A modo de introducción

En 1929 cuando García Lorca presenta “Poeta en Nueva York”, al iniciar su conferencia-recital dice: “Siempre que hablo ante mucha gente me parece que me he equivocado de puerta. Unas manos amigas me han empujado y me encuentro aquí. La mitad de la gente va perdida entre telones, árboles pintados y fuentes de hojalata y, cuando creen encontrar su cuarto o círculo de tibio sol, se encuentran con un caimán que los traga o…con el público como yo en éste momento”.

Ésto no es más que una forma de empezar hablando de nosotros mismos, del desamparo que retorna en la soledad que a veces también experimenta el analista.

El llanto de la cría humana, esa primitiva llamada, esa indefensión radical del ser humano al ingresar en el enigma del deseo del Otro, traza el principio de un texto que recuerda el comienzo de la seguiriya gitana del cante jondo, al que Lorca llamaba el “grito terrible” capaz de dividir el paisaje, cuna del “duende”, noción que viene a concentrar en un haz de significaciones la capacidad creadora que abriga el desamparo y que invoca la pulsión de muerte.

Como decía Manuel Torres:” todo lo que tiene sonidos negros tiene duende” y como decía Freud: “el yo es el genuino almácigo de la angustia”, almácigo
donde se siembra el inequívoco vínculo, entre la angustia y “la expectativa de algo”…con…”un carácter de indeterminación por ausencia de objeto; y hasta el uso lingüístico correcto le cambia el nombre cuando ha hallado un objeto, sustituyéndolo por el de miedo.”
(Freud,1926)
Tomar de la poesía lo que ella nos da, es la idea central de ésta presentación. Nutrirnos de su duende en la medida en que tiempo y metáfora se conjugan para crear, con la misma sustancia que obra la pulsión de muerte. Porque no debemos olvidar que mientras el duende lucha, la muerte obra. Obra desde el principio de la llegada de la cría humana, obra porque esa cría se va consumiendo desde el primer instante buscando un sentido que le haga un quiebro a su destino final.

Tiempo deshecho y metáfora rota resumirían la arquitectura del desamparo. En el sentir del sujeto el tiempo de la angustia es eterno. El sujeto se siente poseído en un vacío de sentido incapaz de atisbar su final. Por eso podemos decir que atravesarla nos aproxima a un universo inmortal. El duende por su parte es efímero, brota y se mece en el corazón del tiempo.

El objetivo de ésta presentación es reflexionar sobre dos de las características de la sociedad actual que según diferentes pensadores impactan en lo psíquico. Tomando esos dos ejes, me voy a detener en el impacto en la temporalidad psíquica, la reactivación del desamparo originario y la potencia creadora que a ella se anuda; ya que afortunadamente como decía Cornelius Castoriadis: “la psique es creadora”.

Esas dos características a las que hacía referencia son la noción de “la velocidad del progreso” aportada por Paul Virilio y “el miedo líquido” metáfora construida por Zygmunt Bauman.

A posteriori voy a recordar brevemente la importancia de la temporalidad en la estructuración del psiquismo, para luego subrayar la potencia creadora del duende que se aloja en el desamparo, junto con la posibilidad de convocarlo en la práctica clínica.

1º La velocidad

La velocidad del progreso (que seduce y atrapa a lo que ahora se llama
civilización y antes barbarie); es una noción que viene a dar cuenta de la
aceleración del tiempo actual, concepto del urbanista francés Paul Virilio que utiliza en 1999 para explicar los cambios que pueden sobrevenir en la
subjetividad del ciudadano de las grandes urbes.

Para él la revolución industrial, la revolución de los transportes, las autopistas de la información, fueron precipitando al sujeto en el esfuerzo por adaptarse a una transformación del espacio-tiempo.

Virilio piensa que un sujeto se entiende con el otro a partir de un cierto ritmo y como en cada sujeto hay un tempo, cuando ese tempo es violentado, la temporalidad psíquica también lo es.

