Reflexiones sobre la transferencia

Introducción

A la hora de organizar la exposición no resulta difícil, en este caso, saber de qué se quiere hablar. La cuestión es el cómo hablarlo. ¿De qué manera damos una secuencia al discurso, para que el oyente no sólo escuche sino además capte nuestra intención y le interese lo que le queremos contar?

Esta dificultad con la que a veces tropezamos al preparar la exposición de
una idea a trasmitir, nos sitúa de lleno en el núcleo de la cuestión de la transferencia. Si para Freud el amor de transferencia, como todo amor, abriga el sueño del “amor para siempre” y este sueño legitima a la transferencia como el método analítico por excelencia, el campo analítico es un terreno abonado por el conflicto y el tropiezo.

El título que he elegido para la charla de esta noche: “El estilo del padre” ya advierte de mi filiación freudiana y ya en esa elección se enuncia que mi interés por el método analítico está centrado en la transferencia en su dimensión histórica o en la historia transferida, siendo allí donde encuentro la esencia de lo que Freud identifica al introducir la asociación libre: un inconsciente que repite la melodía de Edipo.

La transferencia en su dimensión histórica nos dice que los datos no son los que organizan el relato, sino los avatares del amor, que les acompaña como una sombra, son los que mueven los hilos que hacen hablar a sus personajes.

El nacimiento del psicoanálisis coincide con el del siglo XX y dota al
hombre de lo que escapa a la medición sistematizada de lo dicho, de lo no- dicho, de lo que se borra, o de lo que se graba y ante la pregunta del paciente por su sufrimiento, el psicoanálisis advierte que la simetría es ilusoria y que sólo la diferencia, siempre violenta, es la que señala al sujeto como “único” y permite situarlo formando parte de alguna historia de amor, que antes o después retornará en la relación con el analista.

A las nuevas tecnologías de la comunicación y de archivo de datos, se les
escapa aquello que no puede ser atrapado ni en una tesis ni en una propuesta concluyente. Aunque para algunos sólo sea valorable la eficacia del “de prisa- de prisa” y el ritmo vertiginoso de la modalidad pulsional que nunca tiene tiempo; ya se ha hecho evidente que si el sujeto no es capaz de detenerse para que el pensamiento opere, no habrá avance tecnológico, ni sistemas de seguridad capaces de ponernos a salvo de la tiranía de la pulsión de muerte.

En este sentido, el mensaje freudiano es rotundo y yo lo resumiría así: el deseo inconsciente no encontrará nunca una razón suficiente para
resignar el saber. Esto se afirma en el mismo momento en que Freud opone el psicoanálisis a toda propuesta de resignación.

Actualmente, la transferencia continúa siendo instrumento de producción
de pensamiento inagotable, “la tierra prometida” de aquel judío centroeuropeo con el que estamos transferidos. Mientras el analista trabaje para que se siga moviendo el oleaje inconsciente, habrá abandonado el sueño del objeto armónico, el falicismo imaginario, que cuando invade la escena analítica, consigue reducirla al callejón sin salida del “dato real”.

En ese caso, habrá sido capaz de mantener su labor en el estilo del padre, donde la marca de la castración impide que la “tierra prometida” se vuelva “una tierra sin ley”.

Campo de la transferencia

Lo primero a recordar es que este campo es de retorno y demuestra que el retorno a los fundamentos del saber antiguo permite el surgimiento de nuevos saberes.

En el inicio de todo trabajo analítico, el analista debe estar advertido de que le tocará sortear al menos tres obstáculos:

1) Transformar la queja en una pregunta susceptible de análisis, es decir, transformar la demanda inicial en demanda analítica.

Ésta no es tarea fácil. En el caso del consultante que trae una pregunta, tenemos posibilidades de éxito; en caso del que trae una queja, la situación es más compleja, ya que con la queja suele venir la exigencia de que le quiten su malestar. Transformar la demanda inicial en demanda analítica implica interrogarse cómo se coloca el analista, ante el amor. Hay analistas que afirman que de lo que no cura el psicoanálisis es de la demanda de amor, luego habrá que conseguir sin curarlo, que ante el amor el sujeto se retire de ese lugar exclusivamente demandante.

