Tres momentos del imaginario femenino

Conferencia pronunciada en A.P.I.C.E., año 1997

El nombre que nos reúne, advierte que hablaremos de las madres, y las madres, no sólo las que se han hecho famosas a través del dolor –como las madres de la Plaza de Mayo -, defienden de una manera particular aquello que, en relación con los hijos, les ha sido arrebatado o amenaza con serlo.

Las madres dan cuenta de la fuerza de una relación inevitable con el hijo; de la fuerza del deseo que es el motor de esa relación y de sus consecuencias en la historia sexual del hijo.

La fuerza de este deseo (deseo de la madre), interviene en la fundación de la estructura de sujeto, nutre la relación con el hijo con la misma sustancia con que se ha nutrido su fantasma, ese que alberga la relación con su madre. La palabra fantasma es traída aquí en el sentido freudiano de “Das Phantasieren” como contenidos y actividad creadora que animan, no por la facultad de imaginar, el mundo imaginario.

La madre será el cuerpo de la historia que escribirá el padre; por esto la madre emana y transmite no sólo con el cuerpo, sino también con la palabra.

Así como Edipo ignora lo que es revelado en la tragedia como verdad objetiva, exterior a él y que le horroriza, la mujer contiene en su ser la tragedia que será a la vez real en la fuerza de su deseo e imaginaria en su historia. El padre, el escribiente, al prohibir, legitima el deseo de la madre otorgándole un lugar fuera de la ilegalidad del incesto.

La plaza, en las pequeñas y grandes ciudades constituye un espacio vacío e interior, a la vez que abierto por donde atravesará la historia de los pueblos. Es lugar de apertura y de recogimiento al que se vuelve para recordar. Es también lugar de la otra escena, de la escena imaginaria de la vida de la ciudad, lugar de fundación. En la madre y en la plaza irrumpe el deseo de trascender, el deseo de poner a los que vendrán a salvo del olvido, para garantizar la continuidad. Y así como la continuidad reviste a sus protagonistas del barniz de lo sagrado, la madre en tanto sacralizada, decepciona, está allí para eso, para decepcionar y dejar paso al representante de la ley, el padre.

El parto marca el final del embarazo e inaugura la etapa de puerperio que consistirá en el darse tiempo de la madre para iniciar su retirada a la vez que desea quedarse.

El partir que incluye el parto advierte del corte que a través del destete precipita el final del puerperio y la pérdida precoz que separa al niño de la madre. Esta pérdida asegura un malestar para el niño que según J. Lacan ningún cuidado materno puede compensar.

El destete asegura entonces un malestar erótico al niño y un malestar erótico a la madre. Ella no podrá completarlo, no podrá ser todo para él.

El embarazo, el parto y el puerperio son tres momentos atravesados por un despliegue fantasmático continuo y su expresión originaria.

La mujer que quiere tener un hijo, se queda embarazada y lo tiene sin dificultades, muestra ya que la naturaleza de lo psíquico conlleva el conflicto. No hay embarazo sin conflicto.

Tratándose de la madre y teniendo en cuenta que se constituye como tal en relación a un tercero, el conflicto pertenece al devenir de la evolución psíquica que, arrastrada por el deseo, transforma el discurso según lo demuestra la experiencia psicoanalítica.

Así como para un psicoanalista, el valor de la teoría reside en determinar efectos en la escucha, para una mujer que desea o espera un hijo el valor de las palabras de su madre reside en determinar efectos de su cuerpo y en su vida anímica; ejemplo de ello es la esterilidad cuando ha sido descartada su causa orgánica y la vemos surgir en un repliegue narcisista que detiene el movimiento del deseo.

Hablemos del cuerpo:

Para el psicoanálisis hablar del cuerpo es hablar de cómo la palabra y el sexo se abrochan en él.

Al tocólogo que se sitúa delante de una embarazada no le suele preocupar demasiado si esa mujer habla o si esa mujer goza. Ante su mirada, el cuerpo de esa mujer es un territorio de abundancia.

Al tocólogo le preocupa una parte: el útero.

Al psicoanalista le preocupa otra parte: el cuerpo hablante y el cuerpo sexual, es decir, el territorio del primer encuentro, la piel de la madre.

