Conferencia pronunciada en las Jornadas sobre Pareja en Crisis, en Noviembre del 2000, Majadahonda, Madrid

Los hombres y las mujeres vivimos heredando los hábitos, las tradiciones, las palabras, los efectos de las palabras, de lo dicho y de lo no-dicho.

Esta herencia cultural, y por lo tanto lingüística, permite que transitemos por diferentes modalidades de convivencia.

La pareja actual, heredera de la cultura judeo-cristiana se hace eco de un mito de “mismidad”, y en algunos casos busca el lugar equívoco de la supuesta complementareidad.

Se presupone que “ser lo mismo” reasegura la perdurabilidad y neutraliza toda inquietud de cambio:

“Si somos iguales, si somos el uno para el otro, los demás no
cuentan”.

Cuanto más cerrada sea la relación con el otro, se estará más cerca del uno y de la inmortalidad.

Si por un lado disponemos del mito de “la otra mitad” y del otro, de la invitación constante de los portavoces del momento actual como son: la moda, los medios de comunicación, la gente guapa, la “prensa del corazón”; ofreciendo una imagen de “pareja ideal” que se sustenta en lo especular y lo fusional; lo que resulta estimulado es la dependencia infantil constituyente de una armonía y una igualdad ficticias.

En tanto dos sujetos son pensados como mitades de un uno, ambos ocuparán alternativamente o el lugar del amo o el lugar del esclavo, y a pesar de sí mismos atentarán el uno contra el otro.

Mientras se propone como modelo un ideal que se alcanzaría al complementarse, todo interés por algo exterior, ajeno a la relación es vivido como traición, ya que no estaríamos ante un par de sujetos que dialectizan su deseo, sino ante dos mitades de un uno.

La ilusión del no-conflicto gobierna así el feudo de la paridad.

Esta modalidad de pareja especular tiene como objetivo la quietud de la relación, es necesario cerrarse para no moverse, para que todo siga igual. En consecuencia, serán anuladas las diferencias y se precipitará la crisis.

Mientras el conflicto en la pareja responde a la disparidad y a la naturaleza de lo psíquico, la crisis implica una situación con el otro insostenible, en tanto se ha llegado a un estado crítico.

María Moliner define crisis de la siguiente manera: (del griego krisis = decisión) “Momento en que se produce un cambio muy marcado en algo, por ejemplo en una enfermedad o en la naturaleza o en la vida de una persona. En el lenguaje corriente… cambio total o parcial… Dificultad, situación momentánea mala o difícil de una persona, empresa o asunto”.

Conflicto, en cambio, es definido así: “el momento más violento de un combate. Momento en que el combate está indeciso. Choque o situación (permanente) de oposición, desacuerdo, lucha entre personas o cosas (está ligado a diferencias entre personas)… situación en la que no se puede hacer lo que es necesario hacer, o en la que no se sabe qué hacer…”.

Luego mientras crisis nombra un cambio muy marcado que implica una decisión, el conflicto nombra el choque entre las diferencias, que desde el punto de vista de lo psíquico resumiríamos así:

Dos deseos diferentes encontrados de intensidad equivalente, pero en dirección opuesta.

Ahora bien, por otra parte, el reconocimiento de las diferencias entre los sujetos no garantiza que no habrá conflicto, ya que no podría no-haberlo (y luego veremos porqué).

Habrá conflicto y también formas de salirse de él.

El conflicto se precipita y las formas de salir implicarán un trabajo reflexivo hasta encontrar una salida.

Detengámonos brevemente en el “¿por qué no puede no haber conflicto?”

El conflicto forma parte de lo humano, de la contradicción sustancial de lo psíquico como de todos los hechos del lenguaje. Si esta información alude al sujeto aislado como hecho intrasubjetivo, la afirmación se dobla para el sujeto en relación a la pareja donde media la supuesta comunicación.

