Legado Psicótico y Soledad
Psicoanálisis, legado psicótico y soledad
Presentación en el Círculo de Bellas de Artes de Madrid: A mi izquierda el Secretario de Cultura de la Embajada Argentina Jorge Alemán, y el profesor de la Universidad Complutense Eduardo Chamorro.

Anotaciones al libro de María del Carmen Rodríguez Rendo:
Legado psicótico y soledad

Círculo de Bellas Artes | 20-09-2010

Eduardo Chamorro:

“Da un poco de vértigo pensar en el juego de las influencias y las resonancias mediante el cual se va tejiendo un destino, las conexiones invisibles de las que está hecha la vida”, señalaba Antonio Muñoz Molina el sábado pasado, en Babelia, refiriéndose al libro de Víctor García de la Concha, Cinco novelas en clave simbólica, presentado aquí, en el Círculo de Bellas Artes, hace unos días.

Si adentrarse en las influencias, resonancias, conexiones invisibles de que está hecha la vida da un poco de vértigo, adentrarse en ese ámbito más específico de la vida de aquellos individuos en cuya historia familiar ha irrumpido, en algún momento, la psicosis, adentrarse, digo, con el ánimo de descifrar esas conexiones invisibles, implica, indudablemente, un mayor riesgo y es más posible el vértigo. A ello se ha arriesgado MC en sus tratamientos con esos pacientes y a ello se ha arriesgado al escribir el libro en el que narra su experiencia.

Cuando uno va avanzando en la lectura del libro, experimenta la sensación de encontrarse ante un testimonio de experiencia vivida, y expresada con un modo de decir muy distinto al que nos tiene acostumbrados la literatura psicoanalítica. La autora, es obvio, intenta dar cuenta de lo que entiende por esos dos significantes, legado psicótico y soledad, expuestos y analizados con claridad y profundidad y ambos, y es ahí donde va a radicar la originalidad del texto, confrontados uno a otro. Será en esta confrontación en donde, en cierto modo, se basa y se va desplegando la arquitectura del libro. Hablaremos de ello. Pero lo que quiero resaltar ahora son las impresiones, sensaciones incluso, que fui experimentando al encontrarme con ese peculiar modo de narrar. Fue lo primero que me llamó la atención. O, mejor, lo que me prendió desde el principio.

Pues se trata, fundamentalmente, de una narración, la que cuenta el trabajo de una psicoanalista en sus tratamientos con hijos de pacientes psicóticos. En ellos cree encontrar los efectos de lo que denomina el “legado psicótico”. Esos pacientes, en el texto, aguardan al lector e irán apareciendo, poco a poco, en escena después de que éste haya realizado un pasaje necesario: la lectura de los textos básicos del psicoanálisis con los que se ha ido elaborando, desde Freud, la noción de psicosis. MC va haciendo su lectura de esos textos y relatando cómo los ha leído. Es en ese continuo ir y venir de los textos a lo que su experiencia le va diciendo y, desde ésta, a los textos como se va elaborando el libro.

La autora nos cuenta este doble trabajo porque siente la necesidad de contarlo. Y, como todo buen narrador, al contarlo, al revivir su experiencia, se da cuenta de que el relato requiere un modo especial de estar con el lector, de establecer el vínculo con él, de acompañarlo en la lectura.

Si tomáramos lo que se suele denominar “distancia crítica” y asumiéramos un “estilo académico”, podríamos decir, con toda propiedad, que el libro de MC es un texto psicoanalítico sobre la psicosis y sus efectos en la transmisión generacional en el que se revela como una muy buena conocedora de los textos clásicos, que reflexiona muy pertinentemente sobre ellos, que está expuesto, el libro, con un estilo entre académico y ensayístico, que le da agilidad y frescura a la narración… Yo prefiero decir que el libro de MC es el relato vivo de una analista que, tras años de dedicación a pacientes que han recibido un legado psicótico, ha sentido la necesidad imperiosa de contar su experiencia y, de esta manera, sentir el estar acompañada –diríamos, retroactivamente- por sus lectores. Necesidad, pues, de contar cómo ese encuentro con sus pacientes ha requerido del recurso a su propio análisis, del contacto continuado con expertos analistas que han vivido experiencias similares, de una lectura atenta de los textos básicos del Psicoanálisis sobre la psicosis…

Pues bien, en la lectura de esa historia va quedando, como hilo conductor de la misma, una reflexión sobre el afecto más implicado en la relación paciente-analista, y que ella considera que es el afecto más significativo en la construcción de la subjetividad de esos pacientes: el sentimiento de soledad. El afecto, acabo de decir, más significativo, el significante que da nombre a lo que sucede, sesión tras sesión, en las que el paciente es vivido por la analista como portador de un enigma, que queda envuelto en fantasías concretas o en un obstinado silencio. Y de todo ello no sabe, como, en principio, tampoco sabe la analista. Se trata de algo que, presumimos, está en el transcurrir de las generaciones que le han precedido, que ha hecho mella en él, que se ha traducido en malestar, en sufrimiento, un sufrimiento íntimo del que habla ese sentimiento paralizante que es la soledad.