La rapidez de los cambios y la aceleración del tiempo tendrían como consecuencia habernos inoculado la búsqueda de la inmediatez, incluso la exigencia de ella, llevando casi a la desaparición de la tolerancia a la frustración.

Virilio dice que el ritmo excesivo de las ciudades modernas es un elemento que lleva a la desintegración. A ésto agregaría que donde esté el exceso, habrá desorden ya que la carencia ordena y el exceso desordena.

Actualmente el exceso de información ha pretendido sustituir al saber
haciendonos olvidar que a la información se accede mientras que el saber se encarna.

Lorca decía de Nueva York, que había dos elementos que el viajero podía captar de la gran ciudad: “cuando se observa el mecanismo de la vida social y la esclavitud dolorosa de hombre y máquina juntos, se comprende aquella típica angustia vacía…” y al final de su discurso lo resume así: “Arista y ritmo, forma y angustia…”

Si la “arquitectura extrahumana y el ritmo furioso” amenazan la subjetividad a riesgo de su borramiento, el sujeto del exceso se pregunta por el sentido. Si una de las maneras de amarse es la palabra ésta necesidad social estaría también amenazada por la estética narcisista que cultiva el “almácigo de la angustia”.

A propósito de ésto hay otra interesante afirmación de Castoriadis: “la psique es por sí misma radicalmente inepta para la vida. Solamente logra vivir en la medida en que la sociedad y sus instituciones la arrancan violentamente de su propio mundo…, se ve forzada a abandonar …lo que ella identifica con el sentido a cambio de la posibilidad … de interiorizar y catectizar lo que la sociedad le ofrece a modo de sentido…”

Esta psique “inepta” debe actualmente adaptarse a interpretar el sonido de la vida en un instante.

Por eso el poder, la riqueza y la instantaneidad son conceptos inseparables de la
velocidad, y de los cambios culturales que causan.
La tiranía de la velocidad impone al psiquismo un esfuerzo que lo precipita a
concluir a destiempo y a perder palabras. La tiranía de la economía hace que el imperio del lazo económico deje a una buena parte de la población fuera del discurso, excluida del lazo social, nuevas formas de violencia que por serlo no pueden organizarse como discurso.

Los habitantes de las grandes urbes han sido reconvertidos: han pasado de ser ciudadanos a ser consumidores.

El psiquismo por su parte dispone de un compás para recordar, otro para repetir, y otro para elaborar. Pero la inmediatez pone en práctica el ejercicio de un tiempo que interrumpe la relación del sujeto con su tiempo histórico.

A su vez, historizar es el hallazgo de un psiquismo capaz de urbanizar su tiempo narrativo en la red temporal de la vida.

2º El “miedo líquido”

Esta afortunada expresión inventada por Zygmunt Bauman intenta explicar el miedo diferido que generan los temores de la sociedad contemporánea a la que describe con tres características: Incertidumbre, inseguridad y vulnerabilidad, las tres de origen difuso y que nos mantienen en estado de ansiedad. Nos hemos quedado sin sólidos.

La omnipresencia del miedo puede adoptar distintas formas ya que cada día nos acechan nuevas catástrofes: un meteorito que va a chocar contra la tierra, armas de destrucción masiva, carne asesina, hijos asesinos, padres asesinos, drogas asesinas, virus, tsunamis, huracanes, terrorismo, y además la dieta saludable de hoy puede ser tóxica mañana. El miedo se cuela por la rendija de los medios de comunicación, entra en nuestras casas sin llamar a la puerta.
Perplejidad y desolación, a la que asistimos como hecho cotidiano. Banalización de la muerte, que acompaña a la deconstrucción. La televisión y los juegos de ordenador han creado una nueva figura: la del que convive con la muerte.

La modernidad iba a ser aquel período de la historia humana en el que por fin, nos sería posible dejar atrás los temores que dominaron la vida social del pasado, y domeñar las descontroladas fuerzas de lo social y lo natural. Éste era el sueño.