Si estamos de acuerdo en que vivir consigo mismo es trabajoso, por qué no iba a serlo vivir con otro, y si “todo es cuestión de palabras”, ¿por qué el hombre y la mujer al encontrarse iban a quedar a salvo del malentendido?

Antes que los hombres y las mujeres hemos sido hijos y la ambivalencia que caracteriza a la función del hijo respecto del padre y a la madre¸ se deslizará de manera inconsciente y sigilosa sobre el objeto amoroso en la vida adulta.

La escucha psicoanalítica de nuestros pacientes revela que el orden del deseo responde a una estructura compleja, donde lo edípico no queda circunscrito simplemente al amor del hijo hacia la madre y el odio hacia el padre, y no porque lo edípico sea una simpleza, sino porque tomarlo como simpleza denunciaría una reflexión indigente sobre lo humano.

Es decir, “no sólo el amor vincula al hijo (varón o hembra) a la madre, sino también el odio” (Gómez Pin, 1981). De igual manera: “el hijo se halla vinculado al padre no sólo por un lazo de odio, sino asimismo de amor” (Gómez Pin, 1981). Ahora bien, para la especie, es rentable que ésta ambivalencia generadora de conflicto se resuelva. Dicho de otra forma, es
rentable la resolución de la disparidad indispensable para que la pareja exista (heterosexual u homosexual).

Hace bastante tiempo que algunos pensadores se preguntan por el concepto de sociedad y su estructura fundamental, la pareja. El concepto de sociedad como tal parece haberse ido degradando y su conversión queda cada vez más cerca del concepto de sociedad animal, léase “sociedad obligada a conservarse mediante reproducción”. Las familias de la postmodernidad aunque el concepto no esté muy claro designa una temporalidad, un diagnóstico que nombra una época) han sido remodeladas “debido a los desplazamientos masivos de las poblaciones, sea por motivos económicos o por motivos de guerra, las urgencias del trabajo, la ruptura con la tradición, van alejando a la familia, y en consecuencia a la pareja, del modelo tradicional” (Eric Laurent, 1998).

La familia y la pareja, por lo tanto, han visto como los cambios sociales han quebrado un modelo donde la seguridad virtual podía ser mantenida.

Los efectos de esta quiebra del modelo familiar tradicional se dejan ver en las generaciones siguientes: los hijos.

Por su parte, el hijo nace en un universo lingüístico que le pre-existe, y esta singularidad no sólo marca, sino que determina en la cría humana un desarrollo diferenciado de la cría animal.

La cría humana ha nacido para hablar, y esta condición de pertenencia la especie hace que quede capturada desde los primeros meses de vida, por un impulso hacia el otro. Este otro, será primero una imagen y luego un lugar para la identificación, donde la agresividad, la envidia y el deseo de ser como el otro dominarán el campo visual y psíquico del sujeto.

Y todo esto, ¿para qué?

Para ser como los otros, ya que la cría humana estará dispuesta a pedir lo que haga falta con tal de ser aceptado por los otros, con tal de ser reconocido como perteneciente a la especie.

Primero pedirá a través del llanto y luego lo hará con las palabras, por eso decimos que en toda palabra hay un llanto, una demanda… un pedido.

A diferencia de la cría animal, el niño al hablar está destinado a pensar, abstraer y a ser portador de la marca que define al humano, será imperfecto, ya que su filiación al lenguaje determina su incompletud.

Luego, aquel niño o niña omnipotente que todos hemos sido, antes o después tendrá que rendirse ante la evidencia de la falta y de la imperfección.

El animal, en cambio, estará a salvo de lo equívoco del lenguaje, puede fingir, engañar al cazador, pero ni puede fingir que finge, sólo la cría humana es capaz de realizar esa obra maestra del júbilo narcisista, sólo ella es capaz de “tropezar dos veces en la misma piedra”, es decir de repetir, y lo que se repite es un broche que anuda el lenguaje al deseo.

