Ponencia presentada en las Jornadas sobre Migración e Inserción Social: su influencia en la estructura psíquica. (Madrid, 22 de febrero del 2003), organizadas por APICE

Introducción

Asumiendo que toda emigración responde a la estrecha solidaridad existente entre el forzamiento del entorno y el deseo inconsciente y que la voluntad sería una función que da soporte a los dos elementos citados y como no es posible hablar sin recortar, se impone una distinción en dos grandes grupos, desde el punto de vista de la relación psíquica del emigrante con su tiempo:

1) el emigrante que elige irse sin estar forzado a hacerlo porque su vida no esta en peligro y aún habiendo podido optar por quedarse, toma una decisión en el presente en la que compromete su futuro y
2) el emigrante que se tiene que ir porque solo cuenta con su presente. Éste se va a pesar de sí mismo, de ahí que se les agrupe bajo el nombre de emigrantes involuntarios. El exterior ejerce una violencia sobre el sujeto y esto obliga a un movimiento físico y psíquico de corte con el presente.

Emigrantes

Me referiré al primer grupo, a los que tienen el privilegio de elegir, a los emigrantes voluntarios y a la expresión imaginaria del impacto psíquico ante una violencia que aunque propiciada por el exterior se ejerce desde el interior del sujeto: un corte con ese presente que discurre en el deseo de construir un futuro, donde el pasado falta y lo único seguro es lo que se ignora. Donde el deseo de continuidad es en otro lugar, que no es el lugar del origen.

La hipótesis a tener en cuenta sería la de un posible desgarramiento en la trama del tiempo psíquico que impactaría en una antigua huella, enlazada al episodio actual: emigrar. Éste episodio desencadenaría un efecto inevitablemente ligado a aquella huella errante del desencantamiento inaugural.

Los destinos de éste impacto llevarían hacia la herida narcisista, cuya resolución no está garantizada, y a la coexistencia por parte del emigrante con la historia herida de la que será exclusivo portador durante el resto de su vida.

Y así llegamos a la segunda parte del título. Lo que encanta está en el origen y por ello el emigrante voluntario está sujeto al desencanto y del corte que sea capaz de realizar con esa sujeción dependerá su por- venir.


Desde su nacimiento el niño tiene la posibilidad de ligarse a su madre, al entorno, y en última instancia a otro a través de una experiencia especular, un verdadero acontecimiento psíquico que produce un efecto de encantamiento. Gracias a él se produce la identificación con la especie y será esta identificación la que la perpetúa.

Eliot decía que la especie humana no soportaba demasiada realidad.

Cyrulnik, uno de los fundadores de la etología humana, afirma que: “El anzuelo nos atrapa porque tiene aspecto de verdadero, mientras que la ilusión nos seduce por su falsa apariencia…El anzuelo nos atrapa porque constituye una superapariencia … mientras que la ilusión nos retiene porque nos hacemos cómplices de lo que percibimos”.

La imagen como señuelo estaba ya en la hipótesis que se recrea en un conocido y sugerente texto de Lacan:

“El Estadio del Espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”. Este ensayo sobre el acto inaugural de constitución del yo, construye un artificio de indudable trascendencia teórica y utilidad práctica.

Muestra como el “Yo” se precipita en su matriz primordial soldando un cuerpo fragmentado con la sustancia imaginaria y ofreciendo el sentimiento de unificación que neutraliza el despertar de la angustia.

Disipar la falta hasta borrarla, es justamente, la función imaginaria del yo; actuar como un placebo que apacigua la angustia contando con un único artificio, el encanto de la silueta narcisista.

Sintetizar de ésta forma la hipótesis del hallazgo de la imagen, el júbilo con que es recibida, en tanto el Yo es fundamentalmente una imagen, y donde el sujeto encuentra una identificación que le fascina, nos permite recordar que la entrada en el mundo imaginario también significa para el sujeto “una acto que lo desarraiga y lo expulsa de su propia naturaleza” (Berenstein,2002) ya que es un acto psíquico que por un lado marca el triunfo de la cultura y por el otro un duelo por la pérdida del paraíso natural.

Luego, en el acto de emigrar, retorna aquel duelo por la pérdida de aquella armonía y el sentimiento de haber sido desterrado de sus referentes.

