Teniendo en cuenta el tiempo del que disponemos, vamos a circunscribir sólo a dos ejes esta presentación. Por un lado y fundamentalmente vamos a hablar: de la indefensión del recién nacido y de la dependencia que genera su incapacidad para autoabastecerse trazada por Freud y articulada por Lacan; y por otra parte haremos referencia a la reactivación del desamparo psíquico en esta sociedad postmoderna en la que la velocidad y la fragilidad simbólica del vínculo con el otro, han contribuido a depreciar el valor de la palabra.

Para el psicoanálisis no hay sujeto sin el Otro. Porque ese Otro es su fuente y aportará sus rasgos unarios, los destellos del lenguaje que han de implantarse en su real biológico para fundar a un sujeto.

Como si de la colonización de un territorio ignoto se tratara, el lenguaje hace su entrada en la cría humana para fundar a un sujeto. Ese que ha de llegar, el sujeto, puede considerarse desde la perspectiva de Lacan, como una combinatoria de significantes, de palabras que le serán implantadas desde el Otro en ese real biológico que es la cría de hombre. Él lo llama ‘la anterioridad lógica del significante’, es decir este universo lingüístico que nos pre-existe se va adentrar en la cría humana, otorgándole como señal de identidad, la palabra, que le dará la pertenencia a la especie.

En la obra de Freud el término desamparo es elegido para especificar el estado del recién nacido, que por su prematuridad es incapaz de realizar acciones específicas para satisfacer sus propias necesidades y por lo tanto, es completamente dependiente del cuidado de un otro. Este hecho singular que se prolonga en la cría humana a diferencia de otras crías animales, como por ejemplo el mono, fue retomado por Lacan en el “El estadio del espejo” de 1936. Esta dependencia será causante de un desconocimiento crónico, de ese saber ajeno al sujeto que viene del otro, como consecuencia de la identificación imaginaria con la imagen del cuerpo unificado. En la experiencia del espejo dice Lacan: “Si esta imagen especular que tenemos frente a nosotros, que es nuestra estatura, nuestro rostro, nuestro par de ojos, deja surgir la dimensión de nuestra propia mirada, el valor de la imagen empieza a cambiar- sobre todo si hay un momento en que esta mirada que aparece en el espejo comienza a no mirarnos ya a nosotros mismos. Initium, aura, aurora de un sentimiento de extrañeza que es la puerta que se abre a la angustia.” (S10, p. 100).

Esta mirada deja de mirarnos a nosotros mismos, con un movimiento de cabeza del niño. El niño “se vuelve hacia el adulto como apelando a su asentimiento, y luego de nuevo hacia la imagen, parece pedir a quien lo sostiene- y que representa aquí al Otro con mayúscula- que ratifique el valor de esta imagen.” (S10, p. 42) Por esto la llamada al otro, es el precinto con denominación de origen de la cría humana, un desconocimiento que está de entrada en la identificación primordial con la imagen especular, desconocimiento original del sujeto en su totalidad” (S10, p. 103).

La dependencia del otro nos humaniza al precio de des-conocernos. Esa ajenidad que portamos nos liga al otro sin retorno y nos sustrae un saber, que a su vez dirige nuestro trayecto.

Demos voz por un instante al que acaba de nacer y tejamos un supuesto
monólogo imaginario:

“He nacido y ¿ahora qué?

El otro, ¿dónde hay Otro?

Vengo de la oscuridad. Acabo de nacer y todo es luz, voces y desconcierto.
Busco el olor del lugar de donde vengo, busco el olor.

Busco el latido del corazón que me ordenaba con su ritmo, busco el latido que me servía de referente, busco el latido, el calor.

He perdido los referentes pero ni siquiera puedo pensarlo, no tengo palabras para hacerlo.

Estoy perdido.

Busco el calor que me abrigaba y nada me abriga salvo unos brazos cuando me cogen, busco el calor.