Cuando en el transcurso de las generaciones surge la psicosis –dejemos de lado ahora la explicación sobre el origen de la psicosis en donde se debaten las diversas teorías psicoanalíticas-, cuando surge la psicosis, queda alojada, “encapsulada”, dirá MC, en los sujetos portadores y la transmiten de padres a hijos, como si de un legado precioso se tratara, de tal manera que va quedando, en los receptores, los hijos, una “potencialidad psicótica” que puede ponerse en acto si ciertas condiciones lo propiciaran. Es el legado psicótico, que va afectando de diversas maneras a los transmisores del mismo.

Berenstein, en el magnífico Prólogo al libro de MC, resume la doble operación que implica la transmisión del legado psicótico. Doble operación en dos tiempos lógicos (no cronológicos): primer tiempo, el estallido de la psicosis (Verwerfung) y, segundo tiempo, la renegación (Verleugnung) de lo sucedido en ese estallido a través de la creación de una fábula sobre el devenir de la historia familiar hecha de secretos y ocultamientos, fábula enigmática que circula a través de las generaciones.

Lo que me parece significativo de la lectura de MC es la afirmación de que, más allá de la comprensión del contenido de ese legado, es el sentimiento de soledad el afecto que más insistentemente ha invadido al sujeto. Y ese afecto invade ahora al analista…

Ese legado que ha ido pasando de generación en generación, de un sujeto a otro, que ha producido un sufrimiento tal que ha inducido a la demanda de análisis, ahora, cuando el análisis es ya una realidad, cuando está en análisis, el sujeto tenderá a transferir a la persona del analista aquello de que es portador. Sólo en la medida en que éste, sin saber en qué consiste tal legado, más allá de toda comprensión, no lo evite, -dicho en términos bíblicos, no intente apartar de sí la amargura de ese cáliz-, y se haga cargo, se responsabilice del mismo, transmitirá al paciente algo de este asumir también él ese sentimiento. Dicho ahora en términos psicoanalíticos, en la medida en que ese sentimiento de soledad entre en transferencia, algo podrá ir descifrándose de ese enigma que se ha ido transmitiendo hasta llegar, ahora, a él, analista, a través del sufrimiento del paciente.

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Aunque no haya un solo pensamiento capaz contra la muerte,
sé que no estoy sólo.

El verso rotundo de José Angel Valente, citado por MC, ilumina, de pronto, toda la escena y nos da la clave de esa profunda certeza que sostiene todo el pensar de la autora sobre el legado psicótico y el sentimiento de soledad. El legado psicótico disfraza, de alguna manera, esa verdad que se transmitía de generación en generación: es la renegación ante la percepción de la muerte como realidad que espera al sujeto, que se instala en él como pulsión -pulsión de muerte-, la que le incita, de las maneras más diversas, y, especialmente, en el silencio, a la destrucción de sí y del otro, pulsión contra la que alguien, antes, debería haber reaccionado, pero no ha sido así… Se ha instalado en el seno familiar como goce y, como tal, ha sido entregado al hijo, sin que nadie sepa de ello. Así, se mantendrá en el hijo la misma renegación, insistiendo compulsivamente en su psiquismo, en una insistencia que pareciera colocarse fuera del tiempo, dejándole sin recursos para reaccionar, en lo que MC denomina un “padecer solitario”. El hijo quedará así, en su soledad, transmisor ignorante del legado psicótico y transmisor, también, de ese profundo sentimiento de soledad con el que, en cierto modo, alimenta su goce… En el caso de que encuentre en su camino alguien capaz de vislumbrar su tragedia, de hacerse cargo de ella, volcará en él ese legado, tenderá a inundarlo de ese sentimiento de soledad, a exponerlo a quedar también él bajo de dominio de la misma pulsión letal. En el trabajo analítico le pondrá difícil el trabajo de desciframiento. MC recurre a Emilio Lledó, quien, en El silencio de la escritura, habla de “la lucha por arrancar de cada subjetividad la esencial soledad que la constituye”.

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Si el título del libro, al confrontar dos significantes –legado psicótico y soledad- nos indica los dos vértices que MC selecciona en su visión de la psicosis, en el desarrollo del libro, se añade ese otro elemento, fundamental, al que me estoy refiriendo: la transferencia. Fundamental, pues aquello a lo que llega el detenido análisis sobre conceptos teóricos con los que, en el ámbito del Psicoanálisis, se ha ido elucidando la realidad de la psicosis, está siendo continuamente confrontado con la clínica bajo transferencia que MC va aportando.

Transferencia, pues, en la relación analista-paciente, como “puesta en acto” de la realidad de lo inconsciente que se ha ido transmitiendo de padres a hijos en ese enigmático legado psicótico. Y que, en la sesión, queda expuesto a ser dicho en la medida en que haya disposición de escucha.

Y transferencia, también, en la relación escritor-lector, como “puesta en acto” de la realidad de lo inconsciente que propicia el acto de escritura y de lectura, en la medida en que el vínculo entre ambos, en lucha por arrancar esa “esencial soledad” de cada uno, vaya abriéndose al riesgo de descifrar las influencias, resonancias y conexiones invisibles de que está hecho el tejido de la vida y que demanda acompañar y ser acompañado.

Si no hubiera sido así, quizá no hubiera sido posible la producción de un texto como el que hoy presentamos.

Muchas gracias, MC.

Eduardo Chamorro