El desencanto

Estar encantado, equivale así a estar cautivado, cautivo del otro y de un entorno que se ofrece como un tiempo identificante. Estar cautivado conlleva también la idea de capturar mediante los sentidos quedando vinculado a otro.

Desde el principio de la vida la relación con la imagen y con el otro cumple esta doble función: de constituyente y constituída.

Es el doble juego de mutua influencia de un organismo vivo sobre otro, de un cuerpo frente a otro, de una palabra frente a otra, que transforma la pertenencia a la especie en el obligado placer de co-existir.

Identificarse es tomar posesión de la imagen, poner en marcha una relación de continuidad con el otro y con lo otro, y mientras tanto el hombre se humaniza, intenta bloquear la angustia de la fragmentación buscando un sentido, siendo esta búsqueda de sentido el motor que fabrica la cultura.

Así como lo que a un paciente lo lleva al análisis es el displacer, así como la confrontación con el malestar expulsa al niño fuera de la fascinación que lo constituye, el no poder postergar el encuentro con el desencanto empuja al emigrante fuera del origen.

La caída de los ideales, sostenedores del narcisismo arrastra con él, un tiempo identificante, una historia y con ella el deseo de permanecer unido a los sueños que ligan a la tierra. Son estos sueños los que nutren las raíces que sujetan al encanto de un país.

Entiendo la palabra desencanto en el juego ilusorio del amor, como la que nombra el principio de un desgarro, cuyo futuro dependerá de la capacidad del sujeto para soportar el dolor psíquico.

Momento de desencanto que equivale al momento de re-significar la identidad, en una re-edición de la búsqueda unificada de la imagen, para ahuyentar una vez más la amenaza de la muerte.

Tanto el hombre como el animal cuando conocen el miedo, si no se someten a él, se ven impulsados a la acción. Pero para salir del miedo y del desencanto no es suficiente con irse, será menester atravesar la experiencia del desarraigo, de un tipo de dolor que queda ligado a lo traumático.

En “El malestar en la cultura”, Freud, habla del dolor en el sentido del origen latino de la palabra que significa sufrimiento y pena y deja claro el irremediable antagonismo entre los imperativos pulsionales y las restricciones que vienen impuestas por la cultura. En éste texto insiste en el sufrimiento que amenaza al hombre desde tres fuentes: el propio cuerpo, las relaciones con los otros, y el mundo exterior.

En el caso del emigrante estarían comprometidas las tres fuentes y por ello cabría preguntarse si como hecho psíquico, el emigrar, no dejaría una huella traumática y un narcisismo herido como herencia.

Hablemos ahora de los posibles destinos de este dolor: duelo ó melancolía.

Freud dice en 1917: “El duelo es, por regla general, la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc. A raíz de idénticas influencias, en muchas personas se observa, en lugar de duelo, melancolía (y por eso sospechamos en ellas una disposición enfermiza).”

Ahora bien, cuando el sujeto deje de estar habitado por el dolor, una vez que haya concluido el trabajo del duelo, sabemos que lo que antes fue desarraigo podrá devenir un atributo para el sujeto ya que la fidelidad incondicional a las raíces ofrece resistencia al desarrollo.

El objetivo será retirarse de la posición de sujeción al desencanto porque como todo encantamiento encierra el riesgo de que cuando se rompan los espejos surja la melancolía.

Cuando el destino del dolor es la melancolía, puede llegar a aparecer en el sujeto una xenofobia invertida, un fuerte sentimiento de rencor hacia el país que le acoge, acompañado de desprecio y descalificación hacia los otros y su forma de vida. La consecuencia es la queja. Un despliegue de insatisfacción que se recrea en la nostalgia y crece en la ingratitud. Estos grupos de inmigrantes se ajustan a la definición que hace Elías Canetti de masa cerrada: “Ésta renuncia al crecimiento pone su mira principal en la perduración…La masa cerrada se establece, se crea su lugar limitándose…gana en estabilidad lo que sacrifica de posibilidad de crecimiento. Se halla protegida de influencias externas … Pero cuenta además y especialmente con la repetición.” Canetti, 2000).