2) Suspender la urgencia y dar paso a la espera:

Ya que si el que consulta consigue alejarse de la prisa “para que duela menos…” tendrá la oportunidad de transitar como dice Korman “por el submundo pulsional que yace a la espera…”. Esto implica también que la relación del paciente con el tiempo ha cambiado. Ese giro aumenta las posibilidades del dispositivo analítico, ya que el deseo necesita darse tiempo tanto en el sueño como en la transferencia. La “huella errante” de los episodios infantiles a veces inadvertidos o no- reconocidos “tiene el poder de atravesar los tiempos de incógnito, para desencadenar de repente una presencia nueva donde no se la esperaba” (Le Poulichet). El trabajo elaborativo del que hablaba Freud en el capítulo VII de La interpretación de los sueños consiste justamente en una experiencia temporal capaz de engendrar un lugar para un acontecimiento psíquico como es la transferencia.

Suspender la urgencia implica también: ¿cómo se coloca el analista frente al tiempo? Teóricamente sabemos que el objeto del psicoanálisis es el inconsciente, y en la práctica clínica podríamos decir, que nuestro objeto de trabajo es el tiempo: el tiempo de decir, el tiempo de callar, el tiempo de esperar, el tiempo de escuchar, etc.

3) Facilitar que los síntomas que han provocado la consulta se retiren del lugar central que ocupan:

Que dejen de bloquear el discurso unidireccional y cerrado en la queja, y se le haga sitio al otro universo psíquico que ha permitido al sujeto pedir ayuda.

Apartar del punto de mira a los síntomas abre una pregunta para el analista: ¿cuál será su posición frente a su deseo de eficacia o qué hará para
despreocuparse de ella?

Dejar hablar al síntoma no es sólo una fórmula teórica, es además invitar a la repetición al encuentro con el analista, darle un lugar para que a través de ella (de la repetición) se desarrolle la transferencia, y paradójicamente, a base de repetir y desviar, surja para el sujeto otro encuentro; en este caso, en el lugar donde aún es libre. Es decir, se trata de conseguir que el síntoma del que el sujeto se duele, devenga síntoma en análisis, y que la neurosis que trajo al paciente se transforme en neurosis de transferencia.

Cuando Freud habla del juego del Fort- da! En “Más allá del principio del placer” no sólo disuelve el sueño de complementariedad, sino que se ocupa de subrayar:

a) el trabajo del niño para construirse como sujeto partiendo de la oposición entre ausencia y presencia.

Ausencia- presencia son un par de opuestos, no un par de complementos, y del juego de la oposición llega a señalar el valor de la ausencia: lo podríamos formular así, allí donde hubo algo, o alguien, ahora hay ausencia para que se inscriba la presencia de lo simbólico. Esta cuestión, esencial para mi gusto, para entender la noción de transferencia en Freud, y el lugar del analista en disposición de ausentarse, de ser destituido, en diferentes momentos del análisis y en particular hacia el final del análisis, conecta con el mito de Edipo sobre el que volveré luego.

b) Al titular al texto “Más allá …”, Freud subraya el reino de la pulsión de muerte, la sustancia nutriente de la repetición y del síntoma y que el trabajo analítico deberá barrer del lugar de un goce sin límite, y como dice R. Zygouris en su trabajo “Polvo de estrellas”: “para que eso ocurra no le alcanzará al analista en las garantías de una buena formación teórica, más le vale que le asista el talento”.

c) Por oposición a la pulsión de muerte queda señalado que la pulsión de vida también existe y parece haber sido la hija olvidada, en tanto el desgarro y el sufrimiento han acaparado la mirada más profunda y más concienzuda de la literatura psicoanalítica.

Tal vez no estaría mal recuperarla (aunque digan que con el tiempo todo se estropea y los que corren no son tiempos fáciles), recuperarla decía no desde el reproche de la hija olvidada para evitar venganzas intelectuales, sino como una vieja dama indigna y deseante.

