Conferencia pronunciada en AEPPIA el 29 de Noviembre de 2002, Madrid

Introducción

En un escrito de Jorge Luis Borges he encontrado ideas sugerentes para este trabajo sobre la transferencia y la noción de Edipo como conceptos solidarios. El texto de Borges se titula “Instantes” y ofrece una buena metáfora del espacio psíquico que se construye en la transferencia analítica y que tiene como meta la re-construcción de la vida del sujeto.

“Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas…
Iría a más lugares a donde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios…

Yo era de esos que nunca iban a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas; si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.

Pero ya ven, tengo 85 años, y sé que me estoy muriendo.”

Aproximación a la transferencia

Del psicoanálisis se ha dicho a menudo que no es una ciencia en el sentido estricto, y también se ha dicho que se debería considerar como un a disciplina dentro del conjunto de las ciencias. Algunos a la palabra disciplina han agregado el calificativo científica. Otros han dicho que es un arte, en la medida que preserva la relación del hombre consigo mismo.

Esta relación es la más compleja a la que al hombre le toca enfrentarse, puesto que es una relación inagotable que entraña el uso de la palabra y el cotidiano tropiezo con el narcisismo: amo y señor de la insatisfacción y de la estupidez humana.

Resumiendo, podemos decir: la quietud es lo contrario del psicoanálisis, por esto la diferencia entre la profesión del psicoanalista y otras, es que el psicoanalista no puede dejar de preguntarse.

En 1937, próximo al final de su vida, Freud insistía en que los psicoanalistas no se preguntaban lo suficiente por los obstáculos que se oponían al trabajo psicoanalítico. Freud sabía que la ambivalencia pulsional garantizaba que psicoanalizar significaba: pensar sin eludir el obstáculo, ya que sin él no había demanda analítica. De lo que no hay duda es que el psicoanálisis y el acto de psicoanalizarse exige disciplina y una actitud que está abocada a la nueva creación de la historia del sujeto y del lugar que al final del análisis, el sujeto ocupará en dicha historia.

La transferencia es energía y movimiento, y Edipo es mito y tragedia. El movimiento más importante que ocurre en el psiquismo es el desplazamiento de energía.


Cuando Freud escribe el “Proyecto de una psicología para neurólogos” y
más tarde “La Interpretación de los Sueños” advierte de la necesidad de que el aparato psíquico no sufre una sobrecarga de energía. En el esquema del peine diseñado en el capítulo VII hay dos polos: el polo sensorial, perceptivo, por donde la energía entra, y el polo de la motilidad, por donde la energía se descarga. Esto ocurre por obra del movimiento. La energía se desplaza de un sistema a otro hasta encontrar formas de descarga adecuadas que hagan posible mantener el equilibrio del sistema.

Antes de esto en 1895, Freud escribe con Breuer “Estudios sobre la Histeria”. En el Capítulo IV, “Sobre la psicoterapia de la Histeria”, hacia el final del capítulo aparece ya la transferencia expresada en lo que será la idea fundamental sostenida en los trabajos posteriores. Me refiero a la cuestión del falso enlace. Lo introduce diciendo que tratará de un asunto que en el “análisis catártico desempeña un papel indeseadamente grande” y que ante el fracaso de la presión asociativa caben dos alternativas: 1) que donde se pretende seguir investigando no haya “nada para recoger” y 2) que se haya interrumpido el trabajo asociativo por el tropiezo con una resistencia que no se pueda vencer en ese momento. Advierte luego de otra alternativa, la tercera posible, calificada como “de contenido externo”: “Cuando el vínculo del enfermo con el médico se ve perturbado y significa el más enojoso obstáculo con el que se pueda tropezar” (Freud, 1895).

Este obstáculo es llamado externo porque atañe estrictamente a la relación del paciente con el analista. A partir de aquí la idea de la transferencia queda singularmente conceptualizada y definida en la noción de falso enlace, sin excluir de la llamada resistencia externa, la ofensa y la dependencia.

En lengua castellana, falso enlace lleva también el sentido de un matrimonio donde los contrayentes celebran una boda simulada, falsa. Podemos decir que a esto llamaba Freud la transferencia, a una conexión errónea donde el paciente adscribe al analista una representación displacentera, y el analista da soporte a dicha representación que conlleva un equívoco.

Se pone en juego un supuesto, y no hay posibilidad de entrar en el juego del análisis sin entrar en este supuesto: el enlace ilusorio entre el paciente y el
analista permiten afirmar que la trayectoria de la transferencia se inicia en un simulacro para llegar a la verdad. El falso enlace posibilita la conquista del recuerdo: el paciente deberá vencer el desagrado que a veces supone recordar para llegar al deseo que forma parte del recuerdo.

