

Recordaremos ahora algunos pliegues del cultivo de su prosa que se adelantó a su poesía. En la madurez de su prosa se alejará del testimonio y será como dice García Posada la prosa de un poeta. La trayectoria de sus conferencias arranca con la versión inicial de la conferencia sobre el cante jondo, en 1922, para concluir entre otras, con el Homenaje a Luis Cernuda en 1936, una de sus últimas alocuciones. Centraremos nuestro recorrido fundamentalmente en su texto “Juego y teoría del duende”. Esta conferencia junto con una precedente “Imaginación, inspiración y evasión”, son consideradas como las prosas que abrigan su mayor intensidad poética en tanto consiguen escalar el aire, mover y transformar los bajos fondos del ser.

Su mirada acierta cuando elige al ‘cante jondo’ y a la ‘pena negra’ como figuras que recrean lo que se deshace en ellos para resurgir en la fuerza de sus notas con la pasión violenta de la condición humana, intransigente ante la resignación. En la “Arquitectura del cante jondo” expresa su impulso por rescatar lo jondo de la desvalorización, del olvido y el desprestigio. Vuelve a las antiguas canciones populares porque en ellas lo jondo es lo que está teñido de negro y de misterio, pero grita, y por eso recupera una canción popular: Flores, dejadme;/Flores, dejadme;/ que aquel que tiene una pena/no se la divierte nadie. (13) A diferencia de “El grito” de Munch que nos arroja el fracaso de la voz del desgarro, aquella voz silenciada se abre en la llamada inconfundible de la voz rota y audible en el cante jondo. Allí es donde encuentra Lorca la dimensión del grito del desamparo, al que calificará de grito terrible con capacidad de dividir el paisaje.

Podríamos decir que la pasión por transmitir es una característica del cante jondo y la condición para convocar al duende. Porque el duende es un intérprete, un emisario de Eros convocado por y para desalojar a la muerte.

La silueta del duende es tomada de Manuel Torres artista andaluz de quien Lorca decía que era: “el hombre de mayor cultura en la sangre” (14) quien dijo escuchando a Falla:”Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”.(15) Esos sonidos negros serán metáfora de misterio pero a la vez serán la síntesis de un poder. La idea de la lucha, es abrazada por la poesía y la prosa lorquiana.

Un viejo maestro de la guitarra decía que: ”El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro, desde las plantas de los pies” (16) es decir es una creación en acto, como el kairós de los hipocráticos. Un tiempo de intervención intransferible, un espacio en el que el ser se presenta ante el oído atónito del que escucha.

Pedía Lorca que no se confundiera a este duende que la filosofía no explica, ni con el demonio de la duda, ni con el diablo católico destructor y poco inteligente, oscuro y estremecido. Lo distingue del ángel y de la musa. El ángel conduce, anuncia y previene, está por encima y el hombre se aprovecha de él y crea sin esfuerzo. La musa en cambio dicta, despierta la inteligencia y esa inteligencia puede transformarse en su enemiga, porque la inteligencia en ocasiones limita la creación.

En cualquier caso Ángel y musa vienen de fuera, en cambio “al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre” (17). Hay que desdeñar al ángel y a la musa y buscar al duende para luchar con él. Para buscarlo no hay mapa ni ejercicio. Se sabe que agota, que se apoya en el dolor humano.

Lorca penetra en el arte de los artistas del sur de España, guitarristas, bailaores y cantaores e intuye que algunas veces encuentran al duende, como le ocurrió a una de ellas, la Niña de los Peines, de quien dice que una noche tuvo que desgarrar su voz, empobrecer su talento y su seguridad, y dice Lorca textualmente: quedarse desamparada para que su duende se hiciera presente y luchara con él. Este quedarse desamparada, así como la afirmación de que su llegada supone siempre un cambio radical nos reenvía al desamparo psíquico y a su doble cara, la amenaza y la salida.

La cría humana que llora necesita de otro que la sostenga, que la nutra, pero mientras llora, pide, incluso le exige a la fatiga del otro que le atienda. En el origen latino de la palabra llanto, que deriva de planctus y plangere se hace presente la fusión de lamentarse y golpear o golpearse. El llanto es como el verso desnudo donde Lorca escribía que solo allí la verdad podía ser dicha. La violencia anida junto al lamento. Amenaza y salida forman parte de la arquitectura del desamparo.