La historia de la signación del sujeto se inicia en “mal lugar” y en el único posible, ya que el niño tendrá que aprehender que aquellos objetos primordiales para su deseo (padre y madre) serán los objetos de los que deberá separarse, puesto que con los que se aprende no podrá realizar el deseo, sino que será desplazado: el deseo de la mujer será canalizado (siempre en parte) hacia otro varón que el padre el deseo del hombre (sólo en parte) será canalizado hacia otra hembra que la madre.

Si antes decíamos que el lenguaje marcaba y determinaba, ahora agregaremos a esta marca otra, la del deseo hacia el otro.

El deseo del niño es equivalente al de un hombre que, queriendo aprender una lengua extranjera se traslada a ese país donde esa lengua se habla. El interés del niño, como el del extranjero, consistirá precisamente en dejar de serlo.

Es este movimiento psíquico de búsqueda de reconocimiento el que hace que el sujeto instrumente con los medios a su alcance modalidades para vencer la barrera que lo separa del otro, del grupo, de la especie. Es la búsqueda de reconocimiento la que empuja a “tropezar dos veces en la misma piedra”, la que empuja a repetir; la que lleva al conflicto y a su producto, los síntomas: afectivos, psíquicos o somáticos.

Los síntomas hablan de la imposibilidad para rememorar, ya que el que puede rememorar es un espectador del recuerdo, comparte la intensidad afectiva del pasado y en tanto espectador está en un lugar tercero, mientras el que olvida hace un silencio en su historia, y al silenciar, repite.

El que repite actúa porque ha perdido su sitio. En la repetición el recuerdo se hace acto, se anula como tal y el sujeto se zambulle en enfrentamientos, discusiones; en suma, en un despliegue a veces sofisticado de agresividad psíquico o físico hacia el otro.

Cuando queda bloqueada la capacidad de abstracción, se obturan el pensamiento y la palabra.

Aunque quien grita agresivamente o quien enmudece con un rencor que colecciona ideas para la venganza están pidiendo ayuda, su estado de impotencia les impide reconocerlo, aumentando la fragilidad del vínculo con el otro y su pronóstico de ruptura.

La llamada realidad, siempre ligada a la percepción, se viste de espejos y las palabras rebotan, no llegan al otro porque la pareja ha quedado atrapada en un juego imaginario donde deviene, despareja, donde ninguno de los pares puede colocarse en un lugar tercero.

El lugar del tercero es el lugar del orden, permite la salida de la rivalidad especular entre el uno y el dos.

Aludimos aquí al tercero tomando como referente simbólico el lugar del padre; no como aquel que manda, no como el que hace la ley, sino como el que la representa y por ello tiene carácter fundador, ya que su existencia posibilita el orden, y el orden es la condición para la construcción de la historia.

No hay lazo sostenible entre dos sin historia, sin secuencia de acontecimientos, sin momentos fundamentales que a modo de frontera delimitan un antes y un después.

Es por ello que repetir el conflicto con el otro, por ejemplo cambiar de pareja en función de que con otro hombre o con otra mujer “las cosas
serían diferentes”, responde en algunos casos a una modalidad de huida en la que el sujeto evita preguntarse. Prefiere la ruptura a quedar confrontado con sus síntomas. En otros casos, sin embargo, la separación es la salida. La palabra “separación- separarse” incluye un saber separarse, abre la alternativa de que haya un uno y un dos, aceptando que en ocasiones las
diferencias no son conciliables y por lo tanto puede ser más saludable romper la alianza que permanecer sometidos a la satisfacción miserable de los síntomas.

La separación de una pareja no debería ser entendida obligadamente como fracaso, ya que para algunos es una forma triunfante de hacer un quiebro, evitando el deterioro de la repetición es un “saber-para” a tiempo, cuando aún es posible recuperar algo del orden del amor con el otro.

La modalidad de huida, por su parte, pone de manifiesto el callejón sin salida neurótico, consistente en someterse sin luchar. La victoria neurótica rompe la pareja y pretende romper las huellas de la historia. “Borrón y cuenta nueva”, con tal de no preguntarse, ya que mirar hacia adentro podría provocar una salida del conflicto con una transformación fuera de programa.