Podríamos decir que aquí está la pre-historia de la noción de transferencia analítica. Primero es identificada conceptualmente como una transferencia intrapsíquica, como un desplazamiento, y luego es identificada la transferencia intersubjetiva que está hecha de la misma sustancia.

Esta bajo transferencia equivaldría a decir: estar implicado con el otro en un trayecto común. Esta generalidad ya advierte que dicha implicación estará ligada al amor.

En psicoanálisis, transferir implica siempre un objeto sobre el que se pondrán en acto los deseos inconscientes dentro de lo que llamamos la situación analítica. Por este motivo, Freud insistirá en que: en lo inconsciente las inscripciones no se pierden, se vuelven a decir e incluso se repiten incansablemente.

La transferencia analítica se define así como un “efecto de la repetición”, como una producción inconsciente dirigida a otro involucrado en ella. La transferencia como efecto de repetición va al encuentro de Freud dentro de la escena analítica. No se trata tanto de que su espíritu investigador la buscara, sino que es ella, la transferencia, la que le encuentra a él, y a pesar de sí mismo.

En el encuentro con el paciente, el analista está ahí para hacer de mediador
entre la historia que el sujeto trae y la posibilidad de ese sujeto de historizar su historia. En la llegada al análisis la historia del paciente está ligada a trozos del pasado, retazos desordenados de un relato que hasta en los casos más felices, se quiebra cada vez que pasa por los lugares del dolor.

En todo relato hay dolor, porque ordenar la historia para entregársela a
otro obliga a saber. Y el saber, al igual que el arte, duele, por estar inevitablemente unidos a alguna verdad.

En el encuentro, el analista no está dispuesto a interpretar, sino a investigar, y es esa actitud la que permite el encuentro.

El psicoanálisis no es un método que busque objetivar las conductas o el comportamiento del hombre, ¿para qué iba a hacerlo, si el mismo método está constituido por la relación intersubjetiva, que no se agota, como decía Lacan “porque es la que nos hace hombres”?

Es por esto que en el seno de la experiencia analítica aparecen transferencia y Edipo como fundamentos. La transferencia como acto, como
movimiento que se desplaza en lo intersubjetivo y donde se concretiza lo edípico y su valor mítico. Debemos recordar que los artículos de Freud sobre la transferencia: “Consejos al médico…”, “La dinámica de la transferencia”, “La iniciación del tratamiento” se publican en 1912 y 1913; es decir, son contemporáneos de “Tótem y Tabú”, pieza clave para la comprensión del complejo de Edipo en Freud.

En este sentido podemos decir: la transferencia le hace un sitio a la vida para que surja lo que funda la historia del sujeto; esa dimensión mítica coagulada por la teoría psicoanalítica en la tragedia de Edipo.

Inicialmente, Freud hablaba de transferencia refiriéndose a algo que se revelaba en el sueño. El deseo inconsciente necesitaba disfrazarse para atravesar las barreras de la censura y conseguir, en el sueño, su expresión. Los restos diurnos, los restos preconscientes del estado de vigilia iban a servir al deseo en la realización del trabajo onírico. Gracias a que el deseo se disfrazaba, decía Freud, se producía el sueño, pero para disfrazarse, la representación que no podía acceder a la consciencia debería ocultarse en otra representación, no peligrosa, del sistema preconsciente. Para que así ocurriera sería menester la existencia de una conexión (de una asociación) entre la primera y la segunda representación. Este mecanismo sería llamado “pensamientos de transferencia” y luego Freud lo designaría como un tipo de desplazamiento.

Ahora bien, demos un paso más. Decíamos que la transferencia consiste en un desplazamiento peculiar del afecto de una representación a otra. En este sentido, el analista era pensado como un resto, “un resto diurno”, ya que estando disponible para el sujeto facilitaba el desplazamiento del afecto ofreciéndose como objeto. A pesar de esto, Freud no dejaba de asombrarse a medida que observaba que la transferencia parecía formar parte esencial de la relación terapéutica. Su estudio sobre el complejo de Edipo, que tiene como texto inaugural “Tótem y Tabú” (1912-13), le empujan a integrar la transferencia ligándola a los prototipos de las figuras parentales y a la ambivalencia pulsional que caracteriza dichas relaciones.

Muchas veces se ha dicho que “nadie puede ser llevado más allá de donde quiere ir”, y decir esto equivale a reconocer que el camino del análisis tiene un límite y que no habrá posibilidad de análisis sin atravesar la sombra del sujeto. Me refiero aquí a eso de lo que el sujeto no puede prescindir, porque va con él.