Pero sin embargo en lugar del gran salto hacia adelante, en los albores del siglo XXI la “modernidad líquida” nos deja experimentar las famosas palabras de Lucien Fevre refiriéndose a la Europa del siglo XVI “miedo siempre, miedo en todas partes”.

Freud en El malestar en la cultura, decía que la función capital de la cultura era proteger al hombre de las amenazas de la naturaleza, pero en la sociedad actual el hombre se ha vuelto temible para el hombre; y por momentos sucumbe como rehén del nanosegundo.

¡El hombre de la postmodernidad fue construyendo para sí mismo una
incapacidad de preguntarse, inflando la amenaza indeterminada y sometiéndose a una supuesta impotencia para contrarrestarla.

Para Bauman la identidad en esta sociedad de consumo se recicla, es ondulante, espumosa, resbaladiza, acuosa, y cuando alcanza el exceso desfallece el deseo. “El miedo es más temible cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin vínculos, sin anclas, sin hogar ni causa nítidos…”

Lo filudo es una sustancia que no puede mantener su forma a lo largo del
tiempo.

La metáfora de la liquidez intenta también dar cuenta de la precariedad de los lazos humanos en una sociedad individualista y privatizada por el carácter transitorio y volátil de las relaciones. El vínculo con el otro puede disolverse más facilmente en un ambiente que no propicia el encuentro sino el desencuentro.

Por eso dice que el amor se hace flotante, algunas veces sin responsabilidad
hacia el otro, y llega a reducirse en internet a un vínculo sin rostro.

Las relaciones se miden en términos de coste y beneficio “de liquidez” en el estricto sentido financiero.

En las “metrópolis del miedo” la amenaza se ha vuelto rutina y la lógica del
pánico está servida.


Lo líquido es también una buena metáfora de la cultura del olvido. Los años de nuestra transición, fueron nuestros años líquidos.

Los consumidores de silencio preferían no hablar de la guerra civil para evitar la confrontación con el sello distintivo de la muerte: lo definitivo y lo
irrevocable. Y esá fluidez líquida, en el decir de Lewkowicz: nos ha hecho llegar “al crepúsculo de las ideologías y hemos entrado en el mediodía de las opiniones.”(Ibid, 2008)

En consecuencia, la crisis actual puede reactivar el desamparo de la posguerra, desbordando el umbral de la realidad, de la nuestra, que como sabemos no es otra que la fantasmática.

3º Estructuración y temporalidad

Para situar la temporalidad psíquica vamos a recordar la diferencia entre
desarrollo e historia en psicoanálisis.

La estructuración del psiquismo está destinada a constituirse en la relación con el otro, estructuración marcada por el estado de desamparo inherente a la dependencia total de la cría humana respecto del Otro materno.

En su historia singular cada humano está sometido simbólicamente al tiempo, también transgeneracionalmente, ya que la temporalidad es inherente a todo humano deseante.

Algo esencial en el pensamiento de Freud que trasciende cualquier concepción evolutiva del desarrollo, es el hecho de concebir la actualidad surgiendo de una protohistoria como lo explica en Totem y Tabú.

  • Como psicoanalistas, oponemos el término historia a la noción de
    desarrollo biológico.
  • La importancia de la historia en psicoanálisis se diferencia del trabajo del historiador porque revisa la historia singular en su dimensión deseante, por lo tanto reactualizable. (fantasma).

En lo que promueve el psicoanálisis está la marca de lo que separa un desarrollo de una historia. Sobre todo un desarrollo que se supone ordenado de forma pre-establecida, por lo que no podría corresponder adecuadamente a la historia.

Toda historia está abierta a las singularidades que tejen en ella lo que se llamará destino.

El determinismo de un psiquismo no es ni más ni menos que “el determinismo de una historia, de un sujeto tomado en una historización”. (Guillerault, 1996)

La concepción freudiana del desarrollo es solo un prótesis para pensar el tiempo humano, “humanizado y dramatizado por el símbolo”.(Ibid)

En todo drama hay una trama tejida en el cuerpo de lo simbólico y dirigida por el deseo inconsciente.