Tienen que desearme para que pueda vivir porque sin otro no soy nada. La
prehistoria de mi deseo se inaugura aquí, en este desamparo.

Me faltan, él, ella, alguien, otros, me faltan.

Cuando no me faltan, descanso, pero luego vuelvo a quedarme solo sin su presencia y sin saber que volverán. Con los años sabré que se llama angustia.

Me llevará mucho tiempo conocer su nombre y descifrar que volverán.

La presencia… será sentir que están, pero para eso queda tiempo. Pre-sencia, será pre sentir la esencia, la esencia del otro, su prioridad.

El día y la noche es una diferencia de la que ellos entienden. Marca un ritmo.

Tengo hambre, pido, grito, lloro. Es el primer sonido que sale de mí, porque aún no soy Yo. Estas son mis primeras llamadas al otro/Otro.

Necesito que me toquen, que me acaricien, que me hablen, que me huelan, que descifren mi llanto para que no me pierda en mi propia dispersión, para no sentirme amenazado por la fragmentación que he de experimentar hasta que la carne que soy sea amada, porque mi carne sin amor, se vuelve descarnada.

La carne abandona su condición de pura biología a través de una madre o de quien me haga de madre, para que este cuerpo mío devenga un cuerpo psíquico.

Este cuerpo, este trozo de carne sin el otro, se agitará a la deriva y no ingresará en la especie.

Soy la cría de hombre que desea al deseo de un deseo (1) para que responda a mi llamada. Este deseo del Otro para que me reconozca, para tener una inscripción en un linaje, llevará consigo, que no seré reconocido sino como objeto. Pero no importa, si al menos soy un objeto, soy algo.

Ahora, debo entrar en la especie. Reconocido, ya es algo, pero no podré soportarme siendo solo objeto. Sufriré una violencia para entrar, porque si no entro así soy solo animal y no animal humano.

Al encuentro con mi imagen que certifica el primer paso de mi pertenencia a la especie, se va a sumar la violencia del lenguaje. La palabra que media y diferencia será engendrada por Otro en mí.

Es la palabra la que me va a amparar, dándome la pertenencia y será la palabra la que me habrá de condenar al síntoma, a la muerte, y a todas aquellas pequeñas muertes del malentendido que atravesarán mi existencia. ¡Háblame! ¡Háblame! no dejes de hacerlo para que pueda llegar a ser”.

La palabra desamparo en psicoanálisis nombra la prehistoria de la soledad radical que nos habita. ‘Depender del otro’, afirmación que hace temblar los cimientos de la soberbia narcisista, afirmación que destituye la petulancia del que insiste en no necesitar a nadie. ‘Depender del otro’ a pesar de mi (moi) es condición de existencia, es linaje de humanidad. Es la inteligencia del silencio social de la que el sujeto se hace cómplice y oculta la otra crisis, la de la economía psíquica. Dimensión traumática insoslayable en la constitución del psiquismo.

En la vida adulta, cuando el sujeto atraviese alguna situación que toque algún borde de esta dimensión traumática, se habrá de reencontrar con el desamparo en tanto matriz de la angustia. No hay humano sin angustia y la angustia nos hace dependientes.

El modelo económico de Freud está influido por las ideas de Fechner y su
“principio de constancia”. Freud dispuesto a profundizar en sus investigaciones neurológicas, aplica el “principio de constancia” de aquel, para postular como característica del sistema nervioso: la tendencia a atenuar y/o a mantener ‘constante’, el flujo de excitación en el sistema. Este principio le lleva hasta la neurosis de angustia (1894/1895) y a la idea de que la descarga de la tensión sexual habría sido interferida y por tanto, la excitación acumulada habría encontrado alguna vía de salida a cambio de transmutarse en angustia.