Las parejas-adolescentes son un buen ejemplo de cómo la osadía de la inmadurez construye un mundo cuya coherencia se agota por exclusión.

Se ostenta la precipitación y la necesidad de vivir diversas experiencias. La forma de relacionarse en pareja (hetero-homosexual) muestra un deseo a corto plazo ya que la espera es un concepto ignorado y la sexualidad un objeto de consumo.

Para estos sujetos no hay otro estilo de vida que el pulsional, que equivale a decir satisfacción inmediata y transitar rápidamente por pseuodverdades, que permitan olvidar que hasta el sueño de ser inmortales puede matar.

En estas parejas las crisis desencadenan sucesivas rupturas, mientras piden ayuda sin enterarse, confiando en lo fácil y lo rápido como única solución.

Lo que aquí está en juego es una severa dificultad para contener todo aquello que se desborda pulsionalmente, sin encontrar una forma de ponerse “un límite a sí mismos” que organice su mundo interno.

Así como el respeto al Tótem se transmitía y ordenaba al grupo social por herencia lingüística, estos sujetos sufren de una falta de ley, que así como en otro tiempo lo hacía el tótem, garantice su identidad.

Si a todas las cuestiones del campo de lo intrasubjetivo se suman los cambios socioculturales (ya mencionados) insertos en el lenguaje, tal vez ha llegado el tiempo de interrogarnos:

Si la idea mítica de pareja, dela tradición judeocristiana no estará finalizando con el siglo y luego de su deconstrucción nos veamos en la tarea de elaborar una nueva idea que incluya convivir con la diferencia.

La palabra pareja es paradojal (del latín Pariculus), es un derivado de par, que remite a lo uniforme, a lo igual y al apareamiento.

¿Y a qué responde el apareamiento? ¿Cuál es la condición para que se produzca?

La condición es la existencia de las diferencias.

Algo tan obvio es a la vez de difícil aceptación. No hay más que recordar a Aristóteles cuando nos dice que “lo que se rechaza, lo excluido, responde al principio más firme… nada que no sea idéntico a sí mismo tiene cabida en este mundo”.

Mirando a nuestro alrededor es fácil admitir que “el mundo con el que todos comulgamos se constituye a sí mismo bajo la base de una exclusión”.

Nada más de moda que la ética narcisista que aparta a los que son distintos, raros o ajenos a “lo que se lleva”.

Esta ética narcisista se recrea hoy en la pareja actual, cuando son entronizados los valores de lo igual y es eludida la noción de prohibición.

“El papel primordial de la cultura es asegurar la existencia de grupo como grupo y, por lo tanto, sustituir en este dominio, como en todos los demás, el azar por la organización” (Levi-Strauss, 1991).

Luego algo deberá estar prohibido, excentrado del sistema, para que sea posible un pacto, una alianza con el otro, para que sea posible la pareja, la familia o el grupo social.

Sólo el universo de las reglas contempla la disparidad como esencia de progreso, donde además de producir, poseer y consumir, acciones primordiales en las sociedades primitivas, le sea restituido al individuo un lugar para trascender.

Bibliografía

S. Freud: “Recuerdo, repetición y elaboración”; “Tótem y tabú”; “El malestar en la Cultura”; “Algunas consecuencias psíquicas de las diferencias
sexuales anatómicas”; “La disolución del complejo de Edipo”; “La Femineidad”.

J. Lacan: “El Estadío del Espejo” (Escritos I, Siglo XXI); “Tópica de lo imaginario” (Seminario I. Piados); “La lógica de la castración” (Seminario I. Paidós).

M.Moliner: Diccionario de Uso del Español.

V. Gómez Pin: “El reino de las leyes”.

E. Laurent: “Pareja de hoy y consecuencias para sus hijos” (Carretel); Psicoanálisis con niños, nº 2, Julio 1999).