Ante el anuncio de Greenpeace en internet: “1.000.000 de inconscientes menos. Nuestra meta.”

La pregunta

¿Ser o no ser de lo inconsciente?

“Inconsciente”, curiosa palabra: “se dice de la persona que no se da cuenta de sus actos…automático, no deliberado …realizado sin intervención de la voluntad…” esto dice el María Moliner.

Para los psicoanalistas es lo que nos gobierna a golpe de palabra.

Difícil de “pillar” porque se nos escapa. Difícil de tolerar su propia existencia para una conciencia a la que le cuesta aceptar que los buenos propósitos se quedan cortos.

Denostado por la genética pero hablando a través del cuerpo.

Equipaje cultural, familiar, histórico; organizado con una lógica particular distinta de la lógica de la razón, ésta palabra no deja de despertarme cierta conmiseración.

Tal vez habría que pedir clemencia ante los juicios devastadores que preferirían que éste sentido de inconsciente, desapareciera de la faz de la tierra.

El derroche atraviesa el universo como una flecha, los telediarios advierten de las consecuencias de los excesos, pero el exceso sigue traspasando lo visible y lo invisible. Tratar de calcular dónde va la obstinación destructiva del hombre sería como imaginar que en la nada hay un muro capaz de parar la ferocidad del no amor, de una memoria que no se harta de tantas prótesis para no acordarse.

“Cerrar el grifo,” es como poder mirarnos desde fuera y admitir que somos hijos no de lo que sobra sino de lo que falta. Si tenemos una fecha de nacimiento también tenemos otra de caducidad.

Lo inconsciente sabe de esto. No es un libro muerto, pétreo, en el que todo está escrito. Es la letra viva que se está por construir, que se talla día a día sin que nadie conozca el inventario. En sus estanterías se almacenan sensaciones, miradas, voces, silencios. Los poetas, los humoristas, saben de
él, de sus entresijos y de sus grietas. Es su herramienta de trabajo.

Freud no lo descubrió, tropezó con él y tuvo la osadía de conceptualizarlo.

Somos inconscientes si gastamos lo que no tenemos pero algunas veces preferimos no hacer la cuenta. Si hacemos la cuenta se nos mezcla el debe y el haber, nos podemos encontrar con algunas hojas arrancadas en el registro. Pero “haberlas, haylas”.

Este periódico cierra porque también ha decidido “cerrar el grifo”. Porque de alguna manera admite que recrear el saldo de lo inconsciente no siempre es posible, sin haber atravesado su experiencia encarnada.

Si se dice que el misterio tiene solo un extremo es porque la vida es ancha pero corta, hay mucho sitio para revolcarse, pero se acaba. Se acaba mientras buscamos el otro extremo, sabemos que no lo hay, y aún así no dejamos de buscarlo.

Diván ha mantenido un pulso firme en su deseo de trasmitir algo muy difícil: somos de lo inconsciente, aunque nos de tregua la muerte, somos de lo inconsciente. Y esto cómo se dice, cómo se escribe, cómo se lee, cómo se entiende.

No puede comprarse, ni agarrarse, ni tiene una cifra exacta. No lo veo pero me ve. Algunas veces lo toco sin dedos, y él me toca antes de que mi pensamiento le ponga palabra. No lo tengo en cuenta, pero me cuenta. No me lo pongo pero lo llevo puesto. No lo busco, pero me encuentra. Es esa obra inacabada no codificable, irreductible a la medida y a los recuerdos. Su lógica es cimiento de mi ignorancia y ante ella algunas veces, nos sentimos pobres porque no podemos ir más allá de nosotros mismos.

Cuando en un proyecto nos sentimos como en casa se nos olvida que estamos en tránsito. El deseo inconsciente se mueve con el agua de su molino. Creemos que somos los dueños, pero es él quien se adueña de nosotros. Cuando un deseo se agota en su nada empieza a escribirse otro deseo en el blanco de la página. Al anterior nos cuesta dejarlo, se nos queda pegado a las suelas de los zapatos.

Para seguir el camino tendremos que dejarnos llevar y abrir las palabras. Nos pondremos los zapatos viejos porque son los que saben andar; pero si fuera menester, seguiremos descalzos ya que un nuevo proyecto espera su bautizo.

Lo inconsciente no admite que le demos la espalda al tiempo.

M. Carmen Rodríguez-Rendo.
Publicado en el periódico Diván El Terrible.