A partir de esta idea la noción de desamparo originario que nos deja huellas indelebles quedó elevada a la categoría de concepto. Los desequilibrios homeostáticos del bebé y su insuficiencia para resolverlos se manifiestan, como hemos dicho, bajo la forma del llanto que los adultos que lo rodean suelen interpretar como llamadas de auxilio. Freud designó acción específica, a esta tarea que los adultos llevan a cabo en esas circunstancias. Pero mientras al mismo tiempo que los que cumplen la función de maternaje aportan lo necesario para la resolución de las necesidades biológicas, inyectan su sexualidad en esa cría de hombre que aún es tan sólo un proyecto de sujeto. Y no podemos olvidar que al inyectar la sexualidad se inyecta también la dimensión de la muerte. Es decir la inscripción de la existencia de un final. No hay inscripción para la muerte.

Luego se forma un triángulo que articula desamparo-desconocimiento-y angustia, anticipando la presencia de lo siniestro.

De ahí la importancia del mito y su substituto, las religiones, que intentan calmar la angustia ante la pregunta por el ser y el origen. La impotencia del sujeto ante el ¿cómo? y ante el ¿por qué? dan cuenta de que está atravesado por la imposibilidad. Justamente el mito y las religiones permiten la creación de un tesoro de representaciones que dan cuenta del desamparo y del destino, cuestión planteada por Freud en “El porvenir de una ilusión”. El mito podría considerarse de esta manera una incisión en lo real que recoge el desamparo originario para enmarcarlo en la filiación y la continuidad.

En la primera experiencia de satisfacción, descripta por Freud en la “Traumdeutung” se genera la huella mnémica desiderativa y así se inaugura para el lactante la posibilidad de la realización alucinatoria de deseos. La cría dispone a través de esta marca la posibilidad de recargar la huella mnémica desiderativa y aliviarse temporalmente, recreando la vivencia de satisfacción. Ésta no se dirige en principio al encuentro de un objeto externo, sino a la búsqueda de esa huella de la experiencia de satisfacción, anterior al encuentro con el objeto primordial. Cuestión importante de recordar, ya que implica que es la huella de la experiencia de satisfacción la que para Freud, empuja hacia el otro.

En esta dirección y siguiendo a Freud se puede afirmar que esta dimensión deseante del sujeto, no consiste en la búsqueda de un objeto, sino en la exploración de un rastreador que sigue la huella de un camino iniciado en su llegada al mundo. A pesar de la inmadurez biológica y psicológica del cachorro humano, la dinámica deseante seguirá operando, y a lo largo de toda la vida perseguirá su huella deseante. Esa búsqueda permanecerá como rasgo permanente del sujeto psíquico. Esta concepción del deseo de los primeros textos de Freud permanecerá a lo largo de su obra. La inscripción de la huella así como la del representante písquico de la pulsión, son dos nociones que han dotado al inconsciente freudiano de su cifra y de su signo: deseante y pulsional.

Por ende Freud concedió a la primera experiencia de satisfacción -y a su corolario de inscripciones psíquicas- un poder subjetivante. Surge así lo que e ha llamado el suelo psíquico; o lo que es lo mismo, los primeras esbozos de psiquismo del recién nacido. La biología con la que el bebé llegó al mundo queda así erogenizada. El puro objeto de la necesidad se pierde dejando un resto inmortal que se afiliará a la red deseante. Con el surgimiento de la dimensión deseante implantada en lo biológico, se habrán producido los primeros pasos de la subjetivación.

Más tarde, cuando el sujeto ya constituido se lanza al encuentro de objetos sexuales en el mundo exterior, lo hará orientándose -lo sepa o no- por las figuras de esta huella capaz de transformar a los objetos mundanos en objetos del deseo. El adulto gobernado por el deseo inconsciente busca sus objetos e ingresará en una trayectoria de encuentros fracasados: no se encontrará jamás con aquel objeto primero que la nostalgia pretende revivir. Este objeto está irremediablemente perdido, por las mismas razones por las que el sujeto ya no es más el organismo humano viviente de la pura necesidad que fue al nacer. Tras la vivencia de satisfacción devino biología psiquizada; ya es un incipiente sujeto. (2)

Así como la dimensión deseante ha quedado implantada e instituida, el desamparo deja también su huella en lo que llamamos: la dimensión traumática, sobre la que algo he expuesto en mi libro “Legado psicótico y
soledad”.