En 1895, en comunicaciones confidenciales hechas a Fliess, Freud hace algunas generalizaciones de largo alcance. Mantiene a su amigo e interlocutor preferencial (en aquel momento), bien informado, enviándole anécdotas de casos, sueños, borradores de artículos, donde registraba descubrimientos y afirmaciones que no siempre se atreve a hacer públicas. Ha llamado mi atención una afirmación que hace Freud a Fliess, dice: “un hombre como yo no puede vivir sin una manía, sin una pasión dominante, sin un tirano, y él ha llegado a mi vida. Y a su servicio ya no conozco moderación ninguna. Es la psicología”.

Entre 1902 y 1910, después de que su paciente Dora interrumpiera el tratamiento en enero de 1901, reconoce que “se siente herido” por lo abrupto del final, comprueba que no había reconocido la transferencia de Dora y admite no haber sabido reconocer “su propia transferencia” con respecto a Dora y como lo recuerda Peter Gay “la acción de lo que llegaría a llamar contratransferencia se le había escapado por completo de su auto- observación analítica”.

Ahora bien, ¿acaso aquel tirano sin rostro no era el amor de transferencia? ¿no era la transferencia con Fliess lo que le permitía a Freud desplegar sus borradores, sus descubrimientos, dentro de ese sueño de amor para siempre que habita el campo de la transferencia? ¿el amor y el tiempo no son acaso dos rasgos de estilo en el método freudiano?

Con ocasión del congreso de Nuremberg en 1910, escribe: “ningún psicoanalista puede llegar más lejos de lo que le permitan sus propios complejos y resistencias internas” y mientras tanto en “Las perspectivas futuras de la terapia analítica” advierte de la transferencia del analista en su relación con el paciente, señalándolo como un problema técnico complejo, ya que era conocedor de un afecto que surgía en el analista como consecuencia “de la influencia del paciente en los sentimientos inconscientes del primero”.

Luego Freud sabía que el síntoma empieza implicando al analista y en tanto se instale la neurosis de transferencia, acaba anudándose completamente a él. Con lo cual transferencia e inconsciente resultan nociones estrechamente ligadas.

Si compartimos la idea del carácter relacional del inconsciente, los síntomas serán el patrimonio que el paciente viene a invertir en la empresa común que constituye la cura que tendrá como norte el enigma que encierra el dolor psíquico.

En el síntoma hay una pregunta que también va “más allá” del texto manifiesto: ¿porqué me pasa esto? En el texto manifiesto la búsqueda va detrás del sentido, para el texto latente la desarticulación del dolor llegará también desde el sin sentido ya que es allí desde donde se puede movilizar la estructura psíquica a través de lo que solemos llamar el trabajo arqueológico del discurso.

Evolución de la noción de transferencia en Freud

En un primer momento propone un método de trabajo terapéutico y se encuentra con que ese método produce un proceso. El método era la asociación libre y el proceso producido: la transferencia. El método es elegido en tanto ya había descubierto el objeto que iba a investigar: el inconsciente. Su propuesta “hablar sin pensar” era el camino para llegar hasta él. Lo que el método produce, la transferencia, se la encuentra, lo sorprende. Al escuchar a los pacientes algo se produce, algo ha sido trasladado de un sitio a otro para que se deje ver lo que estaba reprimido. Dice Joël Dor que Freud “encuentra allí la marca de la transferencia”. Freud nos habla de esta marca en el capítulo VII de La interpretación de los sueños.

Por lo tanto, Freud asocia transferencia y repetición; se da cuenta de que la asociación libre construye un espacio discursivo, con una temporalidad, donde el paciente se- mira- ser a través de sus ideas, como decía el filósofo J. Shlanger, ya que “la vida de las ideas nos es tan indispensable como el oxígeno”.