En “La Iniciación del Tratamiento”, Freud nos recomienda cuidar los movimientos de apertura y cierre, y lo compara con el juego del ajedrez. Al
principio se tratará entonces de abrir el juego.

El psicoanálisis se estudia, se habla, y en el encuentro singular con el paciente se hace, se fabrica, se construye una y otra vez, y esa originalidad lo determina como único. Yo diría que esa originalidad es la que sostiene al paciente de la sociedad actual, que es:

  • Posmoderno en su sufrimiento y en su prisa por obtener respuestas,
  • Moderno en su complicidad con el dolor, y
  • Clásico en su defensa, a pesar de sí mismo, de su sistema de creencias.

Lo que sostiene al paciente expresa e incluye un tiempo anterior a la transferencia en el que dicha transferencia se inicia, así como ha sido conceptualizada para el uso del método psicoanalítico diseñado para los neuróticos. Actualmente nos vemos obligados a pensar este método, ya que hace varios años, muchos de los pacientes que llegan a nuestras consultas, aún no siendo diagnosticados como psicóticos, mantienen con la psicosis una relación de simpatía, y por ello se los agrupa bajo el nombre de “los inclasificables”. Son estos pacientes los que empujan al analista fuera de su confort intelectual, y ponen a prueba su capacidad de jugar, en el sentido freudiano más tradicional: abrir el juego.

Si la estrategia se define a veces como el “arte de dirigir las operaciones militares”, la técnica como “un conjunto de procedimientos de los que se sirve una ciencia, un arte, un oficio…” (Weissmann, 1997), entre esos procedimientos estará también la habilidad que seamos capaces de instrumentar para obtener un fin en el trabajo del análisis.

La transferencia analítica engloba, por lo tanto, la idea de método como camino, de estrategia como arte, de técnica como conjunto de reglas para lograr una modificación, y de instrumento como lo que posibilita la acción material o conceptual para lograr un objetivo propuesto.

Si la relación entre teoría y técnica se establece en términos de mutuo enriquecimiento, la relación entre analista y paciente debes establecerse en
términos de mutuo aprendizaje. No porque sus lugares correspondan a un vínculo entre semejantes, sino justamente por lo contrario, porque la relación analítica se funda en la diferencia. Porque la posición de un o y otro es diferente, es posible el surgimiento y la instalación de la transferencia. Gracias a la quiebra de los espejos, el proceso psicoanalítico puede evolucionar hacia un final: la separación del analista.

Las transferencias de Freud

En 1895, Freud renunció a la hipnosis y a la sugestión. La relación con
Charcot le había permitido descubrir la clínica de la escucha. Charcot utilizaba la clínica de la mirada con las histéricas del Hospital de la Salpetriére, mientras ellas hablaban él las mostraba a sus alumnos sin ostentar su descubrimiento: la etiología sexual de la histeria.

El pasaje de la clínica de la mirada a la clínica de la escucha será el paso de gigante que de Freud en la construcción del método. Ellas, las histéricas, le enseñan la otra escena, la existencia del inconsciente, y él las escucha.

Breuer es la relación que permite a Freud entrar en lo que luego se llamará la escena analítica. Comparte sus dificultades en el tratamiento de Anna O., y aunque Breuer rechaza la idea de insistir en la etiología sexual de las neurosis, sin proponérselo le ofrece a Freud el descubrimiento de la transferencia en la relación médico- paciente.

Su nuevo amigo Willhelm Fliess estimula su intelecto y le ayuda a luchar contra el desánimo provocado por su autocrítica feroz. Freud tiene un sueño y Fliess lo interpreta asociándolo con el sexo. Se había iniciado una relación de transferencia en la que Fliess se prestaba como interlocutor atento y admirado por Freud. No había relación de paridad. Uno deseaba hablar de sí mismo, de sus errores, de sus tropiezos, ante otro al que le suponía un saber. Aunque la relación Freud- Fliess no haya respondido a la regla analítica en su sentido estricto, en esa relación se cuajan lo que luego serán los desarrollos freudianos sobre la noción de transferencia. Fliess era para Freud ese otro admirado, heredero del amor a su padre.

En 1908, en el prefacio a la segunda edición de “La Interpretación de los Sueños” dice: “este libro… tiene un significado subjetivo que solamente he captado una vez que la obra se ha terminado. He comprendido que era un trozo de mi análisis, mi reacción a la muerte de mi padre, es decir, el acontecimiento más importante, la pérdida más desgarradora en la vida de un hombre”.