Lacan por su parte, en el seminario de La angustia forja un sugerente intento de trenzar la Hilflosigkeit con el Unheimlich, el desamparo con lo siniestro. Dice que cuando surge la angustia, no obedece a algo nuevo, sino a “lo que ya estaba ahí, mucho más cerca, en la casa, Heim”. (3) Lo siniestro sería como un ‘huésped’ que se ha vuelto hostil, habría girado hacia lo horrible, hacia lo oscuro y lo inquietante, que aparece según él, tan enmarcado como lo hace la angustia. Al mismo tiempo es algo hogareño, familiar, que habría permanecido siniestro pero domesticado en la casa (del goce) de la pulsión de muerte.

Algunos versos de Antonio Machado de su libro “Soledades” enseñan con claridad esta presencia callada de la angustia:

”Muda en el techo, quieta, ¿dormida?
-la negra nota de angustia está,…” (4)
“La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente comprender siquiera;
pero recuerdo y, recordando, digo:
-Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.”
(5)

Volviendo a la teoría psicoanalítica podemos sospechar que ese desconocimiento original del sujeto, sepultado bajo el manto de la represión originaria, ese desconocimiento crónico que se inicia en el desamparo, sería el portador de lo siniestro (Unheimlich). (S. 10 p. 102/103) Esa ajenidad interior de labios sellados se hará oír en la certeza de la angustia.

Por consiguiente en el vacío ¿habitaría ‘lo siniestro’?, y a su vez ese vacío trabado por eso siniestro familiar, se anuncia y ¿se anticipa en el desamparo originario?

Mientras la angustia es el precio del síntoma, “el síntoma gana tiempo, establece un compromiso para que el sujeto, aunque sufriendo consiga soportar su vida… La angustia es la condición soberanamente humana del hombre en la Tierra” (6).

La angustia es una pregunta que interroga a una sombra, el deseo. La vida y la muerte son las aristas de nuestro nacimiento. Bajo el signo de Eros nos impulsa la blanca sombra del deseo junto a la cifra mortal que abraza nuestro epílogo.

La cría humana llora, grita y también se mueve, preámbulo de su actuar porque en el actuar se juega una argucia; la posibilidad de arrebatarle la certeza a la angustia. La duda cuando surge es para evitar la angustia. Pero la frase desesperada ¡hay que hacer algo! muestra la potencia de Eros dispuesta a inventar, a escarbar en la geometría del desamparo una acción hacedora, poyética que también tome prestada la fuerza de la angustia.

El poeta Roberto Juarroz en su Poesía Vertical nos dice:

“Ninguna figura puede sostenerse
si una mirada no la sostiene,
sobre todo si está al borde del vacío
¿No habrá tal vez una mirada
que sostiene por ahora al monigote
desde dentro del abismo?”
(7).

Al principio de esta presentación mencionaba como el desamparo originario retornaba con fuerza en esta sociedad postmoderna en la que la celeridad y la fragilidad simbólica del vínculo con el otro, se suman a la depreciación de la palabra. Lo estudios de Sigmunt Bauman sobre el miedo y el amor líquido muestran con maestría a través de su metáfora de lo líquido, el esfuerzo de persuasión por urbanizar un mundo donde el imperio de los miedos/medios hagan su agosto. A costa de no dar crédito a la relación con el otro, el miedo hace vibrar las cuerdas del temblor y la desconfianza. La música de los ‘medios y los miedos’, atesoran dos palabras con las mismas letras y con solo dos vocales cambiadas de sitio; ‘miedos’ contiene en su 2ª sílaba la palabra ‘dos’ (haciéndonos olvidar que no hay dos sin tres) y ‘medios’ contiene en la 2ª sílaba la palabra ‘dios’ (recordándonos que dios está en todas partes). Pues bien los miedos/medios nos van arrebatando la posibilidad de dudar. Dudar es una inversión del psiquismo al servicio de combatir la angustia ya que la duda intenta esquivar la certeza de lo horrible que está pegada a la angustia.