Cada uno se ocupa de un trozo o de una parte sobre la que creen tener un saber. ¿Por qué sólo de una parte? Tal vez porque “en la vida del inconsciente sólo existe lo parcial”. Según Henry Ey (1960), el ser del no-ser puede aplicarse al inconsciente y “…el conocimiento del ser no podrá ser jamás entero…”

A partir del momento en que se produce la fecundación, lo edípico retorna y en esta vuelta busca una nueva oportunidad para desanudar lo que atenaza en la otra escena.

Así como la mujer embarazada en análisis coloca al analista frente a la aparición de lo real en la cura, la embarazada se confronta con la irrupción de lo real.

Cuando el test de embarazo confirma el embarazo, cuando ese otro lo certifica, lo psíquico debe afrontar un impacto que sacude los cimientos de la estructura. La teoría nos dice que se trata en última instancia de la confrontación con la castración en la madre.

Sabemos que éste será el paisaje por redescubrir al final del camino. Pero el estado de embarazo impacta tanto en lo real como en lo imaginario, constituyendo una prueba para lo simbólico. Un fragmento de una paciente a la que llamaremos Rosa muestra esa cuestión.

Su decisión de analizarse estaba impulsada por el deseo de tener un hijo y el miedo a comprobar en el intento que era estéril. Esta idea la obsesionaba y por ella “sentía interrumpida la relación con su marido”. Al cabo de año y medio de análisis se queda embarazada. Había dejado de utilizar métodos anticonceptivos. Dicho de otra forma, había conseguido separar el deseo de un hijo de la amenaza imaginaria de la locura.

Su miedo a comprobar que era estéril expresaba el temor a que la llegada de un tercero hiciera tambalear los fundamentos de su estructura. En torno al sexto mes de embarazo dice en una sesión:

“No llevo bien esto de que alguien se mueva dentro de mi. Yo no decido cuando se tiene que mover, sin venir a cuento se mueve. ¿Qué haré con mi cuerpo?… Para hacerse un sitio tendrá que empujar y recolocar mis órganos de otra manera. Lo que más me impresiona es que nadie había estado allí antes, ni siquiera yo…”

“…Ni siquiera yo…” (había estado antes allí) da cuenta por una parte del miedo a “estar” donde la madre hubo de estar para serlo en la castración, y por otra del temor al fracaso en el orden simbólico.

Optar por el fracaso de la supuesta esterilidad mientras utilizaba métodos anticonceptivos le había permitido colocar la confrontación en lo real del cuerpo, en una pseudo- certeza de fracaso, controlando lo que se movía y cuando había que moverlo.

“…ni siquiera yo…”:

“ni” nos ofrece una negación;

“si-quiera”; nos afirma un deseo;

y “yo” nos ilustra, una vez más, la irremediable soledad que habita el imaginario de la embarazada que resumiríamos de la siguiente manera:

Nunca un cuerpo ha estado tan poblado habiendo conocido soledad tan extraña.

Y hablando del cuerpo, diremos que entendemos por cuerpo sexual al cuerpo reducido a una parte, la que goza. Y ese coge es sexual, luego el cuerpo es sexual.

En este sentido no podemos pensar al cuerpo de la embarazada como total. Entonces hablamos del goce acumulado en una parte, la tripa.

Este goce es empuje de energía del inconsciente, orientado siempre hacia el horizonte inalcanzable de la relación incestuosa: tener un hijo del padre. Este goce se expresa y se sexualiza a través de la acción de la palabra o del fantasma, e incluso a través de un determinado órgano del cuerpo que se haya hecho erógeno.

Por otra parte, cuando nos referimos al cuerpo hablante, nos referimos a aquel que está investido del poder de determinar un acto en los otros, sin que el otro lo sepa.

No es el cuerpo que significa algo para alguien, sino el cuerpo significante, y significante quiere decir que produce un efecto en el otro.

Si a estas dos perspectivas agregamos una tercera: la del cuerpo en tanto imagen; la imagen que el otro me devuelve de mí o de cualquier objeto que se diga de mi; el otro, mi semejante en tanto exterioridad me da una imagen que despierta en mi un sentido.

Acabamos de nombrar los tres aspectos que definen el cuerpo en psicoanálisis.

Mientras el cuerpo real es el cuerpo del goce, el cuerpo simbólico es el cuerpo hablante o significante; la imagen devuelta desde el otro es el cuerpo imaginario. Este último aspecto estará más presente en el discurso de la embarazada.