Podríamos añadir que Fliess reunía otras condiciones que posibilitaban una relación desigual y tolerable para Freud: 1) Fliess no era psiquiatra, era otorrinolaringólogo, lo cual disminuía la rivalidad imaginaria; 2) sus teorías no eran ni del todo entendidas ni del todo respetadas en el ambiente médico, llegando a ser incluso descalificadas por resultar demasiado imaginativas y poco científicas, lo que permitía una proximidad imaginaria; 3) Fliess vivía en Berlín, lo suficientemente lejos como para que la idealización requerida durase más tiempo.

Articulación de las nociones de transferencia y Edipo

El padre y su función es la noción que articula en la obra de Freud el concepto de transferencia y el complejo de Edipo.

La función del padre en el campo conceptual del psicoanálisis tiene el lugar de operador simbólico ahistórico. Como referente no es asignable a la historia, pero paradójicamente está inscripto en el punto de origen de toda historia, de ahí que Freud recoja de la mitología griega el mito de Edipo.

Como ha dicho Anzieu: “Freud terminó la invención del psicoanálisis como ciencia específica, diferente de la biología y de la psicología, reconociendo que la neurosis, y también el porvenir humano se interpretan sobre el mito de Edipo” (2001).

El padre simbólico del que habla Lacan es un universal y de ahí procede la esencia de su necesidad. La función del padre simbólico es la responsable de estructurar la vida psíquica del sujeto. Por esto Lacan dice que el padre que está en cuestión en el Edipo es el padre muerto. Es decir, la función simbólica se aposenta en la ausencia. No hay forma de ser humano y hablante sin el sometimiento a la función simbólica paterna que sujeta al sujeto a su destino sexual.

Querría retomar algunas cuestiones que podríamos decir – conceptualmente- enriquecen la perspectiva de la noción de Edipo teniendo en cuenta algunos aspectos de la obra de Freud y Lacan.

No es posible hablar de complejo de Edipo en la teoría psicoanalítica sin referirse a las relaciones tempranas del niño con el objeto primordial: la madre. La obra de Freud ha mostrado la fuerza de la relación materno- filial, en tanto relación primera e inevitable, poniendo de manifiesto la fuerza no sólo de la relación sino la fuerza del deseo de la madre. Conocemos con el nombre de desarrollo de la líbido, a las consecuencias de la historia de esa relación. La originalidad de este cuerpo teórico reside en el hecho de que Freud advirtiera el aspecto gravemente conflictual que inaugura ese desarrollo. Masotta resumía: este principio de la vida sexual refiriéndose a la historia de la sexualización del cuerpo en un mal lugar.

El hallazgo freudiano en los desarrollos sobre el complejo de Edipo consiste en sumar, en pensar al hombre en un juego intersubjetivo en el que participan al menos tres. Edipo, como concepto psicoanalítico agrega a la dualidad especular: madre- hijo, la mirada del 3º, el padre. Este pasaje del dos al tres posibilita, inicia y facilita el acceso a una nueva perspectiva para que el sujeto se piense a sí mismo. (Ilustrar esta idea resumiendo el concepto de Edipo en Freud y Lacan).

Ahora bien, no podemos dejar de lado lo que hay en Edipo además del mito, la tragedia. Para algunos filósofos, por ejemplo Aristóteles, la tragedia era “una imitación , no de personas, sino de acción, de vida, y de felicidad y de miseria. Por eso se dice que la tragedia es posible sin personajes pero no sin acción” (Ferrater Mora, 1994).

Aunque según las diferentes filosofías del siglo XIX y del XX, la tragedia y el sentimiento de lo trágico tienen diferentes lecturas, coinciden en general con una de las afirmaciones Hegel al respecto. Hegel dice que en la noción de lo trágico hay tres elementos que insisten: la tensión, el conflicto y la contradicción; estos tres elementos serían inherentes a lo trágico.

Para los griegos el sentido trágico es definido como el hambre de lo real,
y de la necesidad de purgarse del gran pecado de la existencia: la individualidad.

El psicoanálisis propone sustituir la individualidad por la subjetividad, colocándonos más cerca de los griegos que de las ciencias cognitivas, apostando por un hombre que desea más que por un hombre medible. Los trabajos de Freud sobre el Edipo vienen a afirmar que no hay independencia sin deseo. Mientras que el solo hecho de desear asegura nuestra dependencia, porque no es posible ser sin el otro.