Al señalar la noción de transferencia asociada a la de repetición, indica el camino de acceso a lo inconsciente:

Mientras la repetición se muestra como el mecanismo que pone en marcha el retorno de lo reprimido, la transferencia pone en marcha el desplazamiento de las representaciones al analista, facilitando la repetición en la transferencia. Ahora bien, para que el sujeto llegue a conocer la significación de tales representaciones, habrá que introducir un cuarto elemento, la interpretación. Hasta ahora teníamos inconsciente, transferencia y repetición. La interpretación de la transferencia será lo que permita que la repetición deje paso al recuerdo.

De esta manera la repetición fue colocada en el lugar de motor de la cura. A esta idea se va a adherir Lacan, agregando que la repetición podría considerarse resorte de lo simbólico, siendo así lo simbólico lo que ocuparía el lugar de motor de la cura sustituyendo a la repetición.

En cualquier caso, la suma de los postulados de ambos autores la resumiría diciendo que: parece ser una operación metafórica lo que funciona como motor, mientras la repetición interpreta la melodía de Edipo.

En un segundo momento se produce un nuevo hallazgo freudiano: la transferencia pensada antes como instrumento puede transformarse en obstáculo.

Su sustancia es el amor y todos sabemos que el amor da problemas. El amor suscitado por al transferencia, dice Freud, da paso a la resistencia. Nos hace saber que cuando algo obstaculiza las asociaciones libres, alguna idea de transferencia está asociada al analista. De aquí que para varios autores este es el momento en el que Freud intuye la intervención del deseo del analista como cómplice en la resistencia.

En un tercer momento la resistencia adquiere aún más protagonismo y se la acaba considerando equivalente a la transferencia negativa. Va a ser en la persona del analista donde Freud sospecha la resistencia. Sabe que también en la resistencia hay un “más allá”… donde el analista se vuelve extraño y rechazado en tanto encarna la exigencia de la castración.

Si “Más allá del principio del placer” estaba la pulsión de muerte, “más allá” de la resistencia (o bien de este amor que hace obstáculo) está la confrontación con la castración y allí tanto el paciente como el analista juegan de “partenaires”.

Por lo tanto la resistencia está también del lado del analista y de allí el carácter subversivo de la transferencia, ya que hasta resistiéndose el sujeto activa algo verdadero de su deseo.

Cuando se dice que “el psicoanálisis es una experiencia del discurso”, se dice que en el campo de la transferencia hay una lógica discursiva que forma parte de las transformaciones del sujeto. La envoltura del discurso es deseante y dicha envoltura se hace cuerpo en la transferencia.

El paciente trae al analista “eso” a lo que se refiere como su “realidad material” y entre tanto desvela sus productos inconscientes. Por ello viene a averiguar hasta qué punto el analista está dispuesto a invertir deseo, para soportar junto con él el peso de lo real.

La disponibilidad del analista para ocupar ese lugar al que es llamado, facilitará las vicisitudes del trayecto y permitirá al sujeto desplegar su fantasma haciéndonos saber ¿que hay allí que lo obtura?

Por otra parte, si aceptamos que los enigmas del analista no se resuelven por la vía académica, sino por la analítica, tendremos la precaución 1) de no sacralizar la teoría, 2) de no desestimar el orden psíquico que la teoría impone al analista y 3) de no olvidar la dimensión terapéutica de un dispositivo que aunque limitado tiene la posibilidad de hacer crecer sus recursos. La afirmación socrática “sólo sé que no sé…” resume una buena sugerencia para los practicantes de este oficio.

La historia que el sujeto construye con el otro consiste en la rememoración. A la vez rememorar para un otro viene posibilitado por el hecho de transferir.

Para el sujeto no es posible no- transferir. Hablar con alguien conlleva transferir, ya que ese otro elegido para hablar es a quien se le supone un atributo, del que nos suponemos faltantes. Así como ocurre en el principio de la vida, al otro necesitado, al otro demandado, como el analista, se le supone un saber.