Alrededor del cuarto o quinto mes de embarazo el otro, el semejante, habla del cuerpo de ella. Dice, por ejemplo: “estás engordando”; ella agrega: “he perdido la cintura”.

El sentido que ella encuentra en las palabras del otro denuncia una pérdida. La cintura es metáfora del cuerpo perdido, aquel de antes del embarazo. Ese que le prometen recuperar en la gimnasia post- parto y que ella sabe que es irrecuperable. Aquel, el anterior, nunca fue habitado.

De tal forma que el devenir imaginario de la embarazada transita entre la pérdida y el hallazgo; entre un cuerpo que le es arrebatado y otro cuerpo que fabrica incansablemente una ilusión de completud, podríamos decir, una nueva estética, la estética de un goce local que se pondrá en acto en el momento del parto.

La estética de la embarazada compromete por un lado lo que caracteriza a la posición femenina: la retórica del ocultar, la del engaño púdico de quien se oculta a si mismo, la que cubre a las mujeres (tras el velo del semblante) y por el otro la ostentación del poder fálico. Ambos aspectos pueden aparecer como un gesto que prolonga la naturaleza del cuerpo.

Dentro del acto analítico, esta otra estética sitúa al analista como testigo de lo que irrumpe en el marco del análisis y será el trabajo de la transferencia, lo que incorpore esto real al mundo del sentido.

Una paciente embarazada decía: “mi madre me llamaba inconformista, la que se niega a conformarse. Ahora me doy cuenta de que embarazarse es como conformarse, es darse una nueva forma.

El parto viene a marcar el final del embarazo, momento al que la sociedad, las familias, los médicos, le dedican especial atención.

Para lo psíquico es un momento de delimitación, es frontera obligada a cruzar, un paso dentro de una continuidad.

El sistema sanitario dispone de infraestructuras para preparar al “obligado” dolor. Los cursillos se llaman “curso de parto sin dolor”, “de preparación al parto o preparación maternal”; los nombres abundan en buena intención y las mujeres son derivadas a ellos entre el sexto o séptimo mes, es decir, tarde y con poco tiempo para prepararse hacia un destino tan noble.

En cualquier caso, el miedo al parto intenta ser domado o con anestesia o con sugestión, cuando sabemos que lo que está en juego es el miedo a ser madre. La mujer teme el retorno de un fantasma que exija que pague con su hijo el precio de un deseo incestuosos. Su expresión imaginaria se construye en el discurso de diferentes maneras:

a) miedo a perder el niño al dar a luz,
b) miedo a no dar la talla en el parto, (al descontrol, a no saber pujar, a dificultar el trabajo del médico, etc…) a quedar en ridículo ante el marido, etc,
c) miedo a la anormalidad física o psíquica del niño,
d) a rechazar al niño,
e) a no gustarle a su hijo,
f) miedo a ser robada por la madre (en la madre adoptiva este temor está puesto en la madre biológica del niño),
g) miedo al abandono y dejar de ser deseada,
h) a la cólera materna y por tanto la necesidad de aplacarla fantásticamente,
i) etc.
La cercanía del parto precipita la manifestación de estos temores cuya configuración se organiza antes de haber quedado embarazadas.

Hablamos del precio de un deseo y sabemos que la castración es la marca, por lo cual la realización de ese deseo (prohibido) queda fuera de uno mismo, permitiendo la apertura al deseo de lo otro, lo no prohibido.

Pero debemos distinguir la castración como tal de los fantasmas de castración que no podrían darse si la castración como condición no estuviese, es decir, los modos bajo los cuales el sujeto vive y se representa la castración.

El parto suele ser un escenario propicio para que se recreen estos fantasmas y tanto los tocólogos como las matronas forman parte sin saberlo de estas depositaciones edípicas, depositaciones caracterizadas por la ambivalencia: ya que no sólo el amor vincula a la hija a la madre, sino también el odio.

En un párrafo precedente me he referido al parto como una frontera, ya que para lo psíquico es un tiempo de transición.

