Conocí a Sandra siendo una psicoanalista de niños muy joven, e ignorando que pasarían muchos años hasta que casos como el suyo ocuparan un lugar particular en mi experiencia clínica.

Llegó al hospital con 8 años, una mirada oscura y un diagnóstico de psicosis infantil. En ésta ocasión el tiempo faltante de mi recorrido jugó a mi favor ya que al cabo de algunas entrevistas puse en cuestión el diagnóstico y decidí preguntarme por lo inexplicable. Me dediqué a escuchar la canción con que la niña iniciaba la mayoría de las sesiones. El nudo fantasmático de su historia no surgía en su relato. Ese lugar donde el “duende” de cada cual teje y desteje las servidumbres que nos esclavizan, anidaba en la canción. Ésta canción acabó convirtiéndose en el eje de trabajo del análisis.

Venía a primera hora de la tarde, entraba en la consulta, se sentaba en mis rodillas y antes de que tuviese tiempo de reaccionar comenzaba a cantar: “Yo, soy rebelde porque el mundo me ha hecho así,
Por que nadie me ha tratado con amor”…

La canción ofrecía un escenario imaginario donde ésta niña estaba presente como sujeto. “Yo” era su nombre, su lugar de asilo en el discurso.

Buscaba que su mensaje llegara a destino y para ello apostaba por su relación conmigo. Ésta niña despejaba en su canto lo que estaba en juego: el desamparo psíquico.

Si la función materna es la que sostiene con los brazos que acunan; cuando el amor falta en la relación madre-hija, la función de soporte se vuelve flácida y la orfandad psíquica busca muletas, prótesis diversas donde sujetarse.

La madre insistía en que Sandra: “Hablaba sola”. “Oía voces”. Era verdad, no tenía con quien hablar.

La psicosis estaba allí, pero en la madre. Para el deseo materno, la niña jugaba un papel preciso, colmar su vacío, pero Sandra se rebelaba ante ese destino ya trazado.

Es éste desamparo es el que se hace cuerpo en los que se constituyen como sujetos psíquicos en ambientes potencialmente psicotizantes; ambientes que exigen a sus miembros un pacto de silencio.

Hacia el final de nuestra relación, Sandra cantaba otra canción: “Tengo una capucha que es algo increíble, cuando me la pongo me vuelvo invisible, con esta capucha yo no sé que haré pero estoy segura,… que prosperaré”. Sandra había encontrado una forma de sustitución: la capucha cubría y protegía su cabeza. Se inventaba no-visible para protegerse del mensaje materno: encarnar la locura de ella preservándola, hacer de madre de la madre.

La dependencia del otro para devenir sujeto hace que un niño se reencuentre con el desamparo cuando tropieza con lo inexplicable, con ese enigma del deseo en la generación anterior que busca un destinatario.

Podríamos decir que la historia de ésta paciente fue un viaje marcado por la dimensión traumática de la falta de amor; tan imaginario como indispensable para instalarse en lo que es la vocación de todo humano, su dimensión de humanidad.

M.Carmen Rodríguez-Rendo
Psicoanalista, Madrid.