Mientras tanto el sentimiento de desamparo no deja de cobrar actualidad.

En esta ocasión se han cambiado las armas de destrucción masiva por la acertada sugerencia de Quevedo: ‘poderoso caballero es don dinero’. El poder financiero sabe que se puede aprovechar de la velocidad tecnológica, repudia lo inconsciente por ser ‘lo no sabido’ e interrumpe el pensamiento, para suspender la transferencia al deseo de saber.

Para el poder, la Ley ya no es la prohibición del incesto, sino la prohibición del saber. El imperio de la eficacia nos separa del otro para precipitarnos en amenazas que se multiplican a un ritmo vertiginoso, a un ritmo y en un tiempo que está lejos de ser el de nuestro psiquismo. Basta con esta presión magistral que incluye la transferencia a la eficacia, para que vuelva la prima de riesgo a dispararse y a evocar nuestro desamparo. El desconocimiento crónico del sujeto encuentra en los labios callados del presente un espejo de grandes dimensiones para buscar a un otro que se desvanece. Busca al Otro que le sujete en el aserto de su mirada, pero en los pliegues de su desvalimiento solo encuentra, algunas veces, que el otro ha dejado de ser prioritario y en el mejor de los casos ha quedado postergado.

La inmediatez que trasmite el llanto del neonato, y que tanto angustia a sus
padres, hace muchos años que nos la están vendiendo a precio de saldo. Pero eso no es tan grave como parece, lo realmente grave es que nosotros no dejamos de comprar ‘inmediatez’.

Todos decimos ‘no tengo tiempo’. Frase ridícula donde las haya, ya que el tiempo es imposible tenerlo, poseerlo. El tiempo que anhelamos tener es ese intervalo en la rutina que nos damos a nosotros mismos, en esa temporalidad inconmovible de la vida.


Intuíamos que éramos adultos, maduros, capaces de administrar la espera. Sin embargo, al igual que el recién nacido que se duele en su necesidad y clama una respuesta, nosotros seguimos persiguiendo un cobijo en el señorío de la velocidad. El tiempo de espera, no es solo un estado de alerta, es también tiempo de reflexión y de tolerancia para llegar a una idea, a algún sitio, a ese donde la conclusión se produce.

Es imposible desear, pensar, recordar, elaborar, digerir, soñar, escuchar, sin darnos el tiempo. No obstante soportamos, y hasta hacemos la vista gorda cuando a nuestro psiquismo le apremian a someterse a un clik, a pulsar una tecla, para que en un instante sea capaz de atiborrarse de información con la intención de disfrazar un vacío. Vacío sin el cual nos sería imposible sortear las trampas de nuestra existencia.

La pérdida está en el origen, es con lo que se estrena nuestra presentación en la especie, por eso decimos que el duelo estará continuamente presente, ya desde el nacimiento, en el destete, en la adiós del Edipo, en el desplome de los ideales, en la caducidad de nuestros cuerpos, o en nuestras tinieblas escogidas. El duelo, será el que firme la última página de nuestro diario de encuentros y despedidas en el camino de la vida. Ella también habrá de dejarnos. Este será nuestro duelo final.

Como dice el poeta R. Juarroz: “Nadie sabe lo que puede o no puede. Como el árbol, el hombre no es dueño de su sombra.” (8)

El deseo viene marcado por la falta, aunque el asiduo tesón con el que se la
oscurece, nos guíe a veces hasta su ausencia. El deseo viene marcado por la falta, aunque el asiduo tesón con el que se la oscurece, nos guíe a veces hasta su ausencia.