La cría humana roza desde el nacimiento el borde de la muerte, primero por indefensión y dependencia, luego por obra de su narcisismo. Desamparo y muerte guardan una vecindad que en ocasiones abrasa las palabras del sujeto, hasta dejarlo sin aliento y sin palabra. El duende también es convocado por la cercanía de la muerte: “Con idea, con sonido, o con gesto, el duende gusta de los bordes del pozo en franca lucha con el creador. Ángel y musa se escapan con violín o compás, y el duende hiere, y en la curación de esta herida que no se cierra nunca está lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre”. (18)

Este duende que decimos se aloja en el desamparo no se repite, de ahí su importancia. Si desde el origen de la vida estamos colgados del desamparo entreteniendo a la muerte bajo un tibio sol, resignemos el lado mortífero del narcisismo para luchar con el duende, para salir de ese tiempo en que el desamparo, cuando irrumpe nos suspende. Es en la quiebra psíquica, momento de reactivación del desamparo en el adulto, cuando la soledad esencial que nos habita atenta contra los recursos del sujeto. Esa soledad se precipita por diferentes motivos, por los varios encuentros con el vacío que
ofrece la vida, ante la vivencia de separación con un Ideal sobre el que fue proyectada la ilusión de seguridad. Es la fragilidad del lazo social, del vínculo con el otro la que la impulsa.

Decíamos que era en el cante jondo y su quejío donde Lorca encuentra la dimensión del grito terrible con capacidad de dividir el paisaje. Grito desgarrado del nacimiento y del sujeto del desamparo. Sujeto dividido y separado de su saber, saber que a su vez le concierne. Tristeza de ser él su propio enigma, (19) “a solas con su paisaje interior”.

Conclusiones

El “estado de desamparo” es el nombre dado por Freud a la situación de dependencia del recién nacido. Ese estar inacabado, incapaz de suprimir por sí mismo el exceso de tensión provocado por diferentes estímulos como el hambre, tiene como consecuencia a través de la primera experiencia de satisfacción, investir al adulto que le ampara, de una omnipotencia atribuida habitualmente a la madre o a quien ejerza su función. Para Lacan la prematuridad de la cría humana le lanza de la necesidad al deseo. Al no poder cerrar el circuito de la necesidad la crías humana va a devenir sujeto; un ser hablante marcado por la identificación con el otro de la imagen especular. Al inscribir la unidad imaginaria que le ofrece la imagen, unifica la dispersión angustiante que experimenta. Operación imposible sin el otro. Por eso el desamparo constituye la prehistoria de la cualidad del inconsciente: la alteridad esencial del sujeto que tiene su origen en la dependencia del otro. En uno y otro autor la unidad o unificación aporta el marco en donde confluyen: la amenaza exterior y la exigencia pulsional. Otra característica del inconsciente freudiano se pone de manifiesto cuando se reactiva el desamparo: lo inconsciente permanece activo, lo que fue reprimido ejerce presión e intenta rebrotar.

El desamparo se considera el prototipo de la situación traumática. Sin embargo, a partir de ella el sujeto ingresa en una trayectoria que hará de aquella situación una dimensión traumática. La reactivación del desamparo se va a producir, aunque con diferente magnitud, al ser impactado el sujeto por un acontecimiento que haga eco en su marca traumática en el curso de su vida. Cada vez que algo abrupto irrumpa desde fuera o desde dentro ese episodio traumático entrará en conexión con el desamparo originario. La barrera protectora antiestímulo de la que hablaba Freud será dañada. La
angustia será la respuesta. Algo de lo irreductible de la pulsión, lo no ligado a ninguna representación, a ningún significante, habrá perforado la barrera de protección, barrera de palabras, de significantes. Por eso decimos que se trata de una perturbación en la economía del sujeto, porque el incremento de las magnitudes de estímulos es lo que produce la situación de peligro y dispara la angustia traumática que rompe la dimensión homeostática del psiquismo. En tanto coincidan peligro externo y peligro interno el aumento de las magnitudes de estímulos, que esperan ser gestionadas para su descarga, producen el desvalimiento psíquico, cuando fracasan los esfuerzos del Principio del Placer por dominar la descarga de la excitación. Al quedar suspendida la función del Principio del Placer por la exigencia pulsional que equivale al desligamiento de pulsión y deseo, la escena psíquica no se sostiene. El sujeto se rompe porque se queda sin historia.

La creación como salida permite resignifica lo traumático e implica adoptar el riesgo del exceso que anida en el desamparo. Este desamparo, este ‘no estar al abrigo de’ se enfrenta con lo indecible, con una incertidumbre en que la única respuesta es la angustia. Caída del último velo. El desvalimiento desvela la angustia.