Cuando el destino del dolor es el proceso de duelo, como escribe Freud en Lo perecedero (1916): “el duelo, por doloroso que pueda ser, expira de manera espontánea. Cuando acaba de renunciar a todo lo perdido, se ha devorado también a sí mismo, y entonces nuestra líbido queda de nuevo libre para…sustituirnos los objetos perdidos por otros nuevos que sean…tanto o mas apreciables…”

A modo de conclusión señalaré que: A la hora de decidir irse, el que decide es Yo.

Dice el diccionario que la palabra DECICIR, significa: cortar la dificultad. Y dice el Yo que su dificultad ante la caída del Ideal, no es solo soportar la herida narcisista, sino también convivir con su historia herida.

Por esto podríamos decir que el buen pronóstico del sujeto que emigra pasará por estar dispuesto a historizar una herida, sabiendo que será portador de una “historia interminable”.

La herida cicatrizará lentamente y se volverá a abrir de tanto en tanto.

La historia herida implica construir un destino en su doble sentido: destino como determinación y destino como meta. La historia herida marca y divide la trayectoria del sujeto.

Habría que puntualizar entonces, las siguientes diferencias que simultáneamente inciden al partir:

  1. el pasado falta pero tiene presencia,
  2. la presencia no es lo mismo que el presente,
  3. la historia no es lo mismo que el pasado,
  4. la herida narcisista no es lo mismo que la historia herida.

Y en el trabajo del duelo:

  1. la historia es el pasado historizado en presente, cuando el sujeto se pregunta ¿cuál es su lugar en la historia y dónde le reconocen en ella?
  2. para que la historia pueda ser revelada será menester la presencia del deseo,
  3. la significación de la historia permite subjetivar la herida narcisista y posibilita su resolución.

Luego, aquello que desencantó al emigrante ha sido también motor de su crecimiento. Se siente en deuda con el país de origen porque desencadenó su partida. En el encuentro con lo nuevo tendrá que domar el miedo, la omnipotencia, y la desconfianza para evitar el desencuentro. Serán sus recursos psíquicos los que le permitan que siendo extraño, incluso extranjero respecto para si, pueda recuperar la intimidad en lo otro, en lo ajeno y conquistarse a sí mismo.

Por todo esto, el emigrante durante el tiempo del duelo, se echa de menos, se oculta a sí mismo buscando desesperadamente parecerse a su ser, y recordarse habiendo sido cuando alguien en el nuevo país le llame por su nombre…

Y si es necesario, como dijo Freud: “Lo construiremos todo de nuevo, todo lo que la guerra ha destruído, y quizá sobre un fundamento mas sólido y mas duraderamente que antes”.

Para terminar he elegido fragmentos del discurso de un emigrante y poeta, León Felipe:

Voy con las riendas tensas
Y refrenando el vuelo,
porque no es lo que importa llegar solo ni pronto
sino llegar con todos y a tiempo.
1

Pero para que no se pierdan estas palabras ni se pudra en la tierra la semilla de la justicia humana, hemos aprendido a llorar con lágrimas que no habían conocido los hombres…

El llanto es nuestro
Y la tragedia también,…
Porque aún existe el llanto,
El hombre está aquí de pie…
2

Bibliografía

Canetti, E: Masa y Poder. Muchnik Editores, 2000.
Cyrulnik, B: El encantamiento del mundo. Gedisa Editorial, 2002.
Berenstein, A: Vida sexual y repetición. Editorial Síntesis, 2002.
Rascovsky, A (coord.) y otros: El dolor. Mesa redonda. Revista de psicoanálisis. APA. Tomo LIV, nº 1 – 1997.
Freud, S: Recordar, repetir y elaborar. (1914); Duelo y Melancolía. (1917);
La transitoriedad. (1916); La negación. (1925); El Malestar en la Cultura. (1930); Análisis Terminable e Interminable. (1937) Amorrortu Editores.
Lacan, J: “El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”. Escritos I . Editorial Siglo XXI, 1971; “La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis”. Escritos I. Editorial Siglo XXI, 1971. Seminario I: “Los escritos técnicos de Freud”, La tópica de lo imaginario. Editorial Paidós, 1991.
Le Poulichet, S: La obra del tiempo en psicoanálisis. Amorrortu Editores, 1996.
León Felipe: Obra poética escogida. Selecciones Austral. Espasa-Calpe.1980.