No es el tiempo cronológico, sino el tiempo de un sujeto, el tiempo poético, “donde lo simbólico revela su empresa”.(Ibid)

Reconocer lo inconsciente es un acontecimiento del sujeto en el relato de su
historia. Implicarse e inscribirse en su historización actual de los hechos. Hechos del lenguaje en el lazo con el otro, que han marcado la diversidad de los virajes históricos que han ido transformando su vida.

Todo lo que Freud descubre está inmerso en el tiempo, en las incertidumbres de ésta temporalidad subjetiva. Regresión, fijación, repetición, retroacción… son nociones que dan cuenta de la inscripción temporal del devenir psicosexual de un sujeto. De aquí que se diga que la conceptualización freudiana es “una elaboración sobre la memoria”; “la teoría analítica retoma lo que el término trivializado “desarrollo” contiene de referencia al tiempo… Esta memoria de una historicidad, incluye la memoria de lo que nunca se supo, memoria construída, anticipativa, pero que no podría reducirse a una memoria informática. ”.(Ibid)

Por lo tanto esto tampoco permite que el análisis opere sobre la base de un
historicismo cronológico estrecho. La dialéctica por la cual el psicoanálisis tanto en la teoría como en la práctica retoma el despliegue mnémico, historizado en el uno a uno, en la red temporal de su vida es lo que revela que se produzca la epopeya subjetiva.

Así como la palabra busca capturar el sentido, la depreciación de la misma acaba haciendo del sinsentido un ensayo diario de la desaparición de las diferencias, del borrado de la singularidad y la responsabilidad subjetiva.

4º Desamparo

Intento situar al desamparo como la subjetividad de ésta época, en la que el imaginario social importa nuevos nombres como “ataque de pánico” para llamar al ataque de angustia que Freud describió en 1894; y los medios de comunicación se esfuerzan en mostrarlo como una de las nuevas patologías del siglo XX.

Varios de los pacientes que llegan hoy a las consultas traídos por la angustia en sus diversas manifestaciones, responden al eco de una reactivación del desamparo originario que irrumpe bajo la forma de angustia de separación, ni de castración, como en las neurosis, ni de desaparición como en las psicosis. Estoy de acuerdo con Freud cuando dice que “También …la angustia de castración que sobreviene en la fase fálica es una angustia de
separación”(Freud, 1925-26); pero ésta angustia de separación a la que hago referencia es aquella que “como fenónmeno automático y como señal de socorro…demuestra ser producto del desvalimiento psíquico del lactante, que es el obvio correspondiente a su desvalimiento biológico.” (Ibid) La separación del otro materno referido al peligro de la pérdida del objeto.

El desamparo busca sosiego en el sentido. Y no podemos olvidar que como decía Castoriadis: “El ámbito psíquico es el del sentido” (1997).

Para Freud el contenido manifiesto del sueño encubría el sentido del contenido latente. Llamada freudiana a la hermenéutica y al respeto por el tiempo narrativo del discurso.

El ataque de angustia (irritabilidad general, expectativa angustiada y ataque de angustia) pone en escena el desamparo radical ligado a la representación de la muerte y de la locura, ya que la palabra locura puede metaforizar una manifestación de cómo podemos ser eyectados súbitamente del sentido.

Si sumamos a ello la presión de un imaginario social que estimula el no preguntarse, la entronización del impulso y la satisfacción inmediata; que privilegia la actuación y amenza la palabra, ¿no habremos llegado a un momento social donde lo complejo para el sujeto es encontrar un sentido?

No quiero decir con esto, que como psicoanalistas debamos rellenar la frustración inherente al discurso con sobredosis de sentido, sino facilitarle al sujeto la articulación de algún sentido para historizar y así inscribirse en su dimensión de humanidad.

La angustia levanta el velo, devela, del latín develare no solo el desamparo, sino también la capacidad de creación para resurgir de ese “miedo líquido”
generado por un mundo que parece renegar de su encadenamiento pulsional aplastado por la certeza de la inmediatez.