Decía Freud en una entrevista que le fue realizada en 1930: “El psicoanalista es como el chivo expiatorio de los hebreos. Los demás depositan en él sus pecados. Ha de ejercitar su arte a fondo para desembarazarse de las cargas que se le imponen…”.

El deseo del analista, concepto elaborado por Lacan, es solidario de esta afirmación de Freud y compromete con una posición ética solidaria del deseo.

En cuanto al deseo de Freud, yo diría que es allí donde reconozco su estilo.

Si hasta aquí hemos transitado por la transferencia me gustaría ahora hacer algunas puntuaciones sobre el concepto de inconsciente y la imposibilidad de separarlo de la noción de transferencia.

Puntuaciones sobre el concepto de inconsciente

En primer lugar inconsciente es una palabra elegida por Freud para nombrar otra oposición y la ausencia será lo que la defina. Freud nombra con inconsciente “lo que no es consciente”, lo que es ajeno o está ausente en la conciencia. El prefijo “in” advierte que donde está la conciencia, “eso”, no está.

Por lo tanto para Freud la palabra era un instrumento para acceder a lo que no es. Lacan va a decir luego que habría que revalorizar la palabra devolviéndole la dignidad que él consideraba que había perdido. Hubiese ocurrido así o no, lo que interesa aquí es que dignificarla va a consistir en ponerla en su sitio y su sitio es el de vía de acceso al inconsciente.

El concepto de inconsciente, como todo concepto de uso en la teoría psicoanalítica, surge de la necesidad de aprehender una realidad. Sabemos que la realidad es imaginaria y que el concepto intenta, recurriendo a lo simbólico, capturarle. Fracasa siempre, la palabra como lo inconsciente son una fuente imparable y no capturable. Esto imparable va y viene en la experiencia analítica para que “eso” hable y nos permita aproximarnos. Con los casos felices, esto es lo que hacemos, ejercicios de aproximación al objeto a través de las palabras y de la transferencia que se ha podido generar y cuando las cosas van bien y el paciente llega al final del análisis, nos despedimos de él y de la cicatriz (a ser posible erotizada en el decir de Freud) dejada por la castración.

Los modelos teóricos ortopedistas han tendido a pensar lo inconsciente como algo cerrado mientras que el interés de Freud parece haber sido colocarlo del lado de lo no- realizado, en el borde de lo anticonceptual, donde “el Ello es el maestro- brujo que repite una historia sin palabras…”, como decía Piera Aulagnier.

Esta noción de inconsciente se revela una vez más en los finales de análisis y en particular en aquello donde el desamparo de la vida psíquica del analizante, como resto de una de las primeras experiencias de la vida, hace su entrada triunfal en la transferencia “sintomatizando” la separación con el analista. El desamparo, al igual que un invitado fuera del protocolo nos enseña su dificultad para erradicarlo, aunque antes haya sido re- colocado en el trayecto del trabajo analítico.

A través del agujero del desvalimiento retorna: 1) la soledad de ser consigo mismo (sin el analista), 2) la soledad de asumirse castrado, inacabado sabiendo que el único amor para siempre es el del silencio narcisista.

Hablemos de Edipo

Si hemos dicho ya que intentábamos una reflexión sobre un estilo freudiano que determina un estilo en psicoanálisis, que he nombrado como el estilo del padre, ¿cómo hacer esta reflexión sin pasar por la noción de Edipo?

En la tragedia recreada por Sófocles un oráculo declara que el hijo concebido por Yocasta mataría a su padre; según otras versiones, “el oráculo habría sido anterior a la concepción, para prohibir a Layo que engendrase un hijo, vaticinándole que si tenía uno, este hijo no solo lo mataría, sino que sería el causante de una espantosa serie de desgracias que hundirían su casa”.

Layo prescindió del aviso y engendró a Edipo. Más tarde fue castigado por ello (Pierre Guimal). En ambas versiones, desatender la advertencia del oráculo tiene consecuencias.