Sin la fuerza del deseo, siempre acompañado de la falta, de la pérdida, como si de un pecado original se tratara; nos será arrebatada la posibilidad de recuperarnos y volver a tejer con el otro los hilos de la esperanza.

No sin el otro, no sin su sombra y la mía, no sin su mirada, no sin su presencia que grita con la voz del deseo, que es el único patrimonio del que no podrán desheredarnos.

M. C. Rodríguez-Rendo.

Notas del texto

  1. “En el sentido hegeliano, el deseo de deseo es deseo de un deseo que responde a la llamada del sujeto. Es deseo de un deseante. A este deseante que es el Otro, ¿para qué lo necesita el sujeto? Está indicado de la forma más articulada en Hegel que tiene necesidad del Otro para que lo reconozca, para recibir de él el reconocimiento…Al exigir ser reconocido, allí donde soy reconocido, no soy reconocido sino como objeto. Obtengo lo que deseo, soy objeto, y no puedo soportarme como objeto, puesto que dicho objeto que soy es en su esencia una conciencia, una Selbstbewusstein.” Seminario 10 La angustia, p. 33.
  1. Un desarrollo más extenso se encontrará en el cap. I de la “Teoría de las identificaciones” dedicado a las identificaciones en la obra de Freud. Korman. (Inédito).
  1. Lacan, Seminario 10: “Hay angustia, cuando surge en este marco lo que ya estaba allí, mucho más cerca en la casa, Heim”“este huésped desconocido que aparece de forma inopinada tiene que ver, enteramente, con lo que se encuentra en lo unheimlich, pero designarlo así es insuficiente.” P. 86… “Este huésped, en el sentido corriente, no es lo heimlich, no es el habitante de la casa, es lo hostil domesticado, apaciguado, admitido… Lo que es Heim… ha permanecido unheimlich… Es el surgimiento de lo heimlich en el marco lo que constituye el fenómeno de la angustia, y por eso es falso decir que la angustia carece de objeto.” “La angustia es este corte…es este corte que se abre y deja aparecer… lo inesperado, la visita… lo que expresa también el término presentimiento…” que deberá entenderse también “como el pre-sentimiento, lo que está antes del nacimiento de un sentimiento”. (p.87)
  1. Antonio Machado, verso IV del el poema 23 de su libro “Soledades”.
  1. Ibid, poema 28.
  1. Durval Checchinato en Safouan: Angustia, síntoma, inhibición. (Seminario) p. 30. “La angustia es simplemente estructural y estructurante… La intensidad de su presencia es un indicador de la aproximación de la castración, pues en la castración que es simbólica, el objeto es imaginario. Ella es interrogación de una ‘sombra’…”
  1. Juarroz: Poesía vertical II. P. 226
  1. Ibid, en ‘Casi razón’ verso 25, p. 427

Bibliografía

Freud S.: La interpretación de los sueños. (1900) Amorrortu editores.

Lacan J.: “El estadio del espejo” Escritos I. Siglo XXI Editores. Bs. As.

Seminario 10. La angustia. Cap. I,II, III y IV. Editorial Paidós. Bs. As. 2006

Machado A.: Poesía de Antonio Machado. Edición de Pedro Provencio.

“Soledades”. Editorial Bruño. 1992.

Juarroz R.: Poesía vertical II. Emecé Editores. Bs. As. 2005.

Korman V.: “Teoría de las identificaciones”. Inédito.

Rodríguez-Rendo M.C.: “Enigma, sufrimiento y soledad” y “La locura encapsulada” en Legado psicótico y soledad. Editorial Dunken. Bs. As. 2010

Safouan M.: Angustia, síntoma, inhibición. (Seminario) Introducción de Durval

Checchinato. Ediciones Nueva Visión. Colección Freud/Lacan. Bs. As. 1988.