Resumen

La propuesta de este texto reside en la articulación de dos nociones que confluyen en la teoría del inconsciente y la noción de desamparo. Tras un breve recorrido por el origen en lengua alemana y la trascendencia de la palabra ‘inconsciente’, revisaremos la noción de ‘desamparo’, su reactivación en la vida adulta, así como la particularidad de dicha palabra en lengua francesa. Se puntualizarán algunas cuestiones que atañen tanto al inconsciente freudiano como a la escucha analítica para situar la posición desde la que hablamos. Freud y Lorca serán los dos autores que nos habrán de acompañar en esta búsqueda. La poesía y el arte en los textos de García Lorca, verdadera fiesta del lenguaje, concentran a través de la figura del duende los haces de la creación. La creación como recurso ante el desamparo psíquico y social es el eje de este texto.

Notas del texto

  1. A partir de 1953, del establecimiento de los tres registros: imaginario, real y simbólico y de su escrito conocido como el Discurso de Roma que inaugura su retorno a Freud: ”Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, Lacan va a desarrollar una concepción substancialmente diferente del inconsciente freudiano, a partir de su teoría del significante, definirá al inconsciente como el discurso del otro, después del Gran Otro, lugar del puro significante que marca el clivage del sujeto. En el texto citado dirá:…” el psicoanálisis no tiene sino un médium: la palabra del paciente. La evidencia del hecho no excusa que se le desatienda. Ahora bien toda palabra llama a una respuesta.”(Escritos I p. 69) para Lacan esa palabra que tiene un oyente será el meollo de su función en el análisis. La traducción que hace Lacan de la frase de Freud Wo es war soll ich werden de 1933 le llevará a afirmar que no se trata de privilegiar el Yo-Moi, autónomo, de la Ego Psychology, sino de hacer surgir en el lugar del Ello la llegada de un Yo, sujeto del inconsciente. Más adelante en 1958 añadirá que el inconsciente tiene la estructura radical del lenguaje para acabar declarando en su seminario Aún, que “El lenguaje es la condición del inconsciente”.
  2. Roudinesco y Plon subrayan la síntesis que Freud realiza aprovechando las enseñanzas de Charcot, Bernheim y Breuer que le conducen hacia el psicoanálisis. La idea de inconsciente explicitada por Freud está datada en la carta a Fliess de diciembre de 1896, donde aparece por primera vez la noción de aparato psíquico.
  3. Así los denomina Freud en su artículo: El inconsciente de 1915.
  4. Cosentino J. C.: en el Borrador del capítulo 5: “Las dos clases de pulsiones” p. 103. Sigmund Freud, El Yo y el Ello. Manuscritos inéditos y versión publicada. Texto bilingüe.
  5. Hanns L. A.: Diccionario de Términos Alemanes de Freud.
  6. Freud: Inhibición, síntoma y angustia. 1926, p. 156.
  7. Freud: Ibid: “Empero, no dejará de tener su sentido que el lenguaje haya creado el concepto de dolor interior, anímico, equiparando enteramente las sensaciones de pérdida del objeto a su dolor corporal.” P.159
  8. Ibid, p. 154
  9. Ibid:”El análisis muestra que al peligro realista notorio se le anuda un peligro pulsional no discernido.” P. 155
  10. Laplanche y Pontalis advierten que dentro de la concepción dinámica Freud utiliza el término ”derivado del inconsciente” para mostrar la tendencia inconsciente a hacer resurgir en la conciencia. Estos ‘derivados’ de lo reprimido reciben en francés el nombre de rejeton, equivalente en español a ‘retoño, brote de una planta’. Rejeton viene de rejeter que no es solo ‘rechazar’ sino también la acción de ‘volver a Zanzar’ por ejemplo un balón.
  11. Ferrater Mora: Diccionario de filosofía. Tomo IV. P. 3248.
  12. Dice Lacan: “Nuestro retorno a Freud tiene un sentido muy diferente por referirse a la topología del sujeto, la cual solo se elucida por una segunda vuelta sobre sí mismo. Debe volver a decirse todo sobre otra faz para que se cierre lo que ésta encierra, que no es ciertamente el saber absoluto, sino aquella posición desde donde el saber puede invertir efectos de verdad…Este doble giro…da ocasión en efecto a que otra costura ofrezca un nuevo borde. Aquella por la cual resalta una estructura mucho más propia que la antigua esfera para responder de lo que se propone al sujeto como de dentro y de fuera. (Escritos I, “De un designio”, p, 143)
  13. Lorca: Arquitectura del cante jondo. Obras Completas. Tomo III, p. 33.
  14. Lorca: Juego y teoría del duende. Obras Completas: tomo III, p. 150.
  15. Ibid, p. 151.
  16. Ibid, p. 151.
  17. Ibid, p. 152.
  18. Ibid, p. 159.
  19. Lorca: Imaginación, inspiración, evasión. Obras Completas. Tomo III, p. 100.

BIBLIOGRAFÍA

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