El Edipo del que habla Freud insiste en los efectos de la transgresión. Por lo tanto, la aceptación de la ley y la prohibición del incesto serán en el mito freudiano lo que va a definir el destino del hombre como ser sexuado. La renuncia está aquí al servicio de la ganancia de una identidad sexual. En este sentido decimos, la disposición del sujeto a renunciar lo aleja de pérdidas innecesarias.

Querría ahora recordar brevemente lo que queda enunciado a modo de metáfora a través del mito de Edipo. Podríamos decir que Edipo como texto es un pretexto para pensar cuatro elementos presentes en la posición del paciente ante el síntoma:

  • Inconsciente
  • Culpa
  • Castración y
  • Ley.

Este último, la ley, será el concepto bisagra en torno al cual giran los otros: si la prohibición del incesto es el fundamento de la castración, habrá un objeto que siempre estará prohibido para el sujeto. El objeto prohibido por obra de la represión funda lo inconsciente y su transgresión desencadena la culpa.

Se suele decir que “el mito funciona como argumento de una narración o como núcleo de una teoría”; en el caso de Edipo, el mito tiene un valor de uso puesto que constituye el término que ordena a través de sus enunciados la reflexión sobre la práctica clínica, aumentando su interés, el doble carácter de la configuración mítica: por un lado lo fijo, y por el otro lo mutable.

Y es su aspecto mutable el que será recreado en la historia particular del analizante, y su aspecto fijo el que oriente a Freud en la construcción mítica de un complejo que como decía Gómez Pin “funda la dimensión histórica”.

En esta misma dirección apunta Belinsky cuando dice: “El valor excepcional del mito indica un punto de inflexión en la historia del pensamiento que a él recurre, y si en ese punto, surge una reflexión acerca de los fundamentos, el mito en cuestión asume la forma de mito fundacional”.

Es decir, mientras los fantasmas gobiernan la historia del sujeto, los mitos gobiernan, por lo menos en parte, el devenir social de los pueblos.

Freud decía en “El porvenir de una ilusión” que la función capital de la cultura era protegernos de la naturaleza, y entre líneas podemos leer… de las pulsiones. De aquí que podamos decir que los fantasmas y los mitos se entrelazan en un punto que interesa especialmente al psicoanálisis y a la dinámica de la transferencia ya que el punto de encuentro se produce en el fantasma originario.

¿Será ésta la causa del poder del mito? Esta forma narrativa de condensar la fuerza de lo simbólico y la potencia de lo imaginario… ¿y no estará allí el motivo del hechizo que tiene para Freud el mito de Edipo? en tanto en esa peculiaridad que tiene el mito, en tanto que hay algo que muere, algo que nace y algo que resucita, Freud advierte que lo que resucita… “resucita marcado por la muerte”.

Me detengo en esto, porque comparto la opinión de aquellos que piensan que lo narrativo y lo mítico tiene un valor importante dentro de la discursividad psicoanalítica, valor que consiste en renunciar a los término concluyentes de la teoría y soportar lo interrogantes del porqué de su valor, sin olvidar el lugar que ocupa en la obra freudiana lo mítico, cuya valoración a su vez heredamos por transferencia.

“El pensamiento construye siempre un lugar de destinación, frente al cual la palabra despliega sus demostraciones, sus pruebas, sus efectos” (Pommier).

Es decir, que el sujeto conquista su subjetividad constituida en una intersubjetividad que lo constituye y opera a su vez sobre el sujeto como
constituyente.

No es posible ser- sin el otro y por ello siempre estamos transferidos al otro.

Piera Aulagnier destacaba “la función del Yo como constructor que jamás descansa, e inventor, si es necesario, de una historia libidinal de la que extrae las causas que le hacen parecer razonables y aceptables las exigencias de las duras realidades con las que es preciso cohabitar: el mundo exterior y ese mundo psíquico que, en buena parte, permanece ignoto para él”.