Imaginemos ahora a la mujer de parto como a alguien que, queriendo aprender una lengua extranjera, se traslada al país donde esa lengua se habla. Cuando llega encuentra gente acogedora pero que sólo conoce su lengua y saben también que el interés de la extranjera consiste en dejar de serlo, por ello no se esfuerzan en comunicarse con ella recurriendo a medios extralingüisticos. La extranjera intenta trasmitir sus sentimientos, sus vivencias, intenta preguntar y que le respondan sobre todo aquello desconocido. Utiliza pretextos para entablar lazos con el entorno, pero la nueva lengua es difícil. Colocar en ella las vivencias es complicado y por tanto lo que percibe lo fragmenta, lo rompe y lo reproduce torpemente.

Con su lengua materna las cosas vivían porque estaban insertadas en un sentido que formaba parte de una comunidad lingüística, pero ahora las cosas son otras porque las palabras son otras. Y detrás de las palabras está quien las ha transmitido.

Así como el nuevo país y la nueva lengua representarían a la maternidad, este nuevo estado, como una lengua por aprender remite a la lengua materna, a la madre… esa que se oculta detrás de las palabras. Lo nuevo evoca el origen.

La extranjera, la que acaba de dar a luz, no sabe por donde se anda. Pide que le enseñen y entonces busca aprender lo nuevo en lo que ya sabe, en su madre. Ahora ella es la extranjera, y la lengua del nuevo país es madre. Por esto decimos que la madre es todo para el hijo, hasta que le entrega la lengua materna y le enseña el mundo de las cosas que tienen un nombre.

Ella será “aquello” que transmite la palabra, y esa transmisión es al mismo tiempo lo que de la madre separa.

Lo que la madre da a luz bajo la forma del lenguaje la constituye como objeto imposible e irresolublemente perdido, a la vez que encubierto y buscado.

La madre es el principio y esto es suficiente para que sea menester perderla.

A propósito del pensamiento y lo contradictorio, Aristóteles se refiere a lo que él llama el principio más firme como “aquel principio cuya posesión es necesaria para comprender cualquier cosa…”. Dice: “aquello que es necesario para conocer cualquier ser que fuere hay que poseerlo ya necesariamente antes de todo conocimiento”.

En este sentido nos referimos a la madre como principio necesario a poseer y necesario a abandonar.

El puerperio será el momento en el que ella inicia la retirada y la llamada depresión post-parto ilustra la dificultad femenina frente a la pérdida. En este caso pérdida de si misma como cosa privilegiada.

La silueta del duelo caracteriza a este momento.

Así como Freud nos enseña que la melancolía añade al duelo una serie de rasgos que desvirtúan la función de este último, la depresión postparto como fenómeno normal puede degenerar en algunos casos en fenómeno patológico.

Por su parte, Lacan nos recuerda que la relación imaginaria, en este caso la relación madre-hijo, no puede ser pensada en ausencia de la trinidad de lo simbólico, lo imaginario y lo real. Y que la noción de relación de objeto no puede ser entendida sin introducir la noción de falo.

A causa de ello el objeto del que habla se presenta en la búsqueda del objeto perdido; y dice: “El objeto es siempre el objeto vuelto a encontrar, objeto implicado de por sí en una búsqueda…”.

Luego la depresión post-parto revela el haber trascendido el fantasma de la madre liberándose de su anclaje y fundamentalmente la pérdida del sueño fálico.

En consecuencia, el puerperio se caracteriza por el movimiento ambivalente entre retener y perder.

Dice Lacan: “… El amor pide amor, lo pide sin cesar”.

“El hábito ama al monje, porque por eso no son más que uno”.

“El amor es impotente, aunque sea recíproco, porque ignorar no es más que el deseo de ser Uno”.

En tanto la madre retiene surge la madre fálica. En tanto la madre pierde, se humaniza.

La pérdida del objeto como horizonte de lo imaginario define el dominio propio de lo humano, ya que lo imaginario abarca el orden que está soportado por la diferencia, donde la ausencia hace posible el destino sexual del hijo.

Volviendo a la metáfora del principio de este desarrollo, las madres de la Plaza de Mayo han hecho de la plaza el lugar donde escribir la diferencia, donde la ausencia hace presente el destino de una ciudad.

Andalucía, cultura de madres enteras y trascendentes, recreadas a través de figuras religiosas (la Macarena, la Virgen del Rocío, etc.), muestra el trazo de la madre, de la Divina Señora que se resiste a ser abandonada.

La palabra de García Lorca, capaz de expresar brevemente servidumbres muy largas, nos trae la nostalgia del objeto perdido cuando exclama:

¡Ay amor, que se fue y no vino!

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