5º Por eso de Frued a Lorca

Porque la creación tiene efecto de ruptura que permite desalojar esa parte del desvalimiento que somete al sujeto a la soledad y a la tiranía de lo siniestro.

Porque pulsión de muerte y creación forman parte de la obra poiética de la vida, que habita en esa memoria de lo que nunca se supo, y también en la memoria del cuerpo.

Porque Freud desde la interpretación psicoanalítica y Lorca desde la potencia del verso supieron comprender el hueco inasible del poema, la aproximación a un sentido generador de deseo.

Es obvio que no me estoy refiriendo al analista como proveedor de sentido, sino al analista de hoy, también desamparado porque participa de la caída de los ideales; ese que ya no guarda con la teoría una relación talmúdica, ese que ya ha descubierto que la angustia también construyó teorías en las que todo era interpretable, donde interpretar la transferencia sin desmayo fosilizaba el discurso, y donde no había un saber supuesto sino un saber tirano desde las instituciones psicoanalíticas que sometían a sus discípulos al bostezo conceptual de sus construcciones obsesivas.

Preferimos pensar al psicoanálisis como la creación poética de nuestro propio destino. Ya que como la poesía hace un corte que atraviesa el sentido y el tiempo.

Si “todo lo que tiene sonidos negros, tiene duende”…”Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte.” (Lorca, 1933)

Por eso digo que los pacientes del desamparo dibujan sus aristas buscando al duende sin encontrarlo. Es el analista el que debe recordar que el “duende” no está en la garganta, que el duende “sube desde las plantas de los pies”, “que habita en las últimas habitaciones de la sangre”. (Ibid)

Lo saben los que han bebido la magia del cante jondo.

Porque la dimensión temporal es inherente a lo simbólico, el duende no se
repite ni puede repetirse, ya que “es un luchar y no un pensar…es creación en acto”. (Ibid)

Toda creación en acto necesita de un cuerpo vivo que interprete, ya que si la llegada del duende “presupone siempre un cambio radical de todas las formas”, en todas las artes las formas nacen y mueren de forma perpetua alojadas en el instante.

La creación al igual que el amor, toma de Eros la posibilidad de tener un futuro. Sabemos que “Eros está poseído por el espectro de Tánatos, que ningún hechizo mágico puede exorcizar” (Bauman 2008)

Nos han enseñado que al analista se le supone un saber, y que al saber se le
supone un sujeto.

Confío en que los analistas no lleguemos tarde, que seamos capaces de despertar al “duende”, librarlo de su cautividad y de dirigir la cura acortando el préstamo hipotecario con la muerte que se resiste a frenar la prisa y a curarse del desamor.

Confío en que tengamos la humildad de aprender del “cante jondo” el sonido del “quejío” que suma el grito de la queja y la verdad del desgarro, y al sumarlo hace del desvalimiento “el almácigo” de su propio arte, el que jadea en la hondura… “en la infinita negrura de la noche”. (Lorca, 1933)

M.Carmen Rodríguez-Rendo
info@mcarmenrodriguezrendo.com

Bibliografía

Z. Bauman: Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores. Editorial Paidós, 2007, Madrid. Amor líquido. Fondo de Cultura Económica, 2008, Madrid.
C. Castoriadis: El psicoanálisis: situación y límites, texto leído en Nueva York en 1997.
G. Guillerault: en Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis. Kaufmann.
S.Freud: Inhibición, síntoma y angustia. 1925/26 El malestar en la cultura. Amorrortu editores, 1996, Buenos Aires.
F. García Lorca: de Obras completas, tomo III Prosa, 1997, Barcelona. Conferencia-recital: “Un poeta en Nueva York”, “Arquitectura del cante jondo”, “Juego y teoría del duende”.
I. Lewkowics: Pensar sin estado: La subjetividad en la era de la fluidez. Editorial Paidós, 2008, Buenos Aires.
P. Virilio: El cibermundo, la política de lo peor. Editorial Cátedra, 1999,
Madrid.