En este sentido la sociedad actual es antigua, aunque no sea capaz de reconocer su tragedia. A pesar de las depresiones y los psicofármacos el hombre actual no consigue borrar de su horizonte ni la desgracia, ni la muerte, ni la violencia; en todo caso las entroniza. Es por esto que lo edípico y la función del padre tienen la actualidad de lo antiguo. El hombre del que habla el psicoanálisis es un “hombre trágico”, tal vez no sea demasiado seductor, pero no acepta ser reducido a un modelo neurofisiológico.

A partir de 1938, Lacan propone una revisión del modelo edípico de Freud y apoyándose en “Las estructuras elementales del parentesco” de Levi- Strauss, encuentra instrumentos teóricos para rescatar de la decadencia sufrida a la función paterna.

Como en todo rescate, ya sea de una función, de un concepto o de un sujeto, de un lugar de desvalorización, también la función del padre y la función del analista se han instalado inevitablemente en algunos momentos en una idealización elitista del estar del analista en detrimento de su ser y su destino: la práctica clínica en el marco de la salud mental.

Si como ha dicho Starobinski, “Edipo simboliza lo universal disfrazado de destino…” (1967); yo diría que la transferencia hace del amor un destino, donde no hay víctimas ni crimen ni castigo, donde sólo hay tiempo para lo inconsciente.

Mientras Edipo convoca al pasado, la transferencia es presente, es un acto de hablar donde se ordenan las acciones del pasado que vienen cargadas de las lenguas de otras generaciones.

La repetición en la transferencia después de ser interpretada permitirá la rememoración. Rememorar una escena, en la situación analítica es representársela ante sí mismo, siendo el sujeto protagonista y espectador, compartiendo a la vez con otro la intensidad emocional que se ha puesto en marcha. “La palabra necesita ser pronunciada” (Lledó, 1999). Aunque esto es un gesto social enuncia el carácter particular del lenguaje.

Quien dice, objetiva en cierto sentido en la medida que decir obliga a retirarse, a tomar una distancia de lo dicho, y a la vez decir pone en juego la intersubjetividad. Esta distancia objetivante, surge en el juego del análisis, en ese simulacro que también es la transferencia, simulacro que captura la disparidad constitutiva de la relación analítica. Allí es donde la búsqueda del paciente se produce a condición de volver a pasar por aquellos lugares por donde preferiría no haber estado.

Edipo representa el lugar de la pregunta, esa pregunta que retorna incansable porque el mito dice que al oráculo se le pregunta, “pero la respuesta del oráculo es a su vez un enigma” (Deleuze, 1988).

Para terminar, propongo la siguiente pregunta, retomando a los griegos: lo enigmático de la historia del sujeto, ¿no consistiría en el hambre de lo real propia de la ambivalencia pulsional?, ¿no será esta su tragedia?

Bibliografía

Anzieu, D.: “Psicoanalizar” Ed. Dunod, París, 2001.
Basz, Berenstein, Chamorro y otros: “El Edipo y la clínica freudiana”. Helguero Editores, 1978.
Bonnet, G.: “La transferencia en la clínica psicoanalítica”. Amorrortu Editores, 1996.
Cabral, A.: “La ilusión, la creencia y la cura analítica”. Revista de APA. Tomo LIV, num. 1, 1997.
Dor, J.: “La función del padre en psicoanálisis”. Gedisa Editorial.
Deleuze, G.: “Diferencia y repetición” Ed. Júcar Universidad 1988.
Ey, H.: “El inconsciente”. Coloquio de Bonneval
Ferrater Mora: Diccionario de filosofía. Ed. Ariel, 1994
Freud, S.: “Proyecto de una psicología para neurólogos”; “Consejos al médico…”; “La iniciación del tratamiento”; “La dinámica de la tranferencia”; “La interpretación de los sueños” Capítulo VII; “Tótem y Tabú”; “Análisis Terminable e Interminable”; Obras completas. Amorrortu editores.
Lacan: Escritos I. Ed. Siglo XXI. “El mito individual del neurótico” En intervenciones y textos, Ed. Manantial, 1985
Lagache, D.: “La teoría de la transferencia” Ed. Nueva Visión, 1975
Laplanche- Pontalis: Diccionario de Psicoanálisis. Ed Labor, 1977.
Laplanche, J.: “Interpretar [con] Freud y otros ensayos”. Ed. Nueva Visión, 1978.
Lledó, E.: “El silencio de la escritura” Colección Austral, 1999.
Levi- Strauss: “Las estructuras elementales del parentesco” .
Mannoni, O.: “El descubrimiento del inconsciente”.
Rudinesco- Plon: “Dictionnaire de la psychanalyse”.
Rudinesco, E.: “La batalla de cien años” Tomo I. “¿Por qué el psicoanálisis?” Ed. Paidós, 2000.
Sófocles: “Edipo rey”.