Sé que estoy recorriendo en este desarrollo una circularidad que se abre y luego vuelve a pasar por donde ya he estado, y debo decir que así es como entiendo el modelo freudiano, donde lo inconsciente es un campo a explorar lo suficientemente complejo como para aceptar que no se puede dar cuenta de él desde un modelo único: desde el lenguaje como naturaleza del inconsciente, y como instrumento desde el que operar, hasta un “más allá…” del lenguaje apuntado por Freud en “El interés del psicoanálisis”, cuando decía: “lo inconsciente habla más de un dialecto y por ello repite, a la espera de dar con un oyente que descifre el mensaje…”.

Leer a Freud

Es descubrir la lengua materna y todo lo que ella implica no es disociable ni del deseo del autor, ni de la música de la propia lengua. Los textos de Freud soportan la traducción y la pérdida de una parte del sentido que lleva el paso de la lengua del escritor a la lengua del lector, pérdida inevitable.

Si hemos reconocido que no hay lectura ingenua, el recorte pulsional y los excesos narcisistas, se pueden desencadenar, hasta en el más afortunado encuentro con el texto freudiano.

La lectura de la obra será más o menos productiva, pero hay algo que emana de la retórica de Freud, y es: el saberse sujetado a su propio deseo de saber. En julio de 1900, en una carta a Fliess le dice : “Estoy totalmente agotado por el trabajo y por cuanto con él se relaciona, germina, atrae, amenaza… los grandes problemas siguen aún irresueltos. Todo se mueve y asoma; es un verdadero infierno intelectual, con un estrato surgiendo tras otro y cubriéndose mutuamente”.

Roustang recoge tres aspectos del estilo de Freud que, según él, forman
parte del método analítico:

  • el abandono
  • la deriva y
  • la espera.

Y añade que es esa escritura particular que Freud supo inventar la que explica aún más la importancia de la transferencia en la cura. “Mediante esta sucesión del abandono, la deriva y la espera, Freud pone en escena un
acontecimiento – advenimiento o accidente- que él ha provocado y del cual deberá constantemente rendir cuentas”.

En consecuencia el método está caracterizado por ese rasgo de “aventura” que tantas veces ha provocado las objeciones de algunos científicos. Para Freud la gran aventura es leer el pasado.

Esta manera audaz de abordar la investigación por “una punta cualquiera”, como si no tuviera mayor importancia, luego dar un salto y presentar una apreciación, encontrarse con otra, “ponerlas a prueba”, reunir varias propuestas, suprimir algunas, tropezar, seguir andando, sin saber a veces hacia donde va, por un “terreno removido” donde sólo es visible una parte sin dejar de buscar, “hasta encontrar algo en la profundidad…”, es un placer renovado que nos acompaña en la cotidianidad de la escucha analítica.

La búsqueda de Freud pareciera ser la búsqueda del padre como meta y como origen de un universo cultural, la lengua, donde se hilvanan los pensamientos que parecen viajar hacia ninguna parte, para llegar a un puerto, que lejos de ser arbitrario, resulta pre- existente y donde las ideas se enhebran en el incoloro hilo del tiempo.

Aulagnier decía: “Toda demanda de análisis, salvo error de destinatario, responde a una motivación al servicio de un deseo de vida, o de un deseo de deseo: ella es la que lleva al sujeto ante el analista”… “Sigo confiando en el poder de invención que todo descubrimiento fundamental vehiculiza…”.

Agregaría que el poder de invención del analista es el que convoca a la pulsión de vida, a reforzar la acción de Eros a expensas de Tánatos, esto facilita el acceso al derecho y al placer de pensar, de disfrutar, de habitar el psiquismo con algo de verdad donde errar, donde poder reír, ya que no sólo están permitidos, sino que por estarlo, tienen el poder de modificación de todo conocimiento.

Para terminar, voy a citar una frase de Binswanger, a pesar de ser un representante destacado del movimiento existencial en psicología, movimiento que fue hostil a algunos conceptos freudianos como el de inconsciente. Esta frase de Binswanger resume mi relación con el psicoanálisis, y con el tema de la transferencia: “A quien el psicoanálisis atrapa, ya no lo suelta”.

M.Carmen Rodríguez-Rendo
15 